Unas de las cosas que heredé de
Eduard Encina Ramírez, poeta y escritor cuya vida transcurrió en Baire fue el amor por la música de
Carlos Varela y de Santiaguito Feliú. Pero de ambos el último ejemplo es el que
me trae de regreso los momentos que viviese junto al Gordo, como lo llamábamos
aquellos que estuvimos muy cerca de él. No faltan en mi USB dos piezas que son creo, si la memoria no me
falla, el primer trabajo discográfico y el último respectivamente de Feliú:
“Vida” y “Ay, la vida” publicado el primero en 1986 mientras que el segundo en
2010, cuatro años antes de la muerte del cantautor. Fue Eduard quien me
despertó el bichito por las letras de aquellas canciones.
Cuando estoy en casa nadie
entiende ni pueden entender ni entenderán, lo que significa esa música sin
sentido para ellos que escucho y la inevitablemente me activa la añoranza
dormida por los cafés aquellos domingos frente a la línea del tren por las
tardes en las que el piquete se reunía en torno a Eduard y mientras
degustábamos la taza del inigualable cerezo, leíamos los borradores de algún
poema o cuento o simplemente nos conectábamos debatiendo sobre la obra de algún
grande literato de aquellos de los que nos nutríamos y Encina nos insistía
insistentemente valga la redundancia, que nos alimentásemos espiritualmente de
estos. En uno de estos cafés Eduard nos comentaba sobre el fallecimiento
reciente de Santiaguito, del excelente tipo que perdía la trova en Cuba y hasta
recuerdo que esa tarde visualizamos su último clip, grabado unos meses antes
del 12 de febrero de 2014.
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Santiago Feliú |