Prólogo:
¿Por qué decido
escribir este texto?
Porque sería una traición a su memoria si
no lo hiciera… a lo que me enseñó… a la amistad que aunque no solo fue para mí
(porque se las arreglaba para repartirla entre un mar de gente), añoraba cuando
tenía que estar lejos de aquella puesta en escena con origen en los reinos del
Contramaestre y Baire … porque sigo (y seguiré), aferrado a la idea de que no se ha
ido e imagino día a día mil maneras y formas para contrarrestar la ¿realidad?
en torno a él… porque aunque creció, fue a la universidad, se casó, tuvo hijos
y escribió libros, nunca dejó de ser aquel niño al que se le podía ver el alma
profunda y sobre todo, porque entre los tantos pedazos de historias que es ya
mi vida, haberlo conocido ha sido una de las cosas más grandiosas que he podido hacer. Sin otra idea que
exponer en este pequeño prólogo,
vamos pues a la materia:
Capítulo Uno:
¿Dónde, Cuándo y Cómo
conocí a Eduard Encina?
El momento en que Dios cruzó nuestros
caminos para sembrar y hacer crecer la amistad que entre
ambos existió, tiene lugar en ese
pueblo legendario y mágico que
es el Baire de los mambises, aquellos extraordinarios hombres que en el noventa y cinco del siglo XIX se fueron a la
manigua en busca de la libertad a
fuerza de brazos y de machete contra las balas españolas, pequeño e importante enclave éste del municipio
Contramaestre de la provincia santiaguera
en la Cuba
Oriental: una
comarca hospitalaria al viajero de todas partes, un lugar del que no puedes
olvidarte cuando te marchas y si naces allá como yo, te puedes mudar hasta de
planeta si esto fuera posible, pero no sacarás de tu mente mientras vivas ese
pedacito de tierra que fue testigo de tu llegada al mundo.
Pues he ahí, en dicha
comarca llena de historia, que comenzó todo un día del verano de dos mil ocho hace ya
algunos años en el pasado.
Yo era un adolescente que apenas descubría otras partes del pueblo
puesto que cuando pequeño mientras estaba al cuidado de mis abuelos, casi nunca
subía a sus calles centrales desde mi residencia en el reparto Vista Alegre(2),
conocido dicho reparto popularmente como Barrio Mocho y otros tantos nombretes
que, por ser las mayorías vulgares y chabacanos, no incluiré en estas líneas.
Durante muchos años mi itinerario fue de la casa a la escuela y viceversa,
confinada mi existencia a menos de un kilómetro cuadrado.
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Una de mis dos únicas fotografías junto a Eduard |
Eran cerca de las dos de la tarde de aquel memorable día. Parados en la esquina que da frente con frente a la Casa de Cultura Zoila Rosa
García Funes, esperábamos Joan Manuel(3), otra persona que no recuerdo y yo a que esta entidad abriera sus puertas en las horas vespertinas. Desde
hacía unas dos semanas que la frecuentaba con Joan Manuel. Allí me pasaba las tardes completas de inicio a fin sin que otra cosa llamara mi atención que la de insertarme de alguna forma
en el mundo del arte del que sentía y siento gran simpatía. Joan, futuro instructor en la especialidad de Plástica hacia sus prácticas en la escuela primaria Frank País García y
mientras duraba el verano debía aportar en las tareas de pintura de aquella institución. Debatíamos animadamente sobre el intenso calor si mal no recuerdo, de lo caliente que mostraba
la cara el dúo indiscutible y popular que son julio y agosto, del ajetreo que forman los cubanos en
temporada estivales, de su resistencia a pesar de las altas temperaturas, de los resultados que iban surgiendo
de los Juegos Olímpicos que tenían lugar en la capital china justo en esos
momentos y otros
temas, cuando de repente por otra de las esquinas apareció con una
prisa y pasos impresionantes una figura bajita y gordita con gorra, pulóver, shorpeta,
unos tenis deportivos y mochila al hombro, que después supe estaba llena de
libros.
La figura bajita vino directo hacia
nosotros y Joan Manuel,
tratándolo como a un viejo conocido, le brindó una sonrisa. El tipo bajito le estrechó la mano:
-Encina, ¿cómo está la cosa? –respondió al
saludo Joan
-Todo
sobre ruedas. ¿Cómo está el mundo de la pintura?
-Marchando como se puede. Mira
Polito(4), -ahora Joan me miraba fijamente- te
presento a Eduard Encina, poeta y escritor aquí en Baire.
-Olber –dije yo estrechándole la mano con
esa tensión que me caracteriza cuando estoy frente a un desconocido..
-Eduard Encina –respondió él mirándome
confiado y a la vez interrogándome
con la mirada.
-Encina –aprovechó Joan Manuel -, este
joven es aficionado a la poesía. Tiene unos cuantos poemas en una libreta y
anda buscando quién lo ayude a revisarlos. Hace algunos días que le hablé de ti y del taller literario.
-¡Ah sí! ¿Eres de aquí de Baire? –me
preguntó Encina.
-Nací en Contramaestre pero desde pequeño
me crié en Guamá(5). A veces un curso aquí y otro allá. Pero desde los
doce años vivo con mi padre a tiempo completo en un barrio llamado Cañizo cerca del
campismo de Caletón Blanco(6). ¿Lo conoce?
-Eso me parece que queda por Santiago,
buscando Chivirico(7).
-En esa misma dirección. En plena Sierra Maestra.
-Miren, ahora ando apurado. Vamos a hacer
algo. ¿Sabes donde vivo?
-No
-¿Conoces a alguien por detrás del Estadio?
-Tampoco –no quise explicarle el porqué.
-Bueno. Atraviesas esta calle como buscando
la primaria que está al final. Ahí verás la calle del estadio. Bordéalo a la derecha hasta que salgas a la
línea férrea. ¿Me sigues?
-Sí, te sigo.
-En vez de seguir recto, cuando pases la
línea, doblas a la izquierda buscando el Elevado(8).
Frente con frente al cementerio
a cualquiera le preguntas dónde vive Nando o Eduard. Los domingos hacemos un
taller de literatura. ¿Has oído del Café Bonaparte?
-No
-Entonces te espero el domingo. Lleva algo
de lo que tienes para que participes. Bueno, hermano, un placer –concluyó
estrechándome otra vez la mano –. Yoan, después nos vemos y conversamos un poco.
Acto seguido, Encina atravesó el
parque, que nos quedaba al frente como ya he dicho, con el mismo ritmo con que había aparecido ni menos de tres minutos antes.
Lo vi perderse entre la multitud que deambulaba en todas direcciones aquel día.
No logro recordar con exactitud si fue a finales de julio o principios de
agosto. Sí que en toda Cuba,
como me he referido a principio, se hablaba bajo el intenso calor entre otras cosas,
de los Juegos Olímpicos de Beijing. Así fue
más o menos, apelando a mi memoria
después de tanto tiempo que conocí a Eduard Encina.
Mi primera vez en el Café Bonaparte.
Enseguida hice las gestiones para
mecanografiar aquel primer poema escrito dos años antes y
llevarlo el domingo señalado. Dicho
favor se lo pedí a mi amigo Héctor Chavez(9) que en aquellos
días trabajaba en el Banco Popular de Ahorro de Baire como custodio. Este me había comentado unas jornadas
antes que en dicho lugar existía todavía una vieja máquina de escribir. Para mí aún estaba lejos la tecnología digital y
la habilidad de procesar textos a través del
Microsoft Word(10). Cuando mi
amigo me entregó la hoja mecanografiada con el texto estuve eufórico por varias horas.
Recuerdo que los días previos al domingo no dejaba pasar ni treinta minutos en darle una hojeada a mi texto adonde quiera que
fuera y leerlo con gran fanatismo. Al fin llegó el momento. Aquella mañana me
levanté más temprano que nunca. Limpié los tenis que tenía entonces, traídos
por mi tía del extranjero. Tomé café con leche y pan de desayuno y vestido como para hacer un
largo viaje salí rumbo al pueblo. Doblado por la mitad, dentro de mi libreta de poemas, estaba en tinta
roja el mayor tesoro del mundo para
mi en ese entonces.
Al pararme frente a la
Casa de la Cultura
recordé las indicaciones de Encina. Atravesé la calle que me dijo hasta casi chocar con la primaria.
Doblé a la derecha y por primera vez en mi vida observé el muro del estadio.
Bordeándolo luego fui a dar con las líneas férreas. Las crucé y miré hacia arriba. Allá estaba el elevado,
punto en el que se cruzaban la carretera con las vías del tren a la salida de Baire. Comencé
a preguntar hasta dar con la casa. Por entonces la segunda planta no estaba
construida.(11) No faltaban las ganas de darme la
vuelta y regresarme a casa a pesar del entusiasmo con el que había subido al
pueblo. Cuando entré al fin luego de pedir permiso allí estaban
unos cuantos personajes que iría conociendo con el tiempo. Me sentí extraño
ante aquellos desconocidos pero
poco a poco aquella sensación se iría esfumando al ritmo en que ganaba más
confianza. Algunos ya eran reconocidos escritores locales como Jorge L.
Legrá, Osmel Valdéz, Domingo Gonzáles Castañeda y otros que probaban suerte como yo.
Aún años después todavía no se me da bien leer en público y menos lo fue aquella primera vez en el Café
Bonaparte cuando pasada la primera ronda de lecturas llegó mi turno de
´´entonar´´ mi poema al que luego
de mi interpretación nerviosa fueron despellejando hasta desaparecérmelo
totalmente. El primero en darme
la estocada fue Osmel. Luego le siguieron los otros e ignorante yo por
aquel entonces de que un taller literario era para eso, tallerear, chapear,
mejorar, moldear, al despedirme no pude evitar salir molesto provocando esto
que no me vieran más por el café durante varios domingos, resignado en un principio a no volver
nunca más con aquella gente. Pensaba que aquellos escritorcitos no
querían reconocer lo ´´magnífico´´ que creía mi ópera prima. Por otra parte así fue que
conocí a Mailer, la esposa de
Eduard y a los pequeños Handel Y Malcolm. Igual a Nando, el padre de Encina a quien este me refiriera cuando me
diera las pistas de cómo encontrar su casa. No obstante a mi
inconformidad al pasar como
tres domingos cambié de opinión. Seguía visitando la casa de Cultura con Joan
quien me insistía en que volviera al café y persuadido por él busqué una
nueva estrategia para volver a visitarlos. Recordé que conversando con Encina antes de empezar el taller le comenté que siempre
había sentido empatía por la música trovadoresca como la de Silvio, Pablo,
Carlos Varela, por así citar los tres ejemplos que le puse. Me respondió que me comprara un
CD y el se encargaría de quemarme en mp3 unas cuantas carpetas de dichos
intérpretes. Efectivamente conseguí el compacto y fue una tarde noche a finales
de agosto que salía de la casa de Eduard Encina con el material en mano.
Pronto acabarían las vacaciones de verano y tendría que volver a Guamá con el objetivo de proseguir mis
estudios en un politécnico del municipio. No me retiré a la costa no sin antes
despedirme de él y de las otras personas que había conocido. Encina empezaba a
formar parte de mi existencia no solo como alguien que demostraba disposición
en ayudar a los más jóvenes a encontrar un camino, sino como una especie de hermano mayor que jamás había tenido, aquel que
me daría consejos útiles para formar mi futuro. En julio de dos mil nueve volví al Café Bonaparte. Aún conservando en la memoria la amarga
experiencia de mi primer poema, las ocasiones siguientes que participé en los talleres solamente
fui como observador. Seguía escribiendo con la ilusión de que fuesen
reconocidos alguna vez,
pero ni loco presentaba nada por temor. Cada libreta que llenaba la guardaba en
una javita de nylon. Creía ciegamente en mis escritos y me acordaba siempre de
una de las canciones de Carlos Varela.(12)
Capítulo Tres:
Aprendiendo en el Café Bonaparte
Mi permanencia en aquellas ocasiones sólo
siendo un visitante activo del Café, aún sin presentar ninguno de mis trabajos, fue asentado las ganas de pertenecer a
él para siempre a medida de
que veía la metodología que se empleaban en las sesiones dominicales del mismo. Me sentía
identificado con las ansias espirituales de aquellos escritores locales de
quienes tenía en un inicio una errada opinión, que luego fui cambiando con el
paso de los meses en los que me involucraba con mis visitas cada vez que tenía
la oportunidad. Testigo soy de las tantas gentes que aparecieron una semana y a la
siguiente abandonaban sin decir palabra alguna. De esta forma me fueron enseñando que no se trataba solamente de
identificarse con el café, sino permanecer firme ante la maravillosa suerte de
pertenecer y hacer vida en él a pesar de las diferentes labores que llevábamos
cada uno de los integrantes. Aprendí en el Bonaparte a no jactarme de sabérmelas todas ni
mucho menos de ir por ahí sintiéndome superior a nadie en este sentido.
´´Caminante no hay camino, se
hace camino al andar ´´, me dijeron una cuantas veces.(13) Las horas empleadas para bien en el café Bonaparte fueron una escuela. Fui aprendiendo no sólo de Encina sino también
del Jorge L. Legrá otro
de los ´´decanos del Café´´ que creía (cree) en los jóvenes, y como él mismo afirmara en una entrevista
publicada en este Blog(14)
sabe de la necesidad que siempre tienen estos de tener la guía
que ellos no tuvieron(15).
Cuando poco a poco acepté que mis poemas eran malos, a años luz de ser un Neruda, un Becquer o un
Miguel Hernández, tuve que dejar a un lado algunas ideas y aprender a escuchar a aquellos que
tenían experiencia en el campo de la escritura. La más arraigada a mi
alma, aquella que primero antes que todo debía arrancarme, para poder empezar a caminar por
buenos pasos en este mundo que es la literatura, fue la de creerme que podría
escribir sin leerme a nadie,
la concepción errada de que no necesitaba de ningún libro para esbozar ideas
propias que fuesen buenas. Justificaba esto en que si leía a alguien no sería
capaz entonces de ser original. Eduard advirtió esto como uno de los graves problemas que yo presentaba y me regaló, creo,
la segunda de sus lecciones:
-Si quieres, o intentar por lo menos ser escritor tienes que hacerte el hábito de leer buenos libros, y no leer cualquier
cosa - me dijo un domingo mientras degustábamos café después de acabado el taller.
-¿Tú crees?
-¡Claro compadre! La gente vieja del café nos formamos leyendo hasta gastarnos los ojos sin
descansar ni un momento. ¿Qué pensabas, que nacimos sabiendo?
Así fue que a rajatablas,
se me advirtió de una de las principales leyes del escritor y que debe seguir sin chistar quien aspire ser uno. Al
principio de esta gran revelación había algo en mí que hacía resistencia a la
idea, pero no pasó mucho para que empezara poquito a poquito a leerme los primeros libros de una forma
distinta a la que siempre fue mi
forma de hacerlo hasta entonces. No era lo mismo leer por pura diversión de un lector
común a interiorizar cada palabra para fortalecer la mente y hacer el intento
de aprender las mañas
del oficio. Más aquello no me sería suficiente. Tampoco es leer una o dos
veces, sino ser sistemático en la lectura, cosa que en aquellos tiempos tenía
que ganar en conciencia. Encina con visión extraordinaria cada vez que nos
encontrábamos en su casa,
en el Café Cantante de Contramaestre o en aquellos espacios a los que me invitaba, fácilmente se daba
cuenta si yo estaba leyendo o
no. Me hacía una prueba de rutina y al final serio, cuando los síntomas daban al traste de
incumplimiento a sus instrucciones, sentenciaba:
-Lo que pasa chamaco es que no estás
leyendo. Así no vas a
crecer.
Paralelo a estas cosas y
con el paso ya de dos o tres años de haberlo conocido, no visitaba su casa solo los domingos cuando me encontraba Baire. Me
presentaba todas las veces posibles durante la semana y me enganchaban las
conversaciones, porque
conversar con Eduard Encina era totalmente diferente a otras conversaciones. Tal era lo
cálido a su alrededor que no hubo ni una vez en la que cuando tenía que
marcharme, no dejaba de
sentir unas ganas inmensas de quedarme a su lado unas cuanta horas más. Peor me
sentía al volver a mis obligaciones de estudiante por aquel entonces y estar
lejos del café por tantos meses. A través de los años en los que conversamos de
tantos temas siempre intentó explicarme las tónicas de la vida de una forma que
pudiese entenderlas. Recuerdo que en muchas ocasiones me dijo que no me
detuviera antes los problemas y siguiera adelante, también de la literatura que
debía estudiarme: que libros sí, cuáles no, de filosofías, de genios…
Mi visión de Eduard
Eduard compartía con todos sus amigos los textos que escribía. Fueron incontables las veces que pude verlo frente a su computadora, con los dedos ágiles sobre el
teclado y mientras esperaba a que llegaran sus otros invitados al taller, imprimía alguna
que otra página de sus futuros libros publicados ahora,
para luego discutirlas en ´´familia´´, porque el taller literario café Bonaparte era eso, una gran familia.
Estaba abierto a las críticas. Críticas
que casi siempre se las realizaban
aquellos coterráneos suyos como el Puro o Dominguito. Actitud que
demostraba su humildad pues le
era importante que sus amigos también lo ayudaran a mejorar sus ideas. Hizo esto con
libros ya editados por
importantes editoras del país como Ñámpiti o su poemario Lupus,
presentado este último en la Feria Internacional del Libro dos mil diecisiete y con otros tantos títulos que fue
capaz sacar a la luz paridos de su fecunda mente.
Le debo a Encina los
ánimos brindados, esos que ayudaron a que me graduara de mis estudios
universitarios y me demostrara
a mí mismo que podía lograrlo. Para nadie es un secreto que un
estudiante universitario cubano de estos tiempos no está exento de dificultades
sobre todo económicas, influyendo esto a que muchos abandonen la carrera a lo largo del tiempo que dure esta.
Estuve al punto de abandonar la
mía pero él me aconsejó que no lo hiciera, que no me rindiera y un día
vería por qué me lo decía. Me comunicaba con él a través de mi correo
electrónico desde la Universidad de Ciencias Pedagógicas y durante
los cinco años que estuve en
ésta, fueron menos las visitas a Baire y por lo tanto al café Bonaparte.
Solamente me aparecía los fines de años, abril y en las vacaciones de verano
como en antaño. Era para mí prioridad ver a mi familia de sangre y a mi madre, pero era
inaceptable que soltando el maletín no fuera a saber de mis hermanos adoptivos, esos que me habían
enseñado y contagiado con la enfermedad tan bendita que es filosofar y escribir.
En el verano de dos mil
catorce me animaron a participar en un pre-festival de artistas aficionados realizado en Contramaestre, presentando en
dicho evento un poema, escrito ese mismo año durante mi tercer curso de la
universidad. Éste
se celebró en la Casa de la Cultura de Mafo y allí con la ayuda y asesoría de Eduard en limpiar el texto y hacerle los
arreglos necesarios, quedé segundo lugar compartido con una muchacha de Cruce de los
Baños. Paralelo a esto por aquellos días, en la sede de la Biblioteca Municipal, impartido
por el mismo Encina, se desarrollaron una series de talleres sobre figuras relevantes de las letras hispanoamericanas, entre ellas
la figura de Octavio Paz, paradigma destacado de las letras mexicanas y universal. Recuerdo
que el primer encuentro nos
puso un video en el que Paz daba sus impresiones sobre su obra, sobre el
significado del papel de la literatura en el contexto latinoamericano y creo que fue en este citado
verano en el que tomé verdadera conciencia de la necesidad de vivir leyendo
para poder escribir ´´algo´´ con calidad. En mayo había leído "Bertillón 166" de José Soler Puig y acto seguido escrito
un cuento llamado ´´Ricardo´´(16)
tallereado en el Bonaparte. Encina me había dicho, luego de felicitarme, que tenía una muestra de
potencial para escribir narrativa y halagado yo de forma significativa, fue una tarde noche en que
en la mesa de mi abuela nació el esbozo de mi otro cuento: "El Cubo", historia de ficción clave para
que en futuro fuese su título utilizado
como parte del nombre de éste
blog.
Que me leyera "Cien
Años De Soledad" de Gabriel García Márquez, relatos extraordinarios de Jorge Luis
Borges como ´´El Sur´´,
´´La Biblioteca de Babel´´,
´´La Muerte y la Brújula´´ y ´´Tema del Traidor y del Héroe´´ por mencionar los que más me
impresionaron, no
fueron mera coincidencia. El camino trazado hacia estos clásicos se los debo a
la generosidad y consejería de Eduard Encina.
El Café Cantante,
ubicado éste frente a la carretera central cuando dicha vía en cuestión pasa
por Contramaestre, es recurrentemente el primer lugar que visito apenas
desembarco en ese pueblo tan
acogedor antes de hacerlo en Baire situado ocho kilómetros después. Allí
era, con algunas ecepciones,
el sitio ideal para
encontrar sentado a Eduard Encina, acompañado, o solitario con algún ejemplar
de su interés y en una esquina de la mesa una tacita con el mejor café contramaestrense. Me
gustaba sorprenderlo con mis
llegadas sorpresivas. Siempre
llegaba a Contramaestre más o menos nueve o diez de la mañana. Enseguida
nos poníamos al tanto de todo lo posible de ambos. Lo primero que me preguntaba era como estaba mi
lectura. Cuando estaba acompañado era recurrente en su mesa todo tipo de
personas que lo querían y
amaban. El gordo nunca hizo rechazo a nadie.(17) siempre y cuando todos respetáramos a todos.
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Junto a varios jóvenes artístas en casa de Arnoldo |
La relación de Encina
con los jóvenes creadores llamaba la atención. A pesar de que sobrepasaba los
treinta y cinco años en creces,
edad tope en las que todos conocemos, se deja de pertenecer a la Asociación Hermanos
Saiz (AHS), nunca pudo dejar de pertenecer a ésta. Se preocupaba de manera instantánea de los problemas que
atravesaba la sede contramaestrense y podemos decir los que tuvimos la dicha de
conocer al Gordo, que
nombrar a la AHS
de Contramaestre es decir Eduard Encina Ramírez. Era maravilloso participar en
sus peñas, aquellas que tenían como escenario al local del Café Cantante.
Eduard dominaba los temas con gran maestría. Cada palabra que nos regalaba nos
revelaba un mundo, cada mundo revelado nos enamoraba más de nuestra suerte a su
lado y la suerte, a veces finita,
se tornaba con sabor a eterna aunque fuera por algunas horas.
La última vez que lo vi fue en el hospital Orlando Pantoja, antes de que
fuera trasladado a Santiago de Cuba. Lo cuidaba Mailer, su esposa. Aquel día
Dominguito y yo(18)
coincidimos en el camino y llegamos juntos a verlo. Recuerdo que le llevé unos humildes pomos de
refrescos de fresa y aunque ya los síntomas de la enfermedad avanzaban tuvo
tiempo para sonreír conmigo y decirme que no dejara de pensar en mis sueños y
que siguiera luchando por ellos. Yo llevaba entonces en el corazón la esperanza
de que lo que estaba sucediendo sería eso nada más: un susto de mal gusto que
pronto acabaría. Estuve por espacio de más de medio día con él. No me imaginaba lo que
seguiría.
No puedo hablar de Eduard Encina sin mencionar la pasión inmensa que
sentía por las artes plásticas y por la obra martiana. No faltaba en la pared de la segunda palnta donde vivia
alguna que otra obra que en sus años más jóvenes no hubiese pintado. Recuerdo
aquel gallo en una esquina de la sala de su casa y con una simbología tan
original. Nunca tuve la oportunidad de preguntarle qué significaba aquello pero
uno sentía mirándola un mundo mágico a tan sólo pocos centímetros. No faltaban
tampoco su apreciación por aquellos grandes maestros desde el Renacimiento
hasta la actualidad inculyendo a los gigantes del patio. Entre tanto a lo que
se refiere a José Martí, sobre su mesa no faltaba, entre los tantos libros que
se leía, algún que otro volumen que aludiera a Martí y este recuerdo me hace recordar un
incidente:
"Estábamos
en una ocasión conversando sobre la poesía del Maestro, de su genialidad e inevitable introducción al modernismo en
sus versos y puse mi duda cuando le pregunté si los poemas de Martí no tendrían
algún error que de alguna forma los desacreditara en sus estructuras. Eduard
tranquilo me explicó que si tal fuera el caso, a Martí había que perdonárselo
porque para él la poesía martiana era un mundo exótico y bien armonizado.
Difícilmente pasaba un día en su vida que no latiera su pensamiento sin
recordar al hombre de la Edad de Oro. Condición que mostraba a mayores rasgos
todos los años en mayo, cuando era fuego y alma del evento "Orígenes", para que la gente e
invitados conocieran más de cerca aspectos desconocidos del Apóstol. Me hubiese gustado
haber participado en algún de estos "Orígenes" a su lado. No faltaron
de su parte las invitaciones para que asistiera y aunque tengo mis
justificaciones por la cual nunca estuve en el evento con él presente, yo mismo
no puedo tal vez perdonarme de no haberle hecho caso a la locura, de arrancar en
las fechas señaladas y andar la ruta de Dos Ríos hasta Remanganaguas sintiendo
la mirada atenta de mi amigo. Martí aunque existiera en un contexto y siglo
diferente distante al del Encina, era su luz y guía a cada hora.
![]() |
En el monumento a Martí en Dos Rios |
-Vivimos en un mundo donde también hay
música que no te alimenta el espíritu para nada. Aprende a identificarla -me llegó a decir varias veces.
Por eso si querías deleitarte con excelentes exponentes de la buena
trova y sabías dónde
hallarías ´´liberación´´ para calmar tu ser, ese lugar para mi era con confianza ´´el Cuartel
de las Palabras´´ de Eduard, como en los últimos tiempos llamaba yo a su casa.
Tampoco la música faltaba en sus peñas habituales. Entre comentarios siempre había algún trovador local con guitarra en mano, complemento perfecto en dichas peñas, que tiraba
sus acordes con canciones populares a veces, otras inéditas, pero todas
selecciones con un denominador común: se te quedaban pegadas en el corazón y al menos a mí me
reafirmaban que no era para nada irracional pertenecer a aquella gran familia intelectual que con nuestros defectos y virtudes
éramos. Si hoy a mis veintitantos amo la trova, por citar éste elemental ejemplo,
también le debo el honor de habérmela inculcado a Encina sin mirar a izquierda ni a derecha.
![]() |
Su puño y letra dedicándome el libro |
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Una de la páginas de "Ñámpiti" |
Teníamos unos cuántos
la costumbre de llegar antes de la hora señalada a los cafés. Encina, si no tenía algún texto que
mostrarnos, entonces tomaba una memoria flash y grababa un sugerente
material (desde un documental hasta una película) y sin perder el tiempo la
compartía con nosotros. No quería quedarse pues con esa admiración que sentía
por los audiovisuales, en especial del cine que consideraba poderosa herramienta
también para que la
gente se ´´cultivara´´. Eduard defendía a capa y espada el séptimo arte cubano.
Hablaba constantemente de nuestros clásicos y de los geniales directores del
patio. Así en sus palabras aprendí de las huellas de Gutiérrez Alea y de tantos
otros de quienes sólo había
oído pocas cosas. A la par admiraba el trabajo de grandes exponentes
extranjeros a lo largo y ancho del mundo. No faltaba en su ordenador piezas de la cinematografía
producidas en cualquiera de las latitudes, documentales que te dejaban con la
cabeza ´´ardiendo´´ en el
mejor sentido de la palabra y te la ponían a andar cual si fuera un
reloj de cuerdas recién limpiado sin demasiadas complicaciones. No tenía miedo
en expresar si determinado largometraje era una buena historia o pura mierda.
Me demostraba esto su agudeza y les confería a sus comentarios sólida
autoridad. Querías saber la opinión sobre determinado filme del momento,
podrías preguntarle con certeza al Gordo. Pienso que el Bonaparte nunca hubiese
sido lo que fue (y es),
sin esa relación del cine y literatura que Eduard intentó y logró armar. El café además de ser el lugar
para que amigos con ideas a fines compartiesen, era el espacio que nos enseñó a
asumir la vida y a sus
aristas desde otras perspectivas.
Una vez llegué a Baire y me
encontré con la buena nueva de que Encina, Mailer y los pequeños Malcolm y
Handel estaban asistiendo a la iglesia Bautista del pueblo. Fue una sorpresa cuando
intenté localizarlos y alguien me dijo que tempranito habían salido para la
escuela dominical. El Eduard admirado por su literatura ahora se empezaba a
complementar con la doctrina del Cristo Vivo. Desde aquellos momentos no
faltaron libros cristianos sobre su mesa ni el arma fundamental: la Biblia. Tampoco el
promesario del que nos hacía
tomar entre cafés y
escritos alguna de las promesas. ´´Jesús es la única puerta en este mundo en la
que hallaremos amor, libertad.´´ Me dijo un día. Empecé entonces a darme mis
vueltas por la iglesia haciendo más amigos y hermanos. Ya desde mi segundo año en la universidad iba a la Cuarta Bautista
Bethel y la Palabra había
impactado en mi vida. Que el Gordo y su familia se hubiesen sumado al cuerpo
del Mesías fue una alegría inmensa en lo que a mí se refiere. No lo vi nunca,
al menos que no lo recuerde, sentarse en la primera filas de bancos, ni tampoco
en la de las últimas. Llamaba así mi atención como a pesar de ser una figura de
reconocimiento público en el poblado y sus alrededores, nunca hizo alarde de
este estatus y le podíamos ver preferiblemente en los medios. Gozaba entre los
hermanos de una aceptación bendecida y era muy querido.
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Puño y letra de Eduard dedicándome un libro de J. L. Borges |
El precepto de que hombre y mujer uno solo son en la carne cuando se
unen para siempre, lo recordaba al ver a
Eduard junto a Mailer. Él mostraba un respeto inigualable hacia su esposa. Ella
le retribuía ese respeto de vuelta y entre ambos inculcaban el ejemplo en sus
hijos como así también
de alguna forma en
aquellos que estábamos solteros en los cafés por si en el futuro nos casábamos. Mailer y Eduard quizás
sin saberlo, me enseñaban que
a pesar de las malas pulgas con la que viven muchos a veces, existe el amor y es posible
construirlo. Mailer no se quedaba atrás en lo que escribir se refiere. En
ocasiones participaba en las sesiones del café y, entre los sorbos del recién
colado brebaje y palabras para aquí y palabras para allá, declamaba con voz
tranquila alguno de sus poemas. También los niños dibujaban y escribían sus
cositas. Eduard nos decía que además de compartir sus dos retoños los genes del
padre, habían venido con los toques de poetas y de pintores. Normalmente los domingos cuando se
reunía el Café Bonaparte, Malcolm y Handel jugaban en patio del abuelo Nando.
En la vivienda del segundo piso, Encina mientras nos atendía, a la vez estaba
atento a las travesuras de los niños cuando Nando los regañaba.
La biblioteca personal de Eduard era
impresionante. La primera vez que la vi fue cuando entre dos o tres amigos limpiamos a fondo el local en la que
estaba organizada, local que
en antaño fuera su antiguo cuarto en la planta baja donde vive Nando, su padre.
Recuerdo que inundamos el cuarto con una manguera puesta directamente del pozo construido en el patio y era jalada el agua con una pequeña turbina.
Fue una tarde refrescante porque aproveché el agua y me empapé lo más que pude puesto que el calor era
insoportable. Antes acomodamos las cajas llenas de libros y los que
estaban puestos en el estante, sobre una vieja mesa de
madera ubicada fuera de la
habitación. Luego con escoba en mano empezó la diversión. La biblioteca
tenía ejemplares de todo tipo. Algunos autores conocidos, otros no. Cubanos
algunos, otros de diferentes latitudes, lenguas y costumbres. Era de ella que
tomaba algunas de sus lecturas, donde tenía algunos de sus tesoros en lo que a
literatura se refiere.
![]() |
Primera página del libro |
![]() |
Interior del libro |
REFERENCIAS ACOTADAS EN EL TEXTO:
(1) …EDUARD ENCINA ... : Narrador, poeta y artista
de la plástica cubano. Nació en Baire, Santiago de Cuba, en 1973. Licenciado en
Educación. Miembro de la AHS
y del Grupo Literario Café Bonaparte. Egresado del Centro de Formación
Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ganador del Premio Cesar Galeano, 2004. Ganador
del Premio Calendario de Literatura para niños, 2002 y Poesía, 2004. Entre sus
libros se encuentran De ángel y perverso,
poesía. Ediciones Santiago, 2000; Plaquet Oficio
del cordero, décima, Ediciones Imago, AHS; El silencio de los peces, poesía para niños. Editora Abril, 2003; El perdón del agua, poesía. Ediciones
Santiago, 2004; y Golpes bajos.
Premio Calendario de Poesía, 2003. Editora Abril, 2004.
(2) ... casi nunca subía a sus
calles centrales desde mi residencia en el reparto Vista Alegre ...: El
reparto Vista Alegre se encuentra, como muchos otros barrios cercanos, fuera de
los límites de Baire aunque pertenece a este pueblo en términos de
administración a más o menos un kilómetro y medio de distancia. Los pobladores
de dicho reparto se refieren al Baire central como si este fuera otro lugar. No
preguntan por ejemplo si vas para el pueblo sino ¿Vas para Baire?
(3) … parados en la esquina que da frente con frente a la Casa de Cultura Zoila Rosa
García Funes, esperábamos Joan Manuel: sin la influencia de este gran
amigo y mis andadiduras con él quizá hubiese conocido a Eduard Encina de otra
forma. Este vivía dos calles más arriba en el reparto Vista alegre con su madre
y hermana. Su casa siempre estaba llena de ese olor a pintura fresca.
Deslumbraban sus trabajos y su conocimiento acerca de los grande pintores de
diferentes épocas fue lo que me hizo acerme su amigo y que esta condición me
abriese el camino en muchos sentidos. Aún Joan Manuel vive en Baire.
(4) ... Mira Polito ...: Polito es un apodo con el que me conocen
mis familiares más cercanos como por parte de mi padre y por la de mi madre.
Olber es también el nombre de mi progenitor. En toda direcciones nadie me
conoce allí por mi nombre como tal. Olber para ellos es mi papá; yo simplemente
sigo para todo el mundo siendo Polito.
(5) ... Nací en Contramaestre pero desde pequeño me crié en Guamá ... Aunque mis padres se conocieron en
Guamá, mi nacimiento el 21 de noviembre de 1990 fue en el municipio
Contramaestre. Luego de la separación de mis padres y que me llegara la edad
escolar, estuve algunos cursos aquí en Guamá y en Contramaestre respectivamente
con mayor estancia en el municipio costero en el que me he mantenido desde los
doce años con residencia permante viusitando Baire princvipalmente en las
etapas de verano
(6) … en un barrio llamado Cañizo
cerca del campismo de Caletón Blanco ... : Cañizo es un pequeño barrio
del concejo popular de Caletón Blanco que toma su nombre del barrio del mismo
nombre situado a unos dos kilómetros de Cañizo y a veintinueve de Santiago de
Cuba. Fue el barrio en donde se conocieron mis padres y viven algunos de mis
familaires por la linea paterna. En él he pasado grande partes de mi vida.
Cañizo es un barrio rodeado casi al cien por ciento de la Sierra maestra.
(7) ... Eso me parece que queda por Santiago, buscando Chivirico ...
: Chivirico es el poblado cabecera del municipio Guamá. Se encuentra ubicado en
el centro mismo del municipio que consta con una longitud de 157 kilómetros de
largo. En este poblado se encuentran todas las adiministraciones centrales de
Guamá.
(8) … cuando pases la línea, doblas a la
izquierda buscando el Elevado... : En la franja que existe luego que chocas con la paredes del estadio y
ves frente a ti la línea férreas, puedes ver a lo lejos como pasa esta por
debajo del puente elevado de Baire, en el lado derecho de las vías puedes
encontrar casa bien pegadas que ven pasar los trenes a cada distintas horas del
día. En una de estas vivía Eduard. del lado izquierdo al principio hay casas,
después puedes ver en un ángulo trasero el camposanto, lugar donde se encuentra
sepultado Encina.
(9) … dicho favor se lo pedí a mi amigo
Héctor Chavez… Héctor
Chávez, amigo y vecino de la localidad de Baire, personaje que a mIs ocho años
iba a casa de mis abuelos como pastor misionero a la casa culto que había en
esta. Pasada una década volví a relacionarme con él. Nino, como le dicen, es un
tipo súper inteligente con el que me gustaba conversar. Sabía de mi afición por
la literatura. Un buen día en esos tiempos me habló de una antigua máquina de
escribir que todavía estaba en su trabajo, el banco popular de ahorros. Fue en
ella que una noche de turno me tecleó mi opera prima en la poesía.
(10) … para mí aún estaba lejos la
tecnología digital y la habilidad de procesar textos a través del Microsoft Word … : En dos mil ocho no tenía por
entonces gran experiencia con los teclados ni los procesadores de textos
digitales. Si quería escribir alguna cosa lo hacia manuscrito y cuando chocaba
con alguna que otra computadora me pasaba horas y hora para teclear un párrafo
pequeño. La cosa cambió cuando entré en la universidad. Allí dediqué esfuerzos
para coger agilidad cuando empecinado digitalicé todos mis poemas en los
tiempos de máquina.
(11) ... Por entonces la segunda
planta no estaba construida ... : En los primeros momentos de mi conexión con Eduard Encina la segunda
planta en la moró sus últimos días, estaba lejos de construirse del todo. Él
vivía en su cuarto de la casa del padre. Allí en la planta baja fue en donde
participé los primero cafés literarios o nos sentábamos en los escalones que sí
estaban medios terminados antes de empezar los talleres.
(12) …Creía ciegamente en mis escritos y
me acordaba siempre de una de las canciones de Carlos Varela ... : La canción a la que me refiero en el texto es
Pequeños Sueños puesto que mi papeleo organizado en unos cuantos cuadernos
consistía en eso uno de los pequeños
sueños que me ayudaban a vivir.
(13) ...´´Caminante no hay camino, Se
hace camino al andar ´´, me dijeron una cuantas veces ... : Otra de las grandes verdades brindadas por la música es esta que nos
dice que nuestro destino nos los construimos con el día a día.
(
14) ... y como él mismo afirmara en una entrevista
publicada en mi Blog … : Dos meses previos al fallecimiento de Encina y bajo los efectos de la
euforia de contar con un blog de mi propiedad, pedí a Jorge L. Legrá, conocido
entre sus más allegados como el Puro, que me concediera para el espacio una
entrevista literaria. La misma se materializaría el veintiséis de julio de dos
mil diecisiete. Dicha entrevista puede encontrarse en ECO bajo el nombre:
(15) … sabe de la necesidad que siempre tienen estos de tener
la guía que ellos no tuvieron ... : La generación de ellos, nos contaba a los más jóvenes el puro (y hasta
a veces el mismo Eduard, no tuvo la suerte de que nadie les dijera como
escribir lo mas correctamente posible. fueron ellos solos quienes se abrieron
la trocha para desde Baire levantar escritura y pensamiento. era por eso que no
pagando con la misma moneda Eduard, el mismo Puro y los demás se interesaban en
ayudar a los novatos.
(16) ...En mayo había leído Bertillón
166 de Soler Puig y acto seguido escrito un cuento llamado ´´Ricardo´´... : En mayo de dos mil catorce tuve la
honrosa suerte de leerme esta novela del santiaguero Soler Puig que abriera los
premios de la casa de las Américas en su primera edición en 1960. Quedé pues
tan maravillado con saber de la historia de nuestro reciente pasado y de alguna
forma sentirme un personaje más, que no se me ocurrió nada tan tonto como el
que escribir mi segundo cuento copiando el argumento de la trama.
(17) ... El gordo nunca hizo
rechazo a nadie ...:
Quienes conocían a Encina muy de cerca sabían que entres los apodos que tenía
era precisamente que le dijeran El Gordo. Hasta sus pequeños hijos le decían
así cariñosamente. Tampoco le gustaba hacer acepciones mientra que todos los
que se acercasen a él radiasen luz en el alma; no oscuridad.
(18) … Aquel día Dominguito y yo … : Ese día
en que decidí ir a verlo al Orlando Pantoja coincidí en las escaleras con
Domingo Gonzáles Castañeda quien también era un hermano tanto como en la
escritura como en la fe de Eduard. Recuerdo que nos estrechamos la mano y acto
seguido llegamos a la sala donde cuidaban a Encina. Dominguito, como le decimos
cariñosamente, es un personaje de excelentes dotes poéticas.
(19) ... porque en toda la región oriental
falta el fluido eléctrico debido a los efectos del Huracán Irma .... : El
Huracán Irma fue un evento meteorológico que tocó tierra cubana en lo primeros
días de spetiembre de dos mil diecisiete coincidentemente con los hechos del
deceso de Eduard Encina. El autor de este texto no pudo asistir a la despedida
por lo dificil que se le hacía salir de Guamá en esas horas de dolor.
(20) ... y mi amigo sigue desandando,
riendo, recorriendo Cuba convertido en un gorrión20 … : Buscar en
éste blog "Eduard Encina ya no es un hombre". Publicado el doce de
febrero de dos mil dieciocho