Texto: Olber Gutiérrez Fernández
Fotos: Cortesía de Yaumara Aroche Martínez
Caminar por los remotos parajes que existen en
toda la tierra del Primer Frente Oriental suele ser un acontecimiento poco
inusual para muchos, sobre todo cuando tienes que pasarte semanas y más semanas
trabajando a la orilla, por la carretera que hay en la costa, y solo te puedes
conformar con observarlos desde lejos, como si estuviese esto prohibido para ti
por Providencia Divina. Son diversas y
humildes las comunidades que puede hallar quien se aventure loma arriba
teniendo como único medio de transporte no más que su voluntad de combustible y
de vehículo piernas y botas bien puestas. Estas se conforman de un grupo de
personas que han elegido quedarse en lo alto para vivir sus vidas distanciados
de la “modernidad a medias” que se vive en otros lugares del territorio. A lo
largo y ancho de un municipio que abarca una franja de 157 kilómetros, no
queda pedazo de tierra sin al menos una de éstas.
San José es la muestra que he elegido para
contarles de estas comunidades que les he mencionado. Queda a las orillas del
carretero que une a Guamá con Cruce de los Baños en el hermano municipio del
Tercer Frente Mario Muñoz Monroy de quien es su capital municipal,
aproximadamente a unos ocho u nueve kilómetros de Río Seco, uno de los puntos
que pude encontrarse el viajante que viene desde la ciudad de Santiago de Cuba
hacia Chivirico, poblado cabecera del territorio guamense. Según comentarios de
sus propios habitantes, ellos no sobre pasan los ciento cincuenta individuos
por lo que la convierte en una de las mas pequeñas.
La gente de San José trabaja en terrenos de los
que salen la mayoría de aquellos productos que componen su dieta de alimentos
como la yuca, boniato, guineo, ñame; frutas de la talla del zapote, guayaba,
limón, mandarinas, etc. por así citar algunas. Podemos decir que estas producciones
son la envidia de las que loma abajo
entre tanta modernidad se les hace difícil encontrarlas abundantemente, ya que
estos pobladores más próximos al mar para adquirirlas tienen que pagarlas a
precios algo elevados, cosa que el guajiro que las hace nacer de la tierra no
suele hacer aunque, si lo pensamos detalladamente, éstos también pagan el precio de sacrificar días y
noches en el cuidado de sus cultivos de diversos peligros que pueden aparecer
mientras se cumple el ciclo para al final cosechar el esfuerzo de tantos meses
de desvelo.
Yo conocía de la existencia de San José desde
hace mucho tiempo pero físicamente nunca había estado en él. Que si San José
para aquí, que si San José para allá. Que si voy para San José, que si vengo de
San José. Miles de comentarios sobre un tocayo bien cubanísimo y montuno de la
capital costarricense en Centroamérica, pero jamás ni una fotografía siquiera
del citado enclave. Hasta estuve alguna vez listo para subir a pie por
cuestiones de trabajo hasta esta comunidad, pero nunca se cumplieron las
expectativas de viaje y solo pude cumplirlas hace algunos días atrás en este
abril de 2019.
Todo comenzó el 9 de abril. Como todos los
primeros martes de cada mes se efectúa la reunión de promotores culturales, en
su sede habitual en la Dirección Municipal
de Cultura y luego que termina ésta los promotores que asisten a la misma se
desparraman en diferentes direcciones. Así fue que hacia el mediodía nos
encontramos Yaumara Aroche Martínez, Promotora Cultural del Consejo Popular El
Francés y de quien por cierto, ya he escrito sobre su trabajo en este blog. No
andaba sola en esta ocasión. La acompañaban Niurka Ortega Cruzata, que, por
estos tiempos, la ayuda en la ardua labor que desempeña repartiendo cultura en
los mas desamparados lugares y Eduardo Carro La Rosa, quien fuese un amigo inseparable en los
años en los que deambulamos juntos becados “en lugares de la Mancha de cuyos nombres no
quiero acordarme” formando nuestro carácter
y que ahora trabaja como Promotor en otro de los concejos populares. Mientras merendábamos
en “El Gazebo”, uno de los paladares que existen en Chivirico, un exquisito
batido y unos panes con tortillas de huevos criollos, se tocó el tema de la
comunidad de San José. De ella Yaumara también me había donado alguna que otra
fotografía de su trabajo allí, igualmente colocadas en El Cubo… Entonces nació en mí el deseo de ver el lugar
con mis propios ojos y la reservación fue hecha para dos días después, el
jueves.
El 11 de abril me levanté haciendo la rutina de
siempre. Sólo que esta vez mi viaje no sería hasta Chivirico como de costumbre;
esta vez tendría que quedarme en Río Seco para esperar hasta cerca de las nueve
de la mañana, pues a esa hora pasa tres veces a la semana con alguna que otra jornada
de normal fallo, una guagua de montaña que atravesando por esa demarcación, se
dirige al Cruce de los Baños. Las opiniones con respecto a este medio de
transporte son divididas. Algunos opinan de la validez del servicio, la que por
cierto hallo positiva, mientras que otros hablan del camino en los que hay puntos
grandemente peligrosos y, sobre uno o dos accidentes ocurridos en estas vueltas
tiempo atrás. La mañana algo lluviosa, detalle digno de notar. “Vamos a ver si
nos guarda Dios, en Él confío”, pienso mientras espero.
A las nueve menos veinte aparece el “cajoncito”,
como le llamamos popularmente. El precio es de cinco pesos y el corazón
sobresaltado de pensar en esos tramos en los que por casualidades del destino
pudiéramos estar media hora luego en el fondo de uno de los barrancos, pero la
aventura de ver cosas nuevas puede más y ya no hay tiempo para
arrepentimientos. El terreno mojado podría hacer patinar las gomas del vehículo.
Confiemos en que salga todo bien. Yo no doy a demostrar ningún tipo de
nerviosismo, todo lo contrario de Niurka que me dice de los escalofríos que
recorren cada fibra de su cuerpo. Alguien desconocido interviene, comenta que
no cojamos lucha, que no importa lo que estemos haciendo, cuando nos toca nos
toca. Yaumara va formando su rumba y saca su celular para tomar las
primeras fotografías de este viaje inesperado al menos para mí. Al menos una
hora pasa antes de que vea por primera vez rastros de San José columpiándome al
son del “cajoncito” que se mueve de aquí para allá y viceversa.
El “cajoncito” hace la parada justo frente con
frente al Consultorio Médico de la
Familia que a su lado tiene la pequeña escuela primaria nombrada
Braulio Coroneaux y que le rinde honores
tomando su nombre, al héroe que muriese en la Batalla de Guisa finales
de diciembre de 1958. Allí los pioneros nos reciben entonando su lema a la vez
que curiosos se preguntan a sí mismos, imagino, por las miradas, quiénes son
aquellos dos personajes que acompañan la seño Yaumara. Ésta nos presenta y
Niurka y yo compartimos con ellos. Recibo de parte de estos la sencillez, la
ternura que puede encontrarse en aquellas caritas de este “monte adentro”,
siento con esto en el corazón, la respuesta
al porqué de Yaumara, a la que jamás he visto quejarse ni una vez, sube a estos lares de una tierra que, aunque invisible
para los que las oportunidades en el llano les son el mundo todo, se pierden la
belleza de lo natural, de sentirse visitantes en entre palmas y rocío donde
cantan los sinsontes y tocororos alegremente, amantes de la libertad.
Al rato de la llegada empieza a caer una
llovizna que se mantiene por una o dos horas. Pienso en el descenso que será a
pie y también en la grabadora de voz que llevo conmigo y con la cual trabajo.
Pido a Dios tener más suerte y que solo llovizne sin muchas fuerzas o que escampe.
Un aguacero fuerte podría dejármela fuera de uso. Por el momento voy
utilizándola con los propios niños y algunos habitantes del lugar que enterados
de nuestra presencia, se acercan para saludarnos o compartir con nosotros.
Perder la rutina de hacer lo mismo día tras día
es bueno para la vida. No importa aquello que sea. Me sentí con el alma desencadenada
subiendo allá arriba y rompiendo mi rutina de casa, trabajo, casa, trabajo,
casa… como un autómata más del montón, viajando a ese Guamá que aunque cerca,
algunos pretenden olvidar y otros como yo se indignan ante tal cosa.
Para cerrar y como comentario final, el
descenso nos fue bien. Parecíamos Yaumara, Niurka y yo un trío de muchachos
divirtiéndonos entre fotografías, bromas y conversaciones. Entre las
instantáneas una de las más interesantes es la de la “Baría del Comandante” de
quien se cuenta que alguna vez Fidel Castro descansara en ella y hoy es como un
objeto histórico natural vivo de la gente que vive en los alrededores de San
José. Con ellas pues, las fotografías, cierro este reportaje:
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Niños de la escuela primaria de San José en el momento que llegamos |
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De izquierda a derecha Yaumara, el delegado de San José y Niurka |
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Vecino de San José, los niños y Niurka |
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El editor de este blog con el consultorio de San José detrás |
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Vegetación típica de San José |
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Niurka y yo en la Sala de Televisión Los Alarcones, cerca de San José |
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El editor de este blog al lado de la Baría del Comandante en la que se pintara sobre la corteza una bandera |
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La Baría desde lejos |
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Yaumara y Niurka en una de las fotografía tomadas por mí |
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Niurka y yo en el descenso |