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Iconografía tomada de Internet
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El silencio que ha caracterizado
los pasados meses este blog ha sido un silencio en tempestad. No podemos negar
de ninguna forma posible que la vida ha cambiado con la pandemia de la covid 19,
no solo para los que han tenido la desgracia de sufrirla personalmente o perder
a algún familiar por causa de la misma, sino también para aquellos que como yo,
libre de cierta forma de hasta el momento no haber sido contagiado con la
enfermedad ni ninguno de los míos (excepto una tía y dos primos hijos de un
tío), ve cómo de cerca la tenemos a cada instante por todos lados y frentes.
Son incontables la veces que
abierto el Word en la PC
de mi trabajo para armar un parrafito aunque sea; también aquellas en los que
lo he vuelto a cerrar preocupado como nunca en lo que pasa en el planeta con
esto del coronavirus desde que despierto en las madrugadas para salir a navegar
por un mundo vestido con miedo ya casi dos años enteros.
En casa, cuando llego a salvo,
siguen mis libros en la estantería que me he creado y sigo leyendo a Martí y a
Borges y de lejos callado escucho que se le murió a fulanito la madre, el
hermano, el tío, la mujer… cierro los ojos entonces y le pido a Dios del que
siempre digo que no merezco nada, que me proteja a mí y las míos y que proteja
a mis amigos donde quiera que estén. (Igual que me calme ante la gente que no
entiende y que no se cuidan para nada, aquellos imbéciles que tienen que pasar
por la amarga situación para entender cojone que esta mierda mata).
Son duros los días pero tenemos a
nuestro favor la fe y la esperanza de que “todo futuro tiene que ser mejor”,
cómo dijera el gran Julio Antonio Mella. A mi amigo Arnoldo Fernández Verdecia le escribo
aquí que no se preocupe, que El Cubo Oriental no ha perdido aún a su editor y
que aunque no he escrito mucho en este dos mil veintiuno mirando el panorama
con La Edad de
Oro o leyéndome clásicos cuentos como “El Sur”, sigo en pie de guerra con
cuchillo en mano y salgo a la llanura a batallar.