Nací
y crecí en los años noventa del siglo XX cubano, en medio de apagones y de
carencias al igual que otros tantos millones de guerreros que día a día se la
jugaban para seguir adelante en lo que muchos filósofos y pensadores aseguraban
ser “el fin de la historia”. No tenía entonces otra conexión con el mundo
exterior más que lo que veía en la pantalla del televisor krim 218 adquirido por
mis abuelos a fines de los ochenta, artefacto que tenía el poder todas las
noches de juntar a unos cuántos vecinos del barrio con mi familia a las siete y
cincuenta y pico de la noche para ver el noticiero y luego la novela de turno,
claro, si no se iba en esos momentos la corriente eléctrica como ocurría en
muchas ocasiones que aún recuerdo claramente. Así fui formándome desde chico en
las periferias del Baire socialista distante de ser aquel pueblo que fuese en
los noventa pero del siglo anterior donde el cubano de entonces se fuera con
machete en mano al monte a buscarse la libertad o morir en el intento. Fueron
pues, los sábados y domingos de mi infancia, días en los que en frente a
aquella caja llena de cables con pantalla de cristal que por primera vez
chocase con las mezclas muy de moda por entonces, ajiaco entre la
cinematografía extranjera (preferiblemente la estadounidense) y las
producciones del patio, sobre todo ejemplificadas en las películas clásica
animadas de Disney y el mítico Elpidio Valdez o Vampiros en La Habana ambas de Juan Padrón,
o las otras tantas muestras de cortos animados aquí en Cuba desde los sesenta
se producían.
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Muestra del TV Krim 218 en el que comencé a ver del mundo |
Desde
esas tempranas edades empecé a darme cuenta de la estética de cada filme de
acuerdo con el país del viniera. Las producciones de Hollywood nada tenían que
envidiarles a las cubanas; bien fotografiadas y conservadas hasta tal punto que
llegué incluso a tildar a aquellos que tienen la responsabilidad de preservar
las nuestras de incompetentes e irresponsables. Luego vino el descubrimiento
del cine para adultos, el conocimiento de saber de la existencia de directores
que admiro como Spielberg, Peter Jackson u otros de una extensa lista que no me
molestaré en recordar mientras redacto este trabajo mientras que irónicamente
nunca dejé de preguntarme desde que logré hacerlo por vez primera, por qué si
los yanquis son nuestros enemigos en el plano político nuestra televisión
estaba siempre inundada de celuloide suyo y existía poca difusión de
cinematografía foránea. En el barrio ya algunas personas contaban con los VHS,
cosa de lujo por entonces y lo que más nos arrastraba a chicos y grandes a
pagar un peso para entrar a aquellas salas de cine clandestinas, eran lo filmes
de acción y de aventuras, por así citar
los ejemplos populares. Esto acontecía fuera del ámbito escolar y así fui
enviciándome, perdiéndome todo contacto y aprecio por la cultura cinéfila
cubana, que repito escaseaba en la pantalla, a tal punto que fantaseaba con los
apellidos ingleses y despreciando en los momentos que se me presentaban los míos
propios e hispanos.
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Fotograma de "El hombre de la máscara de Hierro" |
Así
viví mucho tiempo hasta que en la escuela (¡Gracias a Dios!), en alguna que
otra clase sobre nuestra cubanía tuve la suerte de que me hablasen de que no
solo los de la otra orilla sabían hacer películas de muy buen corte y con el
tiempo dediqué esfuerzos para empezar a buscar las raíces del cine cubano, a
conocer nombres como el de Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Santiago Álvarez
entre otros: grandes genios cubanos dedicados a la industria desde el mismo
triunfo de la Revolución
y aunque las carencias hicieron que las copias existentes no se viesen con la
calidad de las gringas, me enamoré poco a poco de lo que descubría y de las
enseñanzas que me brindaban. El cine cubano tiene sus grandes méritos como
parte indispensable de los que somos como nación y a mis casi treinta años
sigue la televisión cubana plagadas de filmes americanos durante toda la
semana. Esta realidad de la inserción de la cultura hollywoodense en nuestras
vidas diarias no está arraigada únicamente en Cuba sino en gran parte de América
Latina y otros países alrededor del orbe y tal pareciera que para saber de cine
hay que meterle por los ojos a los que los que consumimos el entretenimiento,
toda la obra que se produce en la tierra de los hermanos Marx.
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Fotograma de "En Tres y Dos" filme dedicado a nuestro beisból |
Cientos
de miles de personas como yo sufrieron y sufren este efecto que es amar el cine
facturado en U.S.A, olvidando por completo la idiosincrasia que los identifica,
absorbidos por esa megas producciones bien presupuestadas y realizadas. Pero es
deber supremo el de levantarse y que cada uno indague en lo que le revela
realmente quien es y de dónde viene si del séptimo arte realizado en sus
respectivos países se trata. Ignoro si el efecto hollywoodense viene inevitable
como alguna política mal intencionada de los que dirigen esta industria en el
norte. No estoy en contra de esta totalmente: considero que parte del cine
estadounidense es bueno, no lo niego, pero tenemos que aprender a amar lo
nuestro, a no despreciar al cine latino porque sea latino o no esté a la altura
de los millones que suelen dar las productoras americanas para sus
realizaciones. La cultura propia del hombre no debe morir extranjerizada bajo
ningún concepto. Hay que mirar muy dentro del cine latinoamericano, en el caso
de aquellos que vivimos del lado sur del Río Bravo y que el Apóstol cubano
Martí llamara “De Nuestra América”.
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Fotograma de "El Benny" filme dedicado a Benny Moré |
Si
lo visual que nos muestran las películas gringas es realmente bueno, mejor lo
son las historias que nos regala para la posteridad el cine criollo, impulsado
por la creación del ICAIC en 1960 y que desde entonces tiene un excelente
arsenal histórico entre filmes y documentales que nos cuenta quienes fuimos,
somos y hacia donde vamos inevitablemente. Amar lo que hace tu patria única en
el mundo es una sabia decisión que pueden tomar los hombres que viven y pasan
su vida completa en ellas. No hay camino más interesante que saberse parte de
un todo tan original como lo son las propuestas del cine creado en esta mágica
isla del caribe, en mi caso particular, desde donde se nos muestran también las
huellas de esa rica cultura cubana a grandes rasgos que nos identifica. Me
siguen gustando las propuestas hollywoodenses, reitero, pero no dejo que su
presencia me quite del corazón el pedazo que les toca a las de mi casa.