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Imagen tomada de Internet
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Aunque en lo personal cuento los años de mi vida a partir de todos los
21 de noviembre año tras año, por ser
este día la fecha de mi nacimiento en 1990, no dejo nunca de mirar cada 1ro de
enero como esa forma que es de sumarme yo también a la tradición del mundo
entero de un conteo de doce meses cargaditos de recuerdos que han concluido y presenciar
la extraña mirada de los otros doce más que empiezan ya a correr.
2020, espacio de tiempo internacionalizado ya históricamente por los
siglos de los siglos debido al disparo biológico que ha suscitado la Covid 19 hacia la comunidad
humana mundial, nos ha legado miles de historias en tal sentido y difícilmente
cabrían en pequeños tomos una síntesis siquiera de lo jodido que estuvo la
cosa:
Miles de muertos por la pandemia, millones de contagiados.
Una marea que no baja.
Ya nos deslizamos 2021 adentro: ahora nos llega dicen, un segundo rebrote
más fuerte e intenso y no nos queda de otra que luchar y orar para que las
suertes nos den el respiro que necesitamos.
El miedo hacia los futuros (o los tiempos venideros oscuros tal vez),
son inevitables. Unos al punto de morir no del covid sino de los nervios y
otros prefieren quedarse sin estresarse demasiado con el asunto en cuestión, como
yo que en casa por las noches me las gasto ojeando fríamente en el móvil,
pudieran decirme, algunos de mis libros digitales o tomando algunos de mi
librero para olvidarme de todos y de todo hasta nuevamente las seis de la
mañana en las que me levanto y vuelvo a la carretera.
Sé que no queda alternativa posible que esta la de seguir luchando a mi
forma y a mi manera hasta que la muerte venga y me lleve a la tumba silenciosa.
Sigo en pie con lanza en mano, agradezco a Dios y beso a mi esposa cuando en
las tardes regreso a casa luego de soportar una jornada más sobre mis hombros y
me siento otra vez el Quijote que catapultado ciento de veces por los gigantes
se levanta, sacude el polvo y vuelve una y otra vez a la carga.