miércoles, 11 de octubre de 2017

Embrión del Guamo

Esta fotografía es del embrión del Guamo que en la actualidad les da la bienvenida a los visitates en Chivirico, Guamá, Cuba. Es un tema que por lo que pienso tiene mucha tela por donde cortar. Le agradezco la cortesía a uno de los hermanos Arañó que me cedió la instantánea. Disfrútenla.

jueves, 5 de octubre de 2017

Fidel entre Nosotros: Memorias de quienes lo recuerdan.



Fidel

    Las huellas del gigante siguen latentes en la Sierra Maestra y la gente que vive aquí, todavía nos tienen cosas que decir. Son personas que cuentan en su pasado esa maravillosa oportunidad de haberlo visto aunque directamente no hayan cruzado palabra alguna con él. Fidel es una figura de leyenda para muchos que sólo pudieron conocerlo a través de fotos, trabajos audiovisuales o periodísticos pero a  mis dos invitados la vida les jugó diferente. Esa es la razón por la que el destino me hizo conocerlos y poner primero en un archivo de audio los datos necesarios para levantar en modo de homenaje esta crónica; luego, poner manos a la obra sentado en una computadora del centro mixto Israel Pardo Guerra en el municipio  montañoso de Guamá, Santiago de Cuba en donde trabajo actualmente. Fidel sigue entre nosotros. Nosotros somos Fidel. ¿Alguien lo duda?

I
         En el barrio de Las Calabazas en Chivirico,  donde vive,  lo  conocen como Sinsonte pero su verdadero nombre es  Luis Cisneros Pérez. Ya no es un jovencito como en antaño más todavía mantiene fresca en la memoria las veces en la que la figura de Fidel Castro formó parte en su historia personal.   Lo vio por primera vez en los años 60 cuando era un adolescente, en Tarará donde estuvo becado y donde estaba un hijo del líder de la Revolución en el mismo bloque. La impresión que recuerda es inmensa,
    –¿Quién no desea ver con sus propios ojos a un titán como lo fue Fidel? –me dijo.
Con el tiempo se adaptó a verlo más seguido, pero uf, aquella primera vez, no se le borrará, solo únicamente muriéndose.
    –Él saludaba muy atento, como si nos conociera de toda la vida –me cuenta–.  La segunda vez fue pasando el ejército en el 66 en la misma capital. Mi unidad era la de la compañía de comunicaciones. Ahí mismo nos seleccionaron para participar en la construcción de uno de los embalses que proveen agua a la ciudad y seguí viéndolo porque él daba siempre sus vueltas para ver cómo andaba la obra. Cuando tienes la oportunidad de tener cerca a una figura de tal magnitud es imposible dejar de admirarlo.
     Siempre que se presentaba al lugar todos los guardias corrían a su encuentro. Nadie quería perderse el momento. Fidel se interesaba por nuestras condiciones, lo mismo que por los civiles que por nosotros lo militarles Que si comieron bien, que si durmieron bien.  Nunca dejaba de preguntar. Después lo vi varias veces en La Habana, en el antiguo Chaplin, actual Carl Marx y esas no fueron las únicas veces. Aquí en Santiago, en la plaza por ejemplo, son incontables. La última fue antes de enfermarse, que, ahora que recuerdo, tuvimos que salir bajo la lluvia. En mi vida ha sido importante y un grandioso mérito haberlo conocido.
         No importa si  le estreché la mano o no, ni que nunca haya hablado directamente con él. Sentí su presencia y lo tengo a la altura de un Padre de la Patria. Gracias a su empeño la mayoría de los cubanos que éramos un pueblo pobre nos hemos convertido en un pueblo libre. Fidel tenía confianza en la juventud y por ella también hizo. En otros lados del mundo nadie se mata por ver a los hombres que los gobiernan. Por Fidel sí, la gente se desvivía por tener la ocasión de verlo. Cuando me enteré de su muerte fue duro, impactante. No podía creer que alguien tan entrañable nos dejara.

II
      Benjamín Hernández Rivera también es oriundo de Guamá. Vive actualmente en Holguín pero todavía se considera cien por ciento guamense. Me dice que estés donde estés no puedes olvidarte de tus orígenes. Fue excepcional haber coincidido con él en su última visita a Guamá.   Tuvo la oportunidad de ver a Fidel en el año 1963 en los Mangos de Baraguá. Por aquel entonces pasaba la etapa del ejército en aquel renombrado lugar en nuestra historia.
     –Él no andaba como andan los que se creen superiores –me dijo –, andaban como doce o treces jeeps pero el de él era sencillo. Fue ahí donde lo conocí. Los demás muchachos empezaron a gritar: Mira, Fidel, ese es Fidel, el que va en el jeep aquel. Dejé lo que estaba haciendo y me puse a observar y le vi la barba.
      Yo tenía dieciocho o diecinueve años. La impresión fue grande. Nunca lo había visto de cerca y pasarme por al lado como aquel que dice y verlo fue tremendo. El visitaba por aquellos tiempos las unidades de improviso. Yo me entrenaba en lo militar cuando aquello. A él le gustaba sorprender. ¿Tal día a tal lado? No. El caía de improviso.
    La segunda vez que lo vi fue estando en Angola, de guardia también, cuando hizo un recorrido por el África y terminó en ese país. Eran los días en que se lograba en esa parte la independencia. Recuerdo que nos pusieron en fila para recibirlo. Se mostraba jovial y nos dio la mano uno a uno. La vida demuestra que nadie es eterno. Estuve atento en los días en la que conocimos su deceso y seguí con gran pesar la despedida del duelo, las palabras de Raúl en Santiago. Fidel no se ha ido. Eso cada cubano tiene que tenerlo en cuenta. Decir ...yo soy Fidel…  es más que una consigna de los nuevos tiempos, es un compromiso que tenemos once millones para seguir un legado.

5 de octubre de 2017








sábado, 30 de septiembre de 2017

Últimas palabras para Encina.

Eduard, algunos amigos y yo el 26 de julio de 2016 en Contramaestre.


    Eduard:

Que estés desde ahora silenciado en una esquina del campo santo suena a ser una idea cruel, desgarradora. Aquella noche cuando aún Irma se ensañaba con el occidente de la isla y en la voz de Arnoldo supe de tu muerte, mi vida cambió. Sé que pensaré en ti inevitablemente al cruzar el puente sobre el Contramaestre siempre, que no te encontraré más sentado  en el Café y que no sentiré más tu presencia física pero quedará en mí el placer inmenso de haberme convertido en uno de tus amigos y que tu buena voluntad me enseñara que las riquezas de este mundo no se compara con este sentimiento tan humano. Las palabras exactas no me salen. No existen las adecuadas para describir lo que significaste y significas. Nunca te di las gracias pues a tus consejos le debo en parte haber graduado en la universidad a pesar de las adversidades por las que atravesé. Te pido que me perdones donde quiera que estés si en algún momento te hizo falta que yo te lo dijera. Fuiste un padre más que un hermano y los padres que amaron como tú lo hiciste no merecen ser olvidados porque el olvido es ofensa cuando te hacen en la vida un bien como este que me hiciste de descubrir, de hacerme ver esta en enfermedad tan dulce que es sentir amor por las letras. Ahora entiendo que era extraordinario verte atravesar las calles desde tu casa hasta el Contramaestre día a día o verte pasar los umbrales de la librería, saludar al Puro y a las chicas o a las gentes anónimas del pueblo que te vio nacer y que hacían brotar de ti una sonrisa perpetua aunque las horas en tu cabeza fuesen amargas. Quizás algunos quieran en algún momento condenarte por habernos dejado solos y al que se atreva a tal cosa que tenga en cuenta que ahora en adelante estarás viviendo multiplicado en cada corazón y que saber hacerte venir en cada una de nuestras dignas acciones, será la nueva lección que tendremos que aprender. Tu partida la veré así: una última clase magistral para que aprendamos que las huellas que nos dejaste son el rastro que debemos sujetar si tu vivir digno ejemplo nos fue. Taller es la vida entera. Taller es cada hombre: me decía Martí  y ahora le entiendo. Construiste en el tuyo, y compartiste tantas virtudes, que escribir sobre ti es uno de los grandes retos que se les abre a aquellos que te conocieron de cerquita desde nuestro presente hacia ese futuro que se no presenta ya a rajatablas. El lugar que ya tienes por derecho en la literatura cubana ahora les toca a tus amigos defendértelo, despejarlo de las malas hierbas para que el sol lo ilumine. Me van a acompañar toda la vida la copia de tu novela Ñámpiti que me dedicaste de puño y letra aquel treinta de diciembre… la selección de escritos de Borges… el poemario Lupus… me vas a acompañar porque todavía tienes cosas que decirme. ¿Ya como vaso frío, duerme en la tierra el poeta celebrado? Tal vez; no me resigno a creerlo de una vez y por todas. Tu espíritu nos seguirá dando señales en los versos, en el canto que le tuviste al chispazo que anclado en el mar Caribe desde ahora te guarda respetuosa, como hijo y madre que fundidos en un abrazo eterno no quieren dejarse ir. ¿Ya está hueca, y sin lumbre tu cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa, mudo los labios, aquella mano que fue sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde? De ninguna manera. Más que nunca debes estar latiendo en nuestros pulsos, más que nunca te preguntaremos cuando nos visites en la brisa: ¿qué harías Encina en esto, qué harías Encina en aquello?  ¿Fuiste hombre que amó supo y creó, puso luces, vio por sí mismo, señaló nuevos rumbos, le sedujo lo bello, le enamoró lo perfecto, se consagró a lo útil? Sí, lo afirmo. Me cuesta sentarme en los rincones y con lápiz y hoja blanca entrelazar estos pensamientos para homenajearte. No me hallo capaz de sacar de mi mente nada más. Te doy las gracias a ti y a Dios. A ti por haber existido en mi mismo tiempo, a Dios por haberte creado en la misma época donde al menos pude compartir contigo algunos años.

Olber Gutiérrez Fernández
27 de septiembre de 2017       

sábado, 23 de septiembre de 2017

Crónica sobre mi abuela.





I
Mi abuela está agonizando. Parece un pedazo de plastilina deformada con el vago aspecto de lo que fue en antaño una guajira fuerte para trabajar por su vida y las de su muchachos. Abuela se va a morir y yo no puedo darle aliento ni me puedo cumplir los deseos que tengo de darle de mi energía para que llegue a los cien. Se me va la vieja pero me queda sus huellas. La más profunda es que siempre mostró amor a pesar de que algunas de las situaciones demandaban hasta rajarle la cabeza a alguien. Viví con ella algunos cursos de mi primaria y jamás me faltó un plato de algo que llevarme a la boca cuando venía los mediodías de la escuela. Estábamos a finales de los famosos 90 que volvieron al mundo unipolar. Estaba la cosa mala y por lo general el menú indicaba fufú (de fongo o plátanos) desde el desayuno hasta la cena. Tampoco en casa se hacían pintorescos refrescos que han aumentado hoy en día. Había que coger unas cuantas cucharadas de azúcar prieta y mezclarlas con agua y disfrutarlas. No tengo fotografías que colgar para respaldar esta crónica. Mi abuela, aquella que se las inventaba por todos, con aquel corazón sin igual en el universo, no quiere levantarse más. Ya no volveré a tomar café de sus manos. Tendré que resignarme a guardar el recuerdo del gusto y tratar mientras respire nunca olvidarme de él. No puedo resistir verla como está. ¿Me fui lejos de Baire para escribir este breve párrafo? Digo estar listo para la noticia pero es mentira. Tengo en el fondo miedo regresar y encontrarme a todos llorando.

   Escribí el párrafo anterior sentado en una de las esquinas de la emisora Radio Grito de Baire el día de gracia del once de agosto de 2017 y también, once días después, mi abuela fallecía a eso de las cinco y media de la tarde luego de volver mi padrastro y yo a casa de picar piedras. Como se puede apreciar aquella mañana no tenia ninguna fotografía. Hoy se puede ver que he conseguido al menos la del carné que la acompañó los últimos diecisiete años de su vida. De mi abuela hay tanto que decir. No pretendo que este texto sea famoso y me importa poco si llega a tener o no relevancia. Para mí la tiene y esta crónica es el homenaje que le quiero dedicar, eso nomás es lo que quiero dejar bien claro.
   Mi abuela se llamaba Euvelina Aguilar Fernández. Nació el 9 de febrero de 1929 en la Sierra Maestra. Hija de Fidel Aguilar y de Estelvina Fernández fue la esposa de Franklin Fernández  Garcés y madre de once muchachos entre los que se encuentra mi madre y curiosamente otro Arnoldo Fernández que abandonó Cuba en la década del 80 dejando dos niñas pequeñas. Llegué a la familia cuando faltaban cuarenta días para que terminara 1990 y entre tantos locos que ya contaba la familia transcurrieron mis primeros meses. Según mi padre que vivió aquellos tiempos en Baire haciendo múltiples trabajos para poder sobrevivir, abuela fue una mujer extraordinaria que veía a los hijos siempre pequeños aunque estos ya no lo fueran.
   -Si el mundo tuviera madres con el corazón de esa vieja fuese un lugar maravilloso –me decía y me sigue diciendo.
   Papá no mentía cuando afirmaba esto porque sin especular, fui testigo de las veces en que la vi quitarse lo que estuviera comiendo cuando llegaba a la casa algún nieto y sin dudarlo dejaba de darle mordidas y se lo daba.
   Era la primera en levantarse.
   Entonces la casa se llenaba a aroma de café y humo. Nos despertábamos uno a uno. Descalzo me asomaba a la cocina, le pedía un trago y la vieja me regañaba por tener los pies pegaos a tierra. Por la cerca se asomaban algunos de los vecinos y le pedían un buchito o la saludaban con el Uve, ¿Cómo anda? de cada mañana, antes de seguir sus diferentes destinos bajo la neblina que caracterizaba al amanecer por aquellos tiempos. A mí nunca me faltó el pan aunque sea con aceite o con huevo de gallina criolla y mi vaso de café con leche  sobre la mesa cuando tenía que partir a recibir clases en la escuelita de El Cayo.
   Para abuela como buen cubana no le podía faltar ese brebaje tan caribeño ni sus tabacos Made in Casa que algunos productores independientes hacían en la mismo barrio. (Recuerdo que por un tiempo ya yo crecido traté de hacerle una huelga generalizada cuando me pedía que le buscara unos ejemplares que se vendían a cincuenta centavos y yo me negaba rotundamente dando votos de jamás comprarle ninguno.)
   Las primeras palabras antes de ponerse en pie y prender el fogón de leña  era llamar al Miso, uno de mis tíos, para saber cuándo partiría para el Plan Vianda.

II
   Dicen por ahí que el amor de pareja se acaba con el pasar de los años pero eso, estoy seguro que no pasó con abuelo, claro, sin dejar de restregarle hasta la muerte de que no fuera tan goloso, que dejara los calderos tranquilos cuando regresaba de ver la pelota o el boxeo y metía las manos en la olla de harina de maíz o en el arroz recién hecho.
   En los ochenta y ocho febreros en los que pudo ver la luz del sol la doña fue la reina de su cocina y en el dos mil seis esas vueltas de la Revolución Energética y todos los huracanes juntos no la hizo desprenderse de los cuatro pilares de ceniza. Se podían ir al a mierda la olla arrocera y la hornilla eléctrica. Nadie tendría el coraje ni los cojones de desbaratarle el fogón mientras ella respirase. Era un curiosidad que todos los hogares cocinaban con los nuevos equipos y desde la Calle E  no. 4 del reparto Vista Alegre, Baire, conocido popularmente como Barrio Mocho y otros nombres del imaginario popular, el humo se elevase al cielo día a día. Los más viejos del barrio la saludaban y yo sentía que aquellos afectos demostraban que las gentes de antes tal vez tenían más amor que los de ahora.

III
Muchos se empeñan en afirmar que yo fui un niño malcriado y que a veces irritaba a los mayores. Abuela a pesar de tener su alma llena de bondad también tenia sangre en las venas y sus arranques de vez en cuando. Ella cuando se molestaba conmigo o con alguno de mis incontables primos, siempre la culpa la pagaba nuestras piernas y la mata que en esta región de Cuba afirmamos en llamar Guataca de Burro, que en muchos lugares sirven en cayo como una especie de cercado. Fueron entonces las tantas veces en que nos sentimos en la necesidad de darnos a la fuga para no sentir el fuetazo que era por donde nos cogiera sin tantas explicaciones. Si no lograba sonarnos oíamos desde lejos que nos decía que ella era como un gato, que este no cogía el ratón corriendo. Luego se mantenía en vela y cuando pensábamos que todo había pasado nos arrinconaba para cobrarnos lo debido. Pienso hoy que aquellos guatacaburrazos pusieron en nuestras vidas su granito y la cordura que tenemos en la actualidad se la debemos a la Uve.
   Recuerdo siempre las noches en las que se ponía a contarnos como era su vida en las lomas, aquellas épocas antes del Triunfo en las que con dos o tres hijos chiquitos y ya preñada de otro se alzaba en los cafetales recogiendo el grano, de cuando una avioneta buscando a los rebeldes tiró algunas de sus bombas cerca del bohío, de aquellos vecinos que todavía recordaba uno a uno, de aquel mundo que ya existía cuando mis padre y su hija no eran ni semen ni óvulos listos para el milagro. En sus últimos lustros de vida, no cabía mañana, luego de colado el café en la que, echando un humo mirando al camino, sentada desde una esquina de su cama asomando a la ventana, no recordase los viejos tiempos o pensara en qué cocinaría o cuando lo haría.

IV
   Entre los hermanos nunca faltan sus peleítas y mis tiazos varones no estuvieron exentos de esta costumbre tan humana. En casos de esos mi abue tomaba palo de escoba en mano y como buen jueza que era repartía palazos a izquierda y a derecha aplacando la bronca. Abuela comentaba que el trabajo no le quitaba ningún pedazo al hombre y que el tener las manos callosas no significaba ninguna deshonra, al contrario, bienaventurados los que mostraban al mundo las suyas como islas llenas de montañas.
   No existía ningún despenque de maní en la zona, por ejemplo, al la que no indujera a sus hijos en aras de buscarse unos pesos. A pesar de ser una guajira toda la vida brillaba por la atención que les brindaba a conocidos y a desconocidos. Recuerdo que nunca le vi negarle el café ni a aquellos vendedores del grano que a veces se lo vendían a altos precios. El reparto Vista Alegre se llenaba de comerciantes en bicicletas y de a pie y ninguno puede dar mala fe de que aquella señora flaca y menuda  de la primera calle ni aunque sea unas palabras de usted a usted dijera. Hasta Israel el loco en sus incontables caminatas llegaba cantando con la niebla y la vieja le preparaba un jarro metálico bien calentito. Luego Israel daba las gracias y en aquel idioma que solo el entiende seguía su peregrinar. Cuando chama medaba miedo. Esperaba que se fuera y abuela sonreía porque sabía.


V
   Abuela tenía a Cristo en su hacer cotidiano. Jamás lo oí referirse a él para que tuviese misericordia ni por uno ni por otro exclusivamente, rogaba por todos.
     -Acuérdate de nosotros los pobres –decía si les faltaba dinero para sacar los mandados o si algunos de nosotros estaba metido en algún problema de cualquier índole.
   Para ella sus hijos no solo eran aquellos salidos de su vientre sino también las generaciones engendradas por estos hasta los mismísimos tataranietos. Ignoro, porque nunca se me ocurrió preguntarle, quién le había hablado por primera vez ni en qué época de Dios. Pero si puedo asegurar que fue ella quien nos inculcó desde su manera peculiar creer en la sombra del Divino que nos protege desde las Alturas.

VI
   Para sacarla de la casa cuando se sentía algún malestar o simplemente se sospechaba de algún síntoma, hacia al policlínico o al consultorio, la tarea se tornaba una odisea. ¿Miedo o terquedad? Solo ella tenía la respuesta. Se sentaba en una de las esquinas del viejo multimueble como tronco de piñón echando raíces profundas mientras que pensativa sacaba su tabaco y lo prendía. En silencio aspiraba y soltaba las bocanadas y ni su propia madre si resucitaba para pedírselo, la hacía moverse del sitio.
   El porqué de esta crónica quizás un poco desorganizada se la debo al sueño que no pude realizar: de hacerle grabaciones y que ella misma me hablase de su vida, de cosas que ya nadie nunca sabrá. Mientras me toque vivir y tener la mente lúcida sobre mi pasado, de mi procedencia, de gentes que contribuyeron a mi formación, abuela será en mi recuerdo una gran mujer, alguien que demostró con su ejemplo, que me dice desde ultratumba que olvidarla sería la peor de las traiciones que le puedo hacer a su legado.

Finales de agosto – 8 de septiembre de 2017.
Olber Gutiérrez Fernández. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

EDUARD NO MURIÓ…



Eduard, una amiga y yo el día rn que recibíó la noticia del Premio de la Gaceta de Cuba 2017 por su Cuaderno Manigua.



…¿Alguien duda que la muerte



Marca el inicio?...



Orlando Concepción, Lecciones para morir.



Hay momentos grandes en la vida. Uno fue haberlo conocido en el verano de los juegos de Beijing cuando me lo presentó en la casa de la cultura de Baire, Joan Manuel, amigo del barrio, instructor de arte y pintor. Por entonces me creía poeta. Me habló del Café Bonaparte y del taller literario que armaba en su casa todos los domingos. Le comenté que gustaba de música de la talla de Varela, Silvio y otros. Me dijo que me consiguiera un disco, lo demás correría de su parte. Fue una tarde noche la primera vez que pasé cerca del estadio y cogí la línea para llegar a su Cuartel de las Palabras. Con el tiempo las visitas aumentaron. Ya no pude despegarme de la literatura y aunque mis poemas eran malos seguí asistiendo como un fiel a su templo. Las clases comenzaban, ya tenia que volver a las matemáticas y a todo lo demás pero no había ni hubo noche en la que no añorase desde entonces volver. Alentado en ver que creyó en mí aceptándome en el grupo escribí mi primer cuento. Él descubrió el narrador y hasta mis últimos días le estaré eternamente agradecido. No puedo creer ni creeré nunca que ya no esté. Eduard camina mas firme a mi lado. Escucho su voz llamando a Mailer o corrigiendo las andanzas del Malcolm y del Handel por el patio o diciéndome que luche por terminar mi carrera y que buscara a Dios para hallar la paz.  Escuchare en mi corazón las lectura que hacia de sus textos, guardaré como tesoro que ya son los ejemplares que me dedicó de su puño y letra. No olvidaré (y se lo pido a Cristo de su inmensa misericordia que me ayude) su mirada; mirada amiga que me aconsejaba, aquella que desde ahora voy a extrañar con el alma. El Contramaestre no lo llorara, yo no lo voy a llorar. Mi hermano está mas vivo que nunca. Quedarán en la memoria aquellas jornadas veraniegas en las que todo el piquete junto a él nos sentábamos en cualquiera de las mesas del Café Cantante y debatíamos tomándonos tazas y más tazas, sus peñas en las que hacía del pueblo asistente su cómplice, los momentos en la sede de la AHS contramaestrense cuando vacilábamos y hasta como buen cubanos que somos nos dábamos cuero. Una de las inmensas virtudes que admiré (y seguiré admirando del gordo) era esa capacidad que tuvo para brindarle amistad incluso a sus enemigos. El amor vivía en su humildad. Humildad demostrada por ejemplo en que siempre quiso escribir (y escribió) desde su esquinita en la Carretera Central sin olvidar a sus coterráneos de tierra adentro ni apartarse de ellos. Que les quede claro a los que lo conocieron: el camino empieza ya, no se detiene. No hay tiempo para lágrimas. Quien desee recordarlo como el inigualable hombre que fue que cuando piense en Eduard Encina Ramírez grite: no murió, Eduard no murió. No voy a mentirle, ni le mentiré a nadie, con decir que no extrañaré su presencia física de ahora en adelante. Estoy convencido de que nos hará falta y tengo la fe de que como él mismo dijera en la despedida de Orlando Concepción en noviembre de 2010: Un día (Mi hermano Eduard), también resucitará.







Olber Gutiérrez Fernández, 10 de septiembre de 2017.   




sábado, 26 de agosto de 2017

ESPEJISMO


     Una de las puertas estaba entreabierta y la empujé suavemente. Llamé, nadie me respondió. En los cuartos las sábanas estaban revolcadas sobre las camas y descubrí entre ellas los esqueletos de sus moradores. Supe quienes eran. Hasta recordé las veces en las que nos reímos juntos. De regreso en la sala me senté a reflexionar. Afuera el paisaje semejaba una pintura abstracta. Con mis ojos, (de fantasma u hombre extremadamente longevo) recorrí todo aquel sitio. A unos metros veía el camino que conducía a mi antigua casa. Estaba cerrada. Debajo de los matorrales los jardines seguían intactos. Continuaban en pie los mismos árboles, e incluso aquellos que habían sido cortados por mi padre. Como salidas del aire aparecieron gentes que nunca había  visto. Deduje que serían los nuevos inquilinos del barrio. No pronuncie palabra. Cada cual tomó rumbos hacia sus viviendas sin saber por qué lo hacían. Los maldije. Después bajé un trillo buscando el río en donde aprendí a nadar. Sus aguas estaban sucias. Sus orillas llenas de mierda de vaca. Metí los pies en el fango hasta los tobillos. Resbale y caí. Alguien lo advirtió y me gritó. Reconocí la voz. Era mi antiguo profesor. Al parecer no era el único fantasma u hombre extremadamente longevo sobre la faz de una tierra, que sin saber cuándo ni por qué se había vuelto abstracta.

Aserradero, 15 de julio de 2016.

domingo, 13 de agosto de 2017

Picar piedras en Cuba es un trabajo

LOS PICAPEDREROS", DE GUSTAV COURBET

Por Olbert Gutiérrez Fernández. 

En muchas jornadas veraniegas, en las que cesan las actividades docentes a las que me dedico como profesor de Historia, aquí en el oriente de Cuba, el dinero de las vacaciones empieza a esfumarse de mi bolsillo. He tenido que sudar picando y sacando piedras para buscarme unos quilitos y al menos comer dignamente.

A raíz del esforzado tiempo que he vivido un par de meses haciendo este trabajo, me han entrado mucho ganas de escribir sobre los picapiedras de  Contramaestre. Nada mejor entonces que conversar con uno de mis parientes, que lleva unos cuantos años, jugándosela en esta aventura.

-¿Es verdad que sacar piedras da dinero? – pregunté para provocarlo.

-Bueno, si trabajas con inteligencia y sin maltratarte, vale realmente la pena. – Responde muy tranquilo.

-¿Es un trabajo duro entonces? –Insisto.

-Sí, hay que cogerlo con calma, sin matarse. Si lo coges con mucha furia te revienta. Mira, ahora mismo me pasé un mes sin trabajar porque el tractor se rompió; pero lo aproveché para recuperarme físicamente.

-¿Qué se necesita para ser un picapiedras?

Un par de guantes, pantalón, camisa a mangas largas, machete, barreta y mandarria. Se trabaja en lugares intrincados, donde hay  mucho guao, bejucos con espinas, alimañas de todo tipo.

-¿Vale la pena un trabajo así?

No tenía zapatos y otras cosas que me hacían falta y gracias a mi consagración aquí,  me los compré. Es una pincha en que te la pasas al sol el día entero, gastando energía y haciendo fuerza; para el que no esté adaptado, es muy perjudicial para la salud. Un error te puede crear una hernia o joder la columna.  Es tres veces más gasto de energía que cualquier trabajo simple. Hay que sacar las piedras, llenar la carreta y hacerlo con las exactas, porque si no la llenas bien, no hay buena paga.

-Sacarlas y llevarlas al vehículo que va a trasladarlas es un tremendo desafío. ¿Verdad?

Para uno solo es una mañana trabajando sin descansar;  pero cuando somos más, comenzamos a las siete y antes de la diez tenemos dos carretas llenas. Cuando el tractor llega, nos pasamos media hora cargando cada carreta.

-¿Crees que sacar piedras es un trabajo digno?

No es un trabajo vinculado al Estado; no pagas seguridad social;  pero es algo muy digno, pues no te perjudica, ni te enreda con la ley.

- ¿A qué peligros te expones día a día?

Usamos guantes, sin ellos esto es una locura. Yo he recibido unos cuantos picotazos de alacranes, arañas peludas...

-¿Cómo eligen los lugares para sacar piedras?

En mi caso ya tengo un lugarcito para trabajar que no tiene nada que  ver con las fincas de los campesinos.

-¿Hay muchas personas aquí en Contramaestre que se dedican a picar piedras?

-Hasta donde se, somos unos cuantos grupos, por lo menos aquí en la zona donde trabajo. Mira, ahí mismo, al frente, hay dos socios metidos en su pedacito.

No es algo fijo. A veces los mismos tractoristas son los que eligen donde hay buenas lajas. A mí me dijo uno donde había y nos fuimos a inspeccionar. Nos pusimos de acuerdo y nos quedamos.

¿Vale la pena tanto esfuerzo?

-Es un trabajo donde inviertes no más que tu fuerza y acaso la merienda que llevas. Merienda que en todo momento debe ser reforzada. Para tener una saca de piedras, hay que estar bien alimentado dada la intensidad de lo que hacemos. Otra cosa, es mejor que la merienda sea económica porque si la buscas muy cara no da la cuenta. El objetivo es gastar menos para hacer más.

Al principio yo me mataba, pero poco a poco le cogí el ritmo y saco una carreta diaria; son 100 pesos (4 CUC).

-¿Adónde llevan las piedras?

Al molino de Ariel en Cruce de Anacahuita, allí es convertida en múltiples fines.  Tiene un contrato con Fábrica de Puentes. Cuando a esta última se le acaba la materia prima para hacer piezas prefabricadas, mandan carros allí  y van cumpliendo sus planes.

Hablemos ahora de dinero. ¿Cuánto vale cada carreta de piedras?

De cincuenta a cien pesos. El del molino paga al del tractor y el tractorista viene y te da lo tuyo. 

-¿Trabajas todos los días?

El día que no saco piedra, es dinero que me dejo de buscar y la cosa está muy mala. Uno de los trucos claves de esto es que tienes que ser constante. No podemos obviar el descanso, pero si el cuerpo está en óptimas condiciones, fuego a la lata, digo, a las piedras. En los primeros meses trabajaba de domingo a domingo.

Ganas entonces unos 700 pesos a la semana, que en el mes vienen siendo 2800 (112 CUC). ¿Trabajar así, con esa entrega, no te ha traído problemas de salud?

Los que nos aventuramos en esta pincha aprendemos con el tiempo. Al principio te duele el cuerpo, pero luego te vas adaptando.

¿Cómo es un día sacando piedras?

Yo me levanto a las cinco y media de la mañana. Como vivo distante en lo que llego son las siete. Empiezo. Como a las diez hago un receso y me como la meriendita. De ahí comienzo otro turno hasta las doce. Luego almuerzo lo que llevo y tengo un lugarcito donde me doy una breve siesta, hasta hecho un sueñito. A las tres me pego hasta a las cinco y algo más. Cuando quiero aprovechar el día me extiendo hasta la más profunda oscuridad. Después, retirada a casa, baño, comer y a la cama.

¿La saca de piedras es todo el año?

Lo hacemos por temporadas porque es muy duro. No podemos decir que nos vamos a dedicar por entero a ello; trabajamos tres o cuatro meses y hacemos un dinero rápido. No es lo mismo ganarse 25 pesos al día en una empresa estatal, que cien pesos en un rato. La necesidad obliga, ¿entiendes?

Por donde quiera que tú lo mires es mejor. Aquí se gana una platica limpia; no le robas a nadie y sobre todo, lo haces con el sudor de tu frente.

Guamo: Identidad de los guaménses

 
Conozco gente de ciudad que si le dices dónde vives no pueden aguantarse el mal de gesto de asombro y dicen que eres donde el diablo dio cinco voces y nadie lo oyó. Así me ha pasado con Guama, el municipio montañoso que se enclava al oeste de Santiago de Cuba, aquella villa fundada por el adelantado Diego Velázquez y en al cual tengo la dicha de vivir hace más de quince años. Demás está decir que esas situaciones a nadie le gusta sobre todo si te ofenden el lugar donde has despertado tantas mañanas de tu vida. No soy guamense de nacimiento más cuando vine a vivir aquí el verde de las montañas y el azul del mar me adoptaron para hacerme hoy lo que soy. En Guamá reside un mundo maravilloso. Sus residentes loma arriba apenas en la actualidad comienzan a abrirse paso en el mundo globalizado. Mi comentario puede ser buen pretexto para una otra crónica. Quiero hablarles en esta de una obra que recibe al viajero que llega a la capital municipal tanto como a los cubanos o al extranjero. Es el caracol (o Guamo), una obra que identifica al municipio y está situado a mano derecha frente a las cadenas de tienda CIMEX. Tuve la oportunidad de dialogar con Yoandris Arañó, otro hijo orgulloso de su terruño y uno de los dos hermanos que trabajaron en el proyecto. Aquí les va sin más el resultado de la pequeña entrevista pero muy importante que me concediera:

-¿Cuándo surgió la idea de este proyecto y quienes fueron sus protagonistas?

-La idea surgió a mediados de 2015 cuando Benigno Rodríguez Torres*** nos habló acerca de crear una obra que identificara al municipio. Nos propuso varias opciones y por ejemplo la que más funcionaba era la del Caracol. Los protagonistas mi hermano y yo. (Yoandris y Yoendris Arañó. Pintor y Escultor respectivamente). Con el apoyo de Benigno y la institución de Comunales que nos brindaron el espacio y el financiamiento de la obra. Esta fue realizada en cuatro meses y medio.

-¿Quiénes creyeron que se podía realizar la obra y quienes no?

-Creímos en la obra nosotros y nuestra familia, conocidos; demás está decir, o para qué, quienes no.

-A raíz de aquellos que dudaron, ¿Tuvieron ustedes miedo?
-Fue un reto. Nunca tuvimos miedo.

-¿Cómo ha aceptado el pueblo la obra?

-La obra tuvo buena aceptación. El pueblo se siente identificado con esta y siempre hace actos de reconocimiento sobre todo cuando nos detiene en la calle para preguntarnos y hablarnos de ella. Tienen un muy buen criterio como de nuestro trabajo como de nosotros los artistas.

-¿Crees que el Guamo representa dignamente al municipio?

-Creo que el Guamo comienza a identificar el municipio porque el ícono de siempre ha sido el Pico. Creo que el Guamo funciona mejor.

-¿Cómo artista cual ha sido tu experiencia con este proyecto?

-Me sentí muy emocionado al ver el resultado final pero sin embargo en el proceso de creación como muchos otros la disfrute más ya que a la vez tuvimos contacto con el público, trabajando a veces hasta la nueve treinta de la noche, otras hasta las diez lleno de cemento yeso o barro. Mi papá nos ayudó así como otras personas de Chivirico. Ha sido muy interesante y no la voy a olvidar nunca.

-Dices que hasta las nueve treinta, otras hasta las diez. ¿Cómo fueron esas jornadas? Es decir, ¿A qué hora comenzaban? ¿Cuáles fueron algunos de los pasos?

-Empezábamos a las siete u ocho en los talleres de comunales. Hicimos primero la base (encima de una llanta de un carro pequeño). Empezamos a soldar los alambres y cabillas. Utilizamos barro para modelar la pieza (Proceso que duró tres meses, no hubo dificultades.) el yeso utilizado fue comparado en Holguín. (Se utilizaron 10 libras). Luego se trabajó en el área en donde se iba a montar la obra (diseño del espacio). Esperamos unos diez días para que se endureciera la pieza dentro del molde. Después trabajamos en el acabado (figura final que se puede observar).

-¿Qué recuerdas del día de la inauguración?

-El día de la inauguración se celebró un acto que hizo referencia en todos sus aspectos al municipio (Guamá). No faltó la participación de Benigno que expuso las palabras de presentación, representantes de la casa de cultura municipal y el pueblo que fue el principal protagonista.
 
-¿Algún mensaje para aquellos que aún no se deciden a realizar las suyas?

-Solo tengo una sola cosa que decir; arrancar y no pensar.

Mayo 21, 2017.