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Capítulo
I: Primeros años
(La autobiografía no está terminda ni revisada completamente: Nota del autor)
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Capítulo II: Escuela Primaria
Septiembre de mil
novecientos noventa y cinco. Mi primera maestra se llamó Miriam. Sus apellidos
no los conservo en mi memoria. Todos la conocían por Mirita. Habían más
maestros que con el tiempo me darían clases tales como Wilson Ávila Larrea,
Marla Castañeda Guilarte y otros. Allí conocí a diferentes niños del barrio de
los cuales me hice amigos y enemigos. Recuerdo que entre los juguetes habían
martillos de plástico. En uno de los recesos una chiquilla llamada Yuliet me
molestó. Seguido del martillazo en su frente la seño Mirita me encendió las
piernas. El martillo era rojo no se me olvida. La merienda que se me preparaba
en las mañanas tenerla al lado era una tentación. Rara vez llegaba completa a
las diez y si no el pomito con la limonada estaba a la mitad y el pan con
aceite bien pellizcado. Por aquellos días vino mi mamá a buscarme. Recuerdo que
por el trillo que subia por la lechería venía subiendo mi tío político
acompañado de una mujer. Me lancé a la carrera para alcanzarlo. A él le di un
abrazo, a la desconocida no. Entonces ella me preguntó que si no la conocía.
Había pasado un año sin verla. Mamá cuenta, porque en ese momento no lo
percibí, que se le salieron las lágrimas. Juntos llegamos a Baire donde en el
reparto Vista Alegre empezamos a convivir en la residencia de mis abuelos.
Vivian allí también gran parte de mi familia. Más o menos a medio kilómetro se
encontraba la escuela primaria Ramón Gómez Silveira donde según mi expediente
escolar, fui registrado en el curso 1995-1996 cuando el director de dicho
centro era Carlos Chacón Naranjo. En aquella escuela la maestra que me enseñó a
leer y a escribir se llamaba Juana. Gracias a sus enseñanzas y a aquellas ganas
que me entraron unidas a los turnos de biblioteca, se inició en mí el vivir de
los tantos conocimientos que guardan los libros. Los primeros libros que leí
fueron las colecciones de cuentos populares como Caperucita Roja y fábulas en
volúmenes soviéticos. Luego, a sudebido momento llegaron los de piratas y
aventuras como el clásico Tom Sawyer o del legendarioSandokan. Allá también
conocí a muchos niños a los que incluso hoy sigo viendo. Recuerdo del primer
grado aquel octubre cuando ondeó en mi cuello la pañoleta azul, recuerdo la
obstinada decisión de la bibliotecaria en que nos las amarrásemos correctamente
al extremo de prohibirnos el receso. Y, hablando del receso inolvidable es el
sonido de la campana que sonaba el director durante los diferentes horarios del
día. En Barrio Mocho, el otro popular nombre del reparto, las calles eran de
gravillas. Fue en aquellas calles en donde aprendí a caminar descalzo. Vivía
metido en los naranjales pegaditos a mi casa. Me fajé por vez primera en una de
las esquinas. A veces me iba con el abuelo Franco a visitar el conuco que tenía
y en el que sembraba maíz preferiblemente. Cuando recogía la cosecha venían los
calderos de harina con o sin azúcar, los tamales, los potajes de frijoles,
arroz con quimbombó, las yucas hervidas, los boniatos con leche de vaca etc. A
los naranjales me iba con los socios del barrio. Cualquiera de nosotros nos
llevábamos un cuchillo. Allí pelábamos naranjas de vicio hasta hartarnos
siempre vigilantes. No vaya a hacer que se aparezca la vieja Angélica, la dueña
de todo aquello. En el primer grado tuve una noviecita, la primera de mi
existencia. Se llamaba Yarisleidis y yo simplemente como todo el mundo le decía
Leidis. Me hacía recordar el nombre de mi prima. Ella y yo andábamos todo el
tiempo juntos. Los maestros en la escuela sabían que éramos novios y aunque nos
veíamos todos los días vivía escribiéndole carticas. Ya han pasado más de
veinte años. Aun hoy la sigo recordando. Fue una de las experiencias que guardo
de mi niñez con gran cariño. Por las noches un piquete inmenso nos reuníamos en
los postes con luz para jugar a las escondidas o al cogido. Veíamos los
muñequitos en la casa de mi tía, siempre y cuando claro, que no se fuera la
electricidad o mi abuelo no se le antojara ver el boxeo o la pelota. Me fui
creando, viendo películas en VHS o TV el amor y la pasión que tengo por el
cine. En el curso siguiente 97-98,
mi mamá daba a luz su primera hija. Por aquellos días
recién nacida Dariana ocurrió un hecho del que tengo en mi espalda el recuerdo.
Tengo fresco en la memoria cuando abuelo con machete en mano picó un gajo de
naranja de la mata que había en el patio de la Tía Milla. Como a los
dos o tres días en medio de un aguacero nos encontrábamos una amiguita y yo en
dicho patio. Yanara se percató de dos naranjas maduritas en lo alto. Ella se
subió y tomó la suya. Yo le reclamé por qué no las dos. Me subí entonces a
coger la mía. Resbalé y caí contra el rama picada. Me rayé la espalda. Unos
centímetros más adentro y hubiese quedado enganchado a unos metros del suelo.
Mi mamá recién parida me cargó hasta que uno de los vecinos la socorrió. En el
policlínico me curaron y mientras viva llevaré la marca. Mi maestra de segundo
se llamaba Milagro Ginarte a la que aún veo en Baire cada vez que retorno. En
ese curso fui al cine del pueblo. No se me olvida que a mitad de la proyección
se fue el fluido eléctrico dejándonos embullados. En una ocasión mi mamá me
castigó. Yo había quedado en ver Anaconda, de estreno en esa época. Mamá me
dejó acostado y cuando tuve el chance me tiré por la ventana y salí corriendo.
En medio de la visualización se apareció mi madre con cinto en mano. Mis
canillas temblaron y paticas pa que te tengo. Cuando se me aflojaban los
dientes la moda era atármelos con un hilito. Pagaba mil dólares (Si los
tuviese, claro) quien me cogía para halármelo. Me atrapaban sí, desprevenido.
Entonces toda la familia se divertía con mi gritería y mis cómicos pedidos de
auxilio. Para inyectarme en la escuela, igual. Pero, volvamos a preescolar
antes de comenzar primero. Ese verano volví a Guamá. Recuerdo que la guagua
cuando pasó por Cañizo hizo la vista que me diera nostalgia. Vine con mamá a
visitar una de sus hermanas que vivía en Marañón lugar ubicado un kilómetro
antes de llegar a Chivirico. Regresamos a esta parte porque este recuerdo fue
importante en mi vida. Los dos meses de aquel verano se resume en lo siguiente:
En el Marañón vivía un hombre llamado Omar Platero, profesor que me hizo
aprenderme, a la magnífica edad de cinco años, la grandiosa habilidad de de
aprender a amarrarme los zapatos. Mi madre se desesperaba tanto que, con dureza
me increpaba a que me los amarrara. Platero pacientemente me enseñó el procedimiento.
Otro día quisieron montarme en un bote y yo, temiéndole al mar, formé tremenda
gritería alegando que se hundiría. Sin embargo me gustaba una playita que
detenía mi atención en el cayo largo de arena blanca que tenía en el centro. En
dicho pueblo de Guamá participé en un cumpleaños en el que me gane un avión de
juguete. Volvería luego en dos mil cinco. Historia que contaré a su debido
momento. En tercer grado mi padre me trajo de vuelta con él donde volví a
incorporarme a la
Arquímedes Colina Antúnez, ocasión en la que tuve de maestra
a una santiaguera, MarirylínReginfo. Regresaron las viejas amistades de
aquellos meses en preescolar. Todavía estaba allí Yuliet, la niña del
martillazo y otros a los que fui descubriendo. Una vez en este grado fuimos a
una excursión al río del que toma nombre el barrio y nos detuvimos en una posa
de nombre Luz Marina, por la señora que aún vive del lado de arriba, de la que
soy amigo. Un chama del aula, Robertico, haciéndose el bárbaro, se tiró a los
más profundo sin saber nadar. Si no llega a ser por unos de los de quinto que
se lanzó a sacarlo se hubiese ahogado. Las disputas entre los alumnos casi siempre acababan en riñas en las que
Wilson las terminaba quitándose el cinto o repartiendo cocotazos con un anillo de
hierro que tenía. El cuarto grado lo hice con la misma seño. Cabe destaca que
desde primero nunca me interesaron las matemáticas y por ende mis notas en esa
materia muy bajas. Todo lo contrario en cuanto a las letras y las nociones de
historias. Si la memoria no me falla fue por esos años en la que la TV se enfrascaba en llevarle a
los niños una programa que llevaba por título Mi TV. Eran variadas las
propuestas pero yo las disfrutaba todas. La escuela no contaba con la seguridad
que se necesitaba y el televisor lo guardaba el profe Wilson en su casa. Allí
era donde se sentaban los grupos cuando les tocaba su turno. A veces nos
centrábamos en la mata de mango tan deliciosa que existía (y aún existe) en el
patio que a pedradas limpias tumbábamos el fruto. El líder era Ernestico, un
pariente, que por lo mal que se portaba le apodaban Satanás. Lógico en que casi
todos teníamos nombretes y apodos. Algunos me decían Cíclope por mi problema. A
uno cuatro ojos por los espejuelos a otro El Científico. A una niña súperdesarrollada
para su edad y poco descuidada con sus axilas: Mofeta. Algo curioso y, al mismo
tiempo lección que me enseñó fue lo que me pasó con esta última en el quinto
grado. Por ese entonces mi maestra era otra santiaguera inolvidable ya
mencionada en este texto, Marla Castañeda Guilarte. Marla me agradaba y
frecuentaba mi casa que ya no era la de mi tía, sino una más humilde en lo alto
desde donde se divisaba la escuela. Mi papá desde hacía rato se había
convertido en vendedor de escobas para lucharla y tenerme un plato de comida.
Resulta que a la muchacha súper desarrollada para su edad todos los varones la
rechazábamos y así, un día tuvo que sentarse conmigo. Aquella situación me cayó
como un patada en el buche. Los demás se burlaban y yo con mal carácter la
ofendí. Marla oyó mis palabras y me castigó todo un mes con ella. Claro, el
mensaje no me llegaría hasta llegar a la madurez. Recuerdo que la maestra me
mimaba. Una vez me preguntó qué yo quería ser cuando fuera grande. Todavía no
me olvido del dibujo que realicé para mostrárselo. En mi cumpleaños diez me
escribió una cartica que guardé con recelos los años siguientes hasta que esta
desapareció de forma misteriosa. Fue en aquella época en la que aprendí mis
primeras lecciones de historia de Cuba. Había una chiquilla de cuarto que me
gustaba. Yo por temor no sabía cómo escribirle para que me diera el visto
bueno. Marla me ayudó a escribirla y cuando pensaba que jamás sería mi novia
ella me dijo que sí. Cometí el error de escuchar a uno de los de sexto que
empezó a decir para fastidiarme, que Marlen era su novia, no la mía. En el
medio de la placita nos engrinchamos. Mi papá se enteró y, unido a los fuetazos
que me dio, aprendí que el hombre que se respete no se faja por mujeres.
Terminado el curso otra vez me fui a Baire para cursar el sexto grado. Mi madre
tenía recién nacida a su segunda hija. Se me olvidaba comentar que en noviembre
de mil novecientos noventa y siete mi hermano por línea paterna
RoberlandiGutiérrez Suarez. Mi padrastro de aquel entonces era una persona un
poco conflictiva, nunca me agradó, al menos mientras fue mi padrastro. Tuve con
él algunos encuentros fuertes,pero niño, al fin qué podía hacer. Mi maestra
ahora se llamaba Magali, de la cual, a la hora de escribir esta autobiografía,
he descubierto que en mi expediente la misma nunca puso su nombre al final del
resumen. Lo más relevante de este periodo lectivo son las siguientes
anotaciones: Sexto grado fue el año en el que tuve la oportunidad de qué era
una computadora, mirar desde lejos, pero sin hablarle, a mi antigua novia y
hacerme más amigo de Mislén, la que todo el curso se sentó a mi lado. También
estaba Dayán. Amigo con el cual conservo en la actualidad amistad. Mi madre y
la de Dayáneran (o son) buenas amigas. Recuerdo que a Mislén la conocía desde
el primer grado, al igual que a su primo Papo. En el verano de dos mil uno la
volví a ver en un despenque de maní. Sembrado entre las guardarrayas que había
en el naranjal al lado de mi casa. Yo acompañaba a unos de mis tíos, ella a su
familia. En aquellos surcos le comenté que aquel 3 de septiembre estaría en la
escuela. Lo último que me dijo fue, al despedirse de mí, que allí nos veríamos.
Efectivamente ambos cumplimos con nuestras palabras. Nadie fue conmigo. Yo
solito me presenté en el aula y como por arte de magia me dieron todos los
libros. El maestro de computación se llamaba Israel. Todavía me ve por ahí y me
acusa de ser yo el que le rompí una de las máquinas con solo ponerle las manos
al mouse. Acusación que ha trascendido como es de ver. Por ser el último en
llegar la seño Magali me puso un número: el 21. Aun hoy me cuestiono el porqué
de que siempre tenía que ser yo el que fuera al pizarrón a responder las
tareas, que por supuesto, nunca hacía. Teníamos unos canteros que atendíamos
por las tardes, especialmente los viernes. En las inspecciones que se hacían
para ver qué grupo se ganaba la emulación, Mislén escondía mis libros
desaforrados debajo de su saya.En el aula tenía el alias de Chivo. Les
arrancaba a las libretas hojas y las masticaba. Por esa original costumbre la
maestra me levantaba actas y más actas. Decía que yo era un sinvergüenzas y
para que no me hiciera el chistoso me obligaba a aprenderme señores párrafos
del círculo de interés que hablaba sobre José Martí. En educación Física era el
mejor portero. Me tiraba en las porterías como lo hacen en las películas y me
estrellaba en la tierra colorada si ningún tipo de problema. Recuerdo a Tata,
la chiquilla de pelo rubio del Sexto B, famosa por ser entre todas la que ya
tenía téticas. Todos querían ser su novio. En las noches abuelo Franco se
levantaba y me daba vueltas. En las mañanas nadie me daba el de pie. Yo
esperaba que abuela estuviese colando y salía descalzo hasta la cocina. Las
clases eran hasta las doce. Iba a almorzar hasta la una y cuarenta y cinco en
el que me entretenía escuchando Así Se Forjó La Patria espacio transmitido
por Radio Progreso. Los fines de semana me instalaba en casa de una de mis tías
llamada igual que la maestra. Donde vivía corría en los buenos tiempos un
manantial adonde los que buscaban diversión iban a parar. Por aquel entonces mi
primo Wendy tenía un año de edad. Tía Magali era dueña de un Krim 18 en el que
los domingos esperaba La Matiné Infantil.Pensaba a veces que no llegaría séptimo.
Tenía miedo de enfrentar la prueba de
final de matemáticas la cual aprobé con escasos 74 puntos mientras que
la más alta fue Historia con noventa. Donde quiera hacíamos comentarios de
aquel salto tan relevante que era pasar de primaria a secundaria. En la última
se abrían nuevos horizontes. Conoceríamos más gente de otras primarias,
tendríamos un profesor por asignatura y más impresionante aún, cambiaríamos el
uniforme rojo por uno amarillo. La ESBU Willy
Valcárcel Portales era mi destino. Destino
que jamás se cumplió pero a eso llegaremos en su debido momento. Al inicio de
julio de dos mil dos fueron entregados los certificados que nos acreditaban
como alumnos primarios finalizados. Ahora, a preocuparnos por los bonos del
nuevo vestuario y, a esperar de nuevo septiembre con verdaderas ganas. Durante
el sexto mi padre no se desvinculó de mí.
Iba todos los meses a ver cómo me trataba la vida y a llevarme los
materiales de estudio que, por cosas de administración me tocaban por Guamá. En
agosto se apareció para llevarme con él. Haría mis estudios secundarios en la
comunidad de Caletón Blanco a dos kilómetros de Cañizo. La escuela se llamaba
Ciro Redondo García en donde fui incluido en un 7mo C por ser la matrícula muy
grande. De ahora en adelante volvería a pisar tierra contramaestrense en lo
veranos y semanas de receso docente. Suceso que esperé con ansias porque jamás
saqué a Baire de mi corazón. Recuerdo el acontecimiento en el particular. En él
mi papá jugó el dinero de mi nueva mochila y aparentemente lo perdió. Aquello
me disgustó pero papá argumentó que no era así. Ya mi tía, la que me había
criado cuando pequeño ya no estaba con el tío político. Papá antes de salir de
Baire conmigo me había hecho el comentario de que estaba juntado con una mujer
que yo conocía llamada Mercedes Veranes y que viviríamos con ella.
Capítulo
III: Secundaria Básica
Recuerdo la caminata que
dimos los de séptimo junto con los de octavo
noveno entre los cuales se encontraba aquel primo que en antaño a jugar
conmigo y mis primas. Antes de continuar quiero regresar a los siete para
contar otra de las cosas que olvidaba. Sería imperdonable si no la mencionase.
En el barrio abundaban las casas cultos y fue en una de ellas en la que conocí
que Cristo existía. Punto clave en el que basaré luego algunos datos de mi
historia más reciente. Nunca he creído en las casualidades y que Él me hiciera
conocerlo tan temprano tiene sentido. Una señora que se llamaba Esperanza y que
vivía en una de esas casas me regaló una revista de historietas que enseñaban
quien era Jesús, por qué había muerto en la cruz casi dos mil años atrás.
Guardo con gran placer el recuerdo de aquella publicación aunque no la haya
conservado. Se titulaba La
Historia Más Importante Del Mundo. Cuando hice tercero,
cuarto y quinto grados en Cañizo asistí por buenas temporadas a una casa culto
que era pastoreada por un joven llamado Lázaro y su esposa. Ambos naturales de la Isla De La Juventud. Por
aquellos días estaba de moda el temor de la llegada del 2000 en el que
supuestamente el mundo tocaría su fin.
Recuerdo aquel 31 de diciembre de 1999. Antes de que llegara las doce de
la noche en un callejón del pueblo pedí al Señor perdón por todos mis pecados.
Gracias a su misericordia y aunque en realidad sí se les acabó la vida a
millones de personas aquí sigo en pie pasadas casi dos décadas. Algo similar
ocurría con 2012 según el calendario maya. Retornamos a 2002. Influenciado por
las películas de aventuraslos fines de semana me perdía por el monte a jugarme
ser Indiana Jones o cualquier otro. Recuerdo haber tenido un viejo sombrero de
guano y una soga. A veces salía en eso de las diez de la mañana regresando
pasadas las cinco o seis de la tarde envuelto en puro aroma de mataperros por
andar metido en el sao. Mi profesor guía en séptimo grado fue un señor llamado
Armando Rubio al que años luego, antes de su jubilación tendría de compañero.
Fue en aquellos días mi profe de matemáticas. Recuerdo de veras cuando en
clases de álgebra y trigonometría me mandaba a la pizarra y yo no sabía qué
dirección coger con tiza en mano. El director de entonces obligaba a los
estudiantes de cerca (dos o tres kilómetros a la redonda) a caminar a patica.
Mi papá me daba tres pesos diarios para que los administrara y merendara en la
chupita que estaba al lado de la escuela. Ser ya un adolescente era un reto.
Pasaba al igual que mis compañeros por aprendizaje y complejidades. En aquel
primer curso me enamoré de una de mis condiscípulas. Era una gordita de la que
me gustaban sus ojos e hice lo posible e imposible para que me aceptara. En
octavo me ripiaron una cartica en pleno rostro. Estaban en las aulas de moda
los VHS como parte de una estrategia para apoyo en los docentes. Las tele
clases duraban treinta minutos. En ocasiones nos entreteníamos, en vez de
verlas como estaban establecidas, a proyectar filmes o conciertos tales y de la
talla de Michael Jackson o clásicos de Spielberg que de una manera u otra
seguían educándome el gusto por el cine. Especialmente por las de ciencia
ficción. No olvido nunca a mi profesor de Inglés Juan José Benavides ni a la de
Historia Antigua Iraide Paumier. La relación de mi papá con Mercedes empezó a
caer en decadencia hasta que termino. Salí para la escuela una mañana desde su
casa y por la tarde subir para mi nuevo hogar. Allí residiría alrededor de
siete años. A Mercedes Veranes seguí tratándola y nunca dejé de llamarla tía.
Luego mi papá empezaría una amistad (que no llegó a nada) con una profesora de
computación de la secundaria que, dicho sea de paso, trabajó por todos los
medios a que yo me enderezara en algunas cuestiones. Teníamos en octavo las
horas matutinas libres. Al mediodía cogíamos el viaje de las doce que valía 45
centavos. Era una jodedera lo que se formaba en el bus. Tanto así que las
quejas llegaban constantemente a los profesores y directivos de la ESBU. La gente nos metía
a todos en el mismo saco. Yo me cuidaba de los grandes y abusadores. Todavía no
era un chico bien despierto ante las maldades. En oportunidades le tenía
rechazo al aula. En noveno mi profesora guía fue un docente recién graduada. Su
nombre era Yamilka González Oro. Ahora entiendo ue lidiar con caracteres tan
diversos en un solo espacio es muy difícil. Quizás por eso la Yamilka tenía el suyo
prendido para aquel que se hiciera el loco. A pesar de esto era tremenda fan a
traer a la escuela películas que me sirvieron bastante. Cuando el director se
enteró argumentando que aquellas acciones atentaban contra el aprendizaje las
prohibió. Rebeldes entones no faltaban quien se parara en la puerta velando las
rondas que se hacían para evitar los autocines en época de clases. No hay
ninguna escuela en que los docentes sean odiado por algunos alumnos generando
esto que como forma de defensa los últimos le pongan apodos a los primeros. En la Ciro no fue diferente. Solo
hago mención de esto pero no iré a los detalles. Hasta el administrador del
comedor obrero cogía su chuchazo por lo gordo que era. Y, ahora que lo
recuerdo, en dicho comedor ocurrió unas de mis broncas con un chama del barrio.
A Yuri le gustaba sacarme de las casillas para que me molestara. Aquel mediodía
inolvidable, arrebatado, la bandeja de chícharo con arroz fue a estrellarse
contra su pecho. Embrollados en el piso nos separó Juan José a base de palmadas
por la espalda. Al final fuimos castigados de dos formas. Una: fuimos
expulsados del comedor y dos: le echamos agua a los jardines por una semana. En
lo personal disfruté las clases de inglés seguida de las de historia que era mi
asignatura preferida. Juan José llegaba al aula con puntero en mano y cuando
nos lograba atrapar la atención nos daba los buenos días, luego decía:
Thisismyfriend Pedrito. Pedrito, mystudents. Vamos a comenzar. Ocurría entonces
que en eltranscurso del turno Pedrito, el puntero, se estrellaba en las piernas
y hombros de aquellos que osaran a sabotear la clase. Yo de vez en vez me
entretenía dibujando en la libreta cualquier bobería. El Negro pasaba de largo
para el final. Cuando regresaba me sonaba el palazo en hombro.Los sábados y
domingo me perdía con los socios de todos los barrios para el campismo
justificando en que allí nos encontraríamos jebitas o quizás a algún turista
olvidadizo dejara sobre la arena algún reloj o cadena Al final de noveno nos reunieron a ambos
grupos. A la mayoría nos dieron la opción de Preuniversitario pero por cosas
del destino, digámoslo así, acabé en un Politécnico estudiando un técnico medio
en Forestal. Salí tan molesto de la secundaria que sólo al concluir el décimo
grado (El primer año de cuatro), fue que recogí el certificado de noveno.
Faltaría hablar ahora de las jornadas veraniegas en las que volvía a Baire. Estas fueron las
de dos mil cuatro y dos mil cinco ya que la de dos mil tres me la pasé en la
playa. En la de dos mil cuatro me junté con Enrique, un viejo conocido del
barrio, cristiano al que le gustaba enseñarme las historias de Dios. Él también
visitaba hermanos distantes. Recuerdo la vez que fuimos por toda la línea del
tren hasta Jiguaní. No sentimos el camino porque íbamos conversando y
filosofando. Cuando no iba con él me juntaba con el piquete del barrio para el
río en el cual nos gastábamos las energías. En las noches mi diversión era la
televisión con sus espacios cinematográficos que alimentaban mi imaginación.
Rara ocasión me paraba en las calles donde había quienes vivían borrachos y
todas clases de prácticas que no me llamaban. Yo gustaba de la lectura,
parámetro que daba sus frutos pero no de
forma profunda. Disfrutaba estar con mis abuelos y visitar a mis tíos y primos.
En 2005 ya me estaba preparando para una nueva etapa: la del estudiante becado.
Los rumores que escuchaba no eran los mejores pero aquello era inevitable.
Odiaba que llegara ese septiembre. El criterio de algunos se basaban en que yo
no debería ir para un politécnico sino para un lugar mejor. Situación que me
creó cierto complejo. A esto se unía los ejemplares ya conocidos del Yuri y del
Jaciel, estudiantes no muy dedicados al estudio y de mala reputación. La madre
de este último me cuidaba en cuarto y quinto cuando mi padre tenía que salir a
Santiago en las ventas de las escobas. Jaciel se las daba de listo y me hacía
bromas. En especial en el puente de Cañizo donde se unen el río y el mar. Allí
tragaría algunos buches de agua en las luchas que inocentes comenzaban. Con
Jaciel fue que llegué al IPA Raúl Moreno Blanco un pueblo buscando ya las
estribaciones de la
Sierra Maestra. Mi estancia en dicho centro me haría aprender
en disímiles sentidos.
Capítulo
IV: Politécnico
Con un maletincito algo
viejo y con los pertinentes efectos necesarios subí la lomita. Me acompañaba
como ya escribí Jaciel Dehesa Medina. Tenía las referencias que el IPA quedaba
a cuatro kilómetros de Sevilla, lugar en el que debería quedarme cuando viajase
por la libre o las guaguas no dejasen allí sin subir a la escuela. Recuerdo que
nos recibió un profesor llamado Alexander De La Paz. Llegados al
dormitorio ambos nos tomó el nombre y enseguida me encomendó la tarea de velar
por las cosas de los que ya estaban ahí. Las cuartelerías se realizaban de
siete de la mañana a las siete de la mañana del otro día. Aprendería a odiarlas
al igual que las limpiezas y las guardias nocturnas, especialmente las de doce
de la noche a dos de la madrugada, de dos de la madrugada a cuatro. Aprendería
también a dormirme bien tarde para no ser objeto de las maldades de los de
segundo o tercero. La primera maldad, que me alertó cómo eran las noches, me la
hizo Ricardo, un chamaco que hasta los propios profesores le tenían una especie
de respeto. Ya a las diez de la noche estaba del sueño que me mataba. Después
del pase de lista caí rendido. Al rato desperté con los ojos irritados. Ricardo
me había puesto un tabaco crédito encendido, de los que se venden en la bodega
y el humo me estaba molestando. No fui el único en caer en sus maldades. Todos
los de primero, o casi todos, le cogimos mala voluntad. En diciembre de 2005
Ricardo se electrocutó en su barrio. Unos días después del pase de fin de año
lo vi por última vez. Pasé en un particular y él iba por la carretera con un
machete en la mano. Las clases eran distintas, los profesores igual. Unos
amigables, otros no. Conocí en el IPA a una profesora llamada Marylín. Marylín
fue (Y todavía es) una de mis mejores amigas. Su amistad ayudó al adolescente
que era a madurar. Mientras la mayoría estaba por la escuela sin mejor nada que
hacer yo me la pasaba en la biblioteca devorando libros y más libros. Otra
amistad fue la que conservo aún con un condiscípulo mío, Eduardo Carro La Rosa. Nos vimos en
séptimo grado. Nos caímos mal. En el monte trabamos fuerte amistad y nos
cuidamos uno al otro. Nunca fui ajeno a hacer algunas de las mías. Una vez,
cuando el hambre apretaba, un grupo liderado por un tal Pedro del cual no
recuerdo sus apellidos, nos robamos una gallina bien gorda. La cocina del IPA se
mantenía con tizones encendidos para que cuando empezaran las labores en la
mañana fuera todo más rápido. Allí nos reunimos el piquete y en eso fuimos
sorprendidos por nuestro profesor guía.
-Oye Pedro, ¿qué ustedes hacen aquí?
-Nada profe, estamos asando una palomita.
-¿Sí? Una palomita con esas plumas
–sentenció el profesor alumbrando con la linterna.
Plumífero que atravesaba
el jardín del albergue, plumífero que propenso estaba a ganarse un botazo.
Otras de las diversiones eran pasadas las once. Burlábamos las guardias para
cruzarnos al dormitorio de las hembras. Si te pegaban te la pasabas la
madrugada entera echándole agua a la plaza. En el verano de 2006 escribí mi
primer texto. Era un pequeño poema para el cual elegí una de mis libretas escolares.
Luego les fui agregando otros y, leyendo a Neruda junto con otros escritores de
mi lengua me metí en la cabeza de que quería ser poeta. Así hice hasta llenar
mas de diez cuadernos. Conversaba con ellos con mi amiga Marylín. Ella creía en
mí. El agua para limpiar los dormitorios teníamos que ir a buscarla al río en
tambuchos de la cocina al que amarrados a alambres por las asas atravesábamos
con un tubo de litera o palo y nos las pegábamos entre dos al hombro. Los
distintos caracteres (éramos más de setenta muchachos en un solo dormitorio),
desembocaban casi siempre en riñas y peleas que al final el mismísimo director
las aplacaba con unos buenos manotazos. Despaigne el director, negro fuerte,
nos hacía entrar por la canal. Era él en persona quien nos daba el de pié a las
cuatro y cuarenta y cinco ante meridiano. Hay de aquel que no estuviese en la
plaza cuando contara diez. Yo seguía escribiendo y guardando. Me ponía mal
cuando se me perdía algunas de mis composiciones. En el segundo curso lo más relevante
fue, además de seguir leyendo y aprendiendo sobre literatura y sobre las cosas
de la carrera, el día en que la profesora de español nos informó en clases de
la captación que se estaba realizando para carreras pedagógicas y con más miedo
que ganas me apunté seguido de uno cuantos. Entre las asignaturas cursadas
había una en que teníamos que construir canteros en un kingrass, cercano a
Sevilla. Allí nos perdíamos en un fongal cercano para ver qué cosa
encontrábamos para meterle el diente. Siempre que el pase era por la libre nos
daba pena irnos en los camiones. La gente se nos apartaba al sentir el tufo que
llevábamos a puro monte. Con respecto a las fugas, mientras muchos en hacerlo a
escondidas del subdirector, yo salía delante de todos y nadie me cuestionaba.
El robo era otra arista. Se perdían sábanas, jabones, el copón divino y no las
inventábamos para que nuestras pertenencias no cogieran camino. Mis días
preferidos de la semana eran los sábados y domingos. Me la pasaba en el río
adondeíbamos luego de pedir permiso lavábamos la ropa y nos recreábamos de
todas las formas chicas y chicos. Los sábados a las tres de la tarde buscaba un
televisor. Era mi tiempo para ver cine en un espacio que se llamaba Somos
Multitud. Tercer año estuvo diferente. Los de tercero, por falta de capacidad
en la escuela, eran enviados a la finca de esta, ubicada en La Magdalena, lugar
buscando otro que se llama El Oro. Allá arriba dábamos clases por la tarde
mientras que en la mañana recogíamos café o cualquier otro trabajo a base de
machete y azadón. Yo por mi problema visual, cosa que no me limitaba del todo,
a veces era destinado a ser el recadero. Bajaba a Madrugón con un saco para
buscar todos los días el pan, chocolate, arroz, etc. Los kilómetros de aquel
lomerío los recorría acompañado y cuando lo hacía solo me la pasaba
canturreando algunas de las canciones que me gustaban por aquellos tiempos. En aquel periodo
comenzaron mis guerras para que me tomaran en cuenta la carrera pedagógica.
Argumentaban que mi problema sería impedimento. Acechaba en cualquier
oportunidad la sede en Chivirico. Recuerdo que seguía escribiendo mis poemas y
sentía gran inclinación por los temas culturales. En el verano del 2008 fui por
vez primera a la Casa
de Cultura de Baire. (Anteriormente en Guamá me llegaba a la Dirección Municipal
de Cultura en donde intercambiaría con Rafaela Echavarría, que trabajaría como
asesora de programas de la emisora Radio Coral. A ella le debo algo de mi
destino). Me llevó un estudiante de instructor de arte, Yoan, pintor y amigo
mío. Fue él que me presentó a Eduard Encina. Encina lideraba el Café Bonaparte.
En dicho café una vez mecanografiado, fue donde presenté el primer poema
escrito por mí. Me lo hicieron trizas. Molesto no asistí por n buen tiempo
hasta que regresé. Gracias a mi amistad con Encina amplié mi mundo, no solo en
cuanto a literatura sino también a cuanto música, especialmente la trova. Hasta
ese momento solamente escucha al guatemalteco Arjona. Amplié mis oídos con
Carlos Varela, Buena Fe, Polito Ibáñez, Silvio, Pablo, SantiaguitoFeliú, etc.
Cuarto, el grado terminal, era de práctica. En cuatro cursos era la primera vez
que nos diseminábamos por todo el municipio. Carro y yo caímos en la dirección
municipal de forestal, actualmente un centro mixto de educación. Viajábamos
diario desde nuestras casas. El transporte pésimo. Incontables son las veces en
las que acomodamos las mochilas en los bancos del parque resignados. Estudiante
de dieciocho tenía una novia de catorce. Por culpa de ella un día dormí en el
parque. Conclusión: en julio de 2009 terminé mis estudios politécnicos. Mi
título decía que ya era Bachiller Técnico Medio en Forestal. De igual manera me
otorgaron la carrera pedagógica. Las chicas que se habían apuntado entrarían en
septiembre. Los varones para el verde. Yo diferido FAR a esperar todo un año.
Me ubicaron en la misma secundaria básica en donde estudié tiempo atrás. El 29
de julio murió mi abuelo materno. Aquellas vacaciones no hice estancia en
Baire. Había decidido quedarme en casa para estar al tanto de mi futura
carrera. Abuelo Franco era una persona cariñosa. Tengo en la memoria todavía
recuerdos gratos de él. Si yo llegaba al barrio al mediodía podía seguramente
encontrármelo sentado, tocando su vieja guitarra debajo de la gruesa mata de
salvadera sembrada en el patio. Dato curioso: a la sombra de la misma se
asentaba una colonia de hormigas bibijaguas a la que mi abuela exterminaba más
siempre renacía.
Capítulo
V: Año diferido FAR
Tenía aúnen mi cabeza la
errónea certeza de que la nueva directora era una tirana. Iraide Paumier me
había impartido clases de historia en el ya lejano séptimo grado. Fueron
incontables las veces en la que a la hora de salida me retenía por el sencillo
hecho de que no le había realizado las actividades dejadas para revisarlas en
el próximo turno. Esto fue creando en el adolescente que se formaba una típica
y extraordinaria mala voluntad hacia la profesora. Nunca se lo dije pero le
guardé ese sentimiento. Jesús, el director de la sede pedagógica, escribió una
carta que debía presentar ante ella. Cuando se la entregué me habló del campo.
Aquel nueve de septiembre partirían los grupos. Me iría entonces con uno de
ellos. En las montañas fue mi bautizo de fuego con mis primeros estudiantes
cuando no había comenzado el primer año en la universidad en la que estudié
entre dos mil diez y dos mil quince. Regresados del campo estuve como
observador en un aula por todos unos cuantos meses. Era mi vida por aquellos
tiempos. Paralelo a esto jamás me olvide de los días en mi Contramaestre natal.
Sin darme chance llegó el momento. Fue en octubre de dos mil diez en que me
convertí universitario.
Capítulo
VI: Universidad de Ciencias Pedagógicas
El día que entramos fue
bajo un fuerte temporal. Claro como el agua recuerdo estar subiendo la lomita
de la autopista hacia la sede central Frank País García. Delante de mí iba una
muchacha que sería una de mis compañeras. Instalado en la residencia de la UPC permanecí los primeros
meses sin salir a otro sitio que no fuera el comedor, el aula y al dormitorio
otra vez. Con el paso de los de los días incluí a esta rutina al laboratorio de
Informática en el que mi único juego fue el WORD. Junto a las clases llevé a la
préctica la digitalización de4 de mis poemas. Cosa que me hizo ganar habilidad
en el tecleo. En ese curso participé en actividades de excursión a lugares
claves de la ciudad de Santiago. Mi cultura empezó a crecer mientras que el
interés por la lectura y los libros seguían amarrándome la atención a veces más
que a los propios estudiantes de Español Literatura. No fui estudiante de
abundantes cinco. Quizás a la larga no me interesaba mucho realmente la
pedagogía aunque cursarla, aprobarla, obtener el título de licenciado y
defender su validez por dos años de servicio social fue un reto o una novela
que escrita segundo a segundo se ignoraba el final. Creer, eso me tocaba a mí.
Una de las profesoras que dejó sus huellas fue la doctora Blanca cortón romero
con sus lecciones de filosofía. Al principio Blanca tuvo que soportarme, según
confesiones de ella misma. Luego bajé la guardia, fui menos estúpido y pude
aprender más. No estuve libre nunca de problemas familiares. Problemas que
atentaron directamente contra mis decisiones. Hubo compañeros que una vez
conocidos me apoyaron indiscutibles. Uno de ellos fue Edel. Edel me decía
siempre que yo estaba loco. Aun así fue un gran amigo. Carro, el socio mío del
IPA también estudiaba una carrera en la UCP. La diferencia que tuvimos en aquellos cinco
años fue en que casi nunca nos veíamos. Rara vez compartíamos días completos.
Al final de 1ro, en una de esas jornadas en las que me dedicaba al laboratorio
y navegar por la Wikipedia
entable conversación con Nivia. Nivia era (y es) cristiana. Ella me conectó
nuevamente con aquel mundo que a los siete había conocido en vista alegre,
Baire. En la noche que me invitó a conversar conocí también a Jandris. Me
hablaron de la palabra y de adónde iban los miércoles. Pronto empecé a
acompañarlas. La Cuarta
Iglesia Bautista Betel se convirtió rápidamente en mi cita
con Dios. Entre las personas que visitaban la iglesia estaba Oneisis, un
Guamense de la zona de Uvero. Entablamos una hermandad que aún dura en los
momentos actuales. Cuando tuve amplios conocimientos sobre el cristianismo no
hallé bien aquello de un único Dios y tantas distintas organizaciones. Si el
Señor es uno, una debe ser la unidad. Allí en la cuarta se reúnen
pentecostales, metodistas, bautistas, todos de las diferentes universidades de
la ciudad. La fe en Cristo me ayudó a tener paz conmigo mismo. Así fui
estableciendo relaciones con diferentes hermanos de la universidad de Oriente
en sus ambas sedes. En especial con mi gran amigo Leraoux que me ayudó cuando
la tristeza me agobiaba. Él me hizo comprender del plan de Dios con para los hombres
y de su amor. En febrero de 2012 visité con Oneisis Uvero, lugar famoso en Cuba
y de la historia. Llegamos de noche. Solo vine a conocer el pueblo cuando
amaneció. Después volví en incontables ocasiones para escapar de la rutina y
sentirme en un lugar neutro. Volvamos a centrarnos en los veranos. En el de
2010 regresé a Vista Alegre. Visitaba el Café Bonaparte haciendo de aquel
espacio parte inseparable de mí. Era recibido con agrado: cosa que marcó mi
vida. Seguía escribiendo malos poemas pero jamás dejé de sentirme escritor. En
aquellas andanzas pasé el segundo año y el tercero. Al acercárseme el cuarto
veía cómo se me llegaba la hora de la práctica. Momento en el que pensaba mucho
desde el primer curso. Ya no sería observador. Daría oficialmente turnos de
clases. Me sentía como un barco con el casco roto que se hundiría
inevitablemente. El día inaugural me presenté con el director que nuevamente
repetía después de aquellos tiempos en que junto a los demás del aula lo
velábamos para ver películas en VHS en vez de la videoclases. Me asignaron una
tutora que me dejó solo en el turno recuerdo, de historia de moderna de octavo
grado. Defiéndete, me dijo. Yo estaba nervioso y sobre la mesa el plan de
clases abierto que parecía o me hizo recordar un libro escrito en genuino
árabe. A mi regreso, en la universidad, todos nos contamos nuiestras
experiencias. No podía creer que un grupo de alumnos me había dicho profesor.
Sentimiento raro. Entre mis condiscípulos había quienes querían graduarse con
todos los honores y aspiraban a los trabajos de diplomas. Yo me defendí con una
clase final que aún guardo en mi memoria flash el 15 de junio de 2015. En
septiembre me convertiría en licenciado. Vendría ahora los dos tediosos años de
servicio social. Nunca me alejé de la iglesia. Allá igual nos despidieron y nos
dieron un reconocimiento que nos acreditaba el haber pertenecido al Grupo
Universitario Cristiano. Vuelvo de nuevo al 2012. No puedo dejar de mencionar
las referencias al mes de octubre sobre los sucesos del Huracán Sandy que,
curiosamente pasé en las instalaciones de la universidad. Aquella noche
esperando su entrada estábamos tirados en los colchones junto a las tías que
cuidaban los cuartos unos cuantos dirigentes de la FEU y yo. Al ya ser evidentes
las cercanías del meteoro nos encerramos. Al amanecer del día 25 el aspecto
destruido de la instalación parecía salido del filme La Guerra De Los Mundos
dirigida por Spielberg. Las jornadas siguientes iniciamos una ardua labor de de
rescate que duraría unos meses.
VII
Servicio social
Mi bautismo de fuego fue
en la ESBU Ernesto
Guevara de la Serna
antigua aulas anexas de la
Ciro. Esta secundaria está ubicada en el barrio de El
Paraíso, localidad de Aserradero. Mi sentencia, propuesta a por la dirección
municipal apenas comenzaba. Impartí clases a los dos grupos de noveno grado y
al octavo. A los primeros les daba en materia Historia de Cuba y a al segundo
Educación Cívica. Los estudiantes: duros algunos y otros más dóciles. En aquel
centro entablé amistad con todos los docentes, bueno, con casi toso. Elemento
que no sé por qué hago mención. Tal vez para no olvidarlo. La transportación
era pésima pero cada día estaba en mi puesto de trabajo. En enero de 2016
estuve al frente de algunos estudiantes en un concentrado para aspirantes a las
Escuelas Vocacionales y Escuelas militares. Aún conservo la fotografía que les
hice a las niñas en el campamento de pieneros exploradores en las proximidades
del Uvero. Terminado el curso fui trasladado a la Ciro Redondo en donde
mi directora era aquella que en antaño me había impartido clases de historia.
Ahora me prepararía como un verdadero docente y sus enseñanzas me valdrían de
mucha ayuda. Enero de 2017 me trajo nuevos retos. Pasaría los siguientes once
meses laborando en el centro mixto Israel Pardo Guerra, enclavado en donde
fuera la sede de la Forestal,
lugar que me acogiera en 2009 cuando estaba al graduarme como Técnico Medio en
Forestal. Terminada la prestación social decidí ´´bajarme del barco´´. Trabajo
por el momento en Cultura como asesor de Literatua.
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