Mi papá es una
de las tantas personas que vive en esta sociedad cubana de hoy. Es
cuentapropista y mantener una familia, lucharla para que a su mujer e hija
pequeña de nueve años no les falte nada, es su meta desde la mañana hasta bien
entrada la noche. No le preocupa otras cosas, no se afeita con sistematicidad,
las ropas, como si anda en taparrabos. La jama tiene el número uno, ¿entiendes?,
me dice llevándose los dedos callosos a la cien. Nació en el mismo año en que
mataron al Che, dato que ha marcado mi vida de manera significativa. Me quiere
a su manera. Es todo lo contrario a lo que pienso del mundo cultural. Mi papá
dice que la cultura es una porquería, que trabajando en ese sentido no
encontraré desarrollo económico para mis bolsillos. Que lo que debo hacer es
dejar de comer tanta m… y buscarme un trabajo donde me gane unos cuantos
pesitos extras y pueda comer bien. Desde su concepción, es verdad, hay que
buscar el moni, los guanikikis y aunque sea llevarse un pan con huevo frito y
un vaso de leche, no acostarse con la barriga vacía. Poetas, escritores,
pintores y soñadores pasamos trabajo, es cierto, pero me jode que nadie se dé cuenta de qué me
valdría la vida si fuese un personaje con una buena casa, carro, buena percha y
nada en la cabeza como los hay por ahí. El puro mío llegó hasta doce grado.
Tuvo de compañero al gordo que los domingos sale haciendo al personaje de Papo,
en el humorístico A Otro Con Ese Cuento que transmite la televisión Cubana. A
veces pienso cómo le sería la existencia si hubiese triunfado en la actuación,
si no se hubiese quedado en este monte, el que afirman muchos que no hay nada
digno de mostrar, como él. Siento que ha perdido la fe y eso me fastidia.
Siempre me restriega en la cara que yo no le hago caso en las cosas que me
dice, que él tiene la razón. Esto tiende a confundirme y no sé qué decirle. A
pesar de todo amo la cultura y amo sentirme con el duende que nadie ve, que
nadie advierte pero que llevo en el corazón aunque no tenga ni un quilo en el bolsillo
para venir a trabajar. A veces también siento que se me llena el alma con todas
las cosas que le pasan a mi papá pero no dejar sin respiración lo que llevo
conmigo es una lucha diaria. Esos martillazos que me sacan astillas, que me
recuerdan día a día el eterno dilema entre economía versus espiritualidad,
materia versus idealismo no dejan de estar, de vivir esperando para atacarme
sin compasión. En lo personal yo no nací con una herencia ni con sangre azul
que corra por mis venas. Nací con lo que aprendí y con lo que elegí y elegí no
decirle a nadie ni al mundo a través de este espacio que soy pobre, porque, mis
riquezas son, tener el don de agradecerle cada día al despertar las gracias
Dios por darme todavía aliento y los modestos conocimientos que en mi disco
duro de materia gris guardo. Mi papá tal vez nunca lea este párrafo y si lo lee
algún día quizás no entienda mis motivos por el cual aunque me digan jodiendo
que debo conseguirme aunque sea quince pesos para el bolsillo (argumento que no
es menos cierto) yo seguiré apostando porque en Guamá, o donde quiera que esté
hasta que me muera, alimentar este amor que late por ´´aquella cultura que no
sirve´´ pero que me da los elementos pa´ construir mi pedacito de historia
minuto a minuto. Al otro padre que fue dedico este texto, al Encina que ya no
está, al que me enseñó a que como dijera otro amigo en común: no puedes vivir
de lo que escribes pero no puedes vivir sin escribir, la poesía y los sueños no
te dan de comer pero hace del espíritu un árbol que nos es sombra para vivir.
El que lea este bloque advertirá que se puede leer en solamente algunos escasos
dos minutos. Yo, escritor, me tuve más de cuarenta y cinco en pensarlo.
jueves, 18 de enero de 2018
martes, 26 de diciembre de 2017
CÓMO NACIÓ ESTE BLOG Y POR QUÉ CUBO ORIENTAL.
![]() | |
| Olber Gutiérrez Fernández(Cubo Oriental) y Arnoldo Fernández Verdecia | (Caracol de Agua) |
Ya es tradición en Cuba que los
abriles vengan acompañados de una semana de receso docente llamada Semana de
Girón por los acontecimientos acaecidos en esta zona al sur de Matanzas en mil
novecientos sesenta y uno. La gente aprovecha para viajar y así, por algo más
de siete días, los aires cambian, vuelven muchos, como yo, a los lugares por
ejemplo, donde pasamos nuestras infancias y para mi ese lugar es el Baire mambí
que ya en pleno siglo XXI aún se mantiene en plena lucha. Allá me encontraba el
diecinueve de abril de dos mil diecisiete, día en el que se cumplían cincuenta
y seis años de terminada aquella gesta protagonizada por el pueblo de aquel
entonces. Curiosamente la madre natura también nos regalaba una semana
netamente lluviosa como hacía mucho tiempo no sucedía. Trabajo cerca del Mar
Caribe, a las faldas de la Sierra Maestra y cuando tengo la oportunidad retorno
al Contramaestre que me vio nacer. Aquel día en específico, a pesar del mal
clima, había quedado con el periodista Arnoldo Fernández Verdecia desplazarme
los ocho kilómetros y visitarlo luego de tres meses de ausencia y el asedio de
las constantes llamadas telefónicas desde Guamá, debido a que tal vez cometió
el error de darme su número telefónico en diciembre de dos mil dieciséis.
Arnoldo me recibió con la carcajada que lo caracteriza. Poco faltó para
que me diera un beso y enseguida nos pusimos al tanto de la vida intelectual
tanto como la de él como la mía. Entre sus preguntas que si me había leído el
compendio de siete libros que según él me ayudaría a crecerme y descubrir en mí
las facetas que tenemos los hombres dormidos y que, por mirar y ocupar el
tiempo en cosas incorrectas, no logramos descubrir. En mis anteriores
interacciones con el periodista todo era genial y más aún lo fue cuando en uno
de los momentos me confesó que venía de la misma carrera de Marxismo-Leninismo que
yo. Me sentí más ligado a su suerte. En mi vida práctica es fácil escribir lo
que pienso que decirlas cara a cara. Me enredo justificándome que quiero hablar
más rápido de los que pienso. Quizás me salgo un poco de las intenciones de
contar la historia y aprovecho la ocasión para agradecerle al Fernández.
No recuerdo exactamente cuál fue el elemento de nuestra conversación que
nos hizo ir a parar a la parte de su casa en la que tiene su cuartel general y
desde donde edita su CARACOL DE AGUA. Solo recuerdo que me pidió que le
acompañara y entre confusas ideas al principio, entendí algo así como que me ayudaría
a crear un blog. En un abrir y cerrar de ojos encendió su arma de combate y con
la habilidad ganada y que lo caracteriza también hizo las operaciones
pertinentes para darle forma a lo que se proponía. Ya el periodista había leído
mi cuento EL CUBO, cosa que recordó y tuvo en cuenta a la hora de buscarle
nombre a este espacio que estaba naciendo y ya mostraba su cabeza por esa vulva
dilatada que es la informática.
-¿Qué te parece EL CUBO ORIENTAL? Pichón de tu sabes dónde –preguntó.
-Lo que tú digas –le respondí.
-Así mezclamos el nombre de tu cuento con la región en donde vivimos.
Dame lo que tengas ahí para publicarlo. (1)*
Me quité del cuello en la que llevo amarrada a un cordón negro la
memoria USB. Abierta en la PC elegimos tres cuentos entre los cuales se encontraba
el mismo CUBO. En otro pestañazo estaban ´´on line´´. No podía creerlo. Por vez
primera algo de lo que escribía se encontraba plasmado en algún lugar a la
vista de la gente o, en este caso, de los internautas. Estaba plantando en mí
la semilla o el bichito de bloguear y más increíble fue cuando al instante
recibí las primeras visitas. (No pasaban todas de cinco pero con el asombro las
percibí como un millón). Recuerdo haber regresado a Baire bajo un refrescante
aguacero y aunque sabía que los míos en casa no entenderían ni J les di la
noticia. Se quedaron con los ojos abiertos como preguntándose por qué les
hablaba en chino. Aquella noche, cansado, me acosté a las nueve y media.
Termino esta breve historia con decir que las tres de la madrugada me
sorprendieron sin poder dormirme, pensando en todo el reto que me esperaría
ahora en adelante con este proyecto que tal vez inadvertido empezaba a rondar
la isla y más allá de su fronteras.
(01)* Alguien me comentó
luego que las cosas en Internet no se publican, sino se cuelgan. Ese alguien me
introdujo la duda. No por eso detengo mi mano y desde las costas cubanas de
Guamá, Cuba, yo sigo escribiendo para aquellos que, por azar o por redirección
encuentran este sitio. A esa persona dedico este texto.
Olber
Gutiérrez Fernández (Editor)
martes, 5 de diciembre de 2017
Viaje a Mar Verde del Turquino: 6 décadas del combate
| Lugar donde cayera Ciro Redondo García |
La primera vez que oí su nombre fue cuando en
el año 2002 entré a la secundaria básica que en el poblado de Caletón Blanco,
Guamá, lleva su nombre. La figura del artemiseño Ciro Redondo García empezó a
tornarse en mi mente desde que los profesores encargados de la tarea nos dieron
la autobiografía que lo acompañaba como mártir de aquel centro. Alguna vez
desee entonces subir al lugar donde aquel fatídico día de noviembre de 1957 una
bala le atravesó el cráneo sembrándolo para siempre en la inmortalidad. Hace
dos años tuve la primera de esas oportunidades que te dan la vida para cumplir
tus anhelos. No pude asistir a tal cita por cuestiones del destino ni ese año
ni el próximo, debido al fallecimiento del líder histórico de la revolución el
25 de noviembre de 2016. Ahora la cosa ha sido diferente. Por estos días se
cumplieron los sesenta de aquel combate y todavía me duelen, a la hora de
redactar esta crónica, las piernas de la caminata de más de veinte kilómetros
desde la base del campismo La Mula hasta el mismísimo sitio donde se erigiera
una columna que le muestra al visitante dónde ocurrió la muerte de Ciro. La
edición de esta proeza la realizamos los jóvenes del municipio. Salimos a las
cinco y media de la mañana cuando el sol aun no daba señales. Ya tenía
entendido que los pasos del río eran unos cuántos pero no la magnitud de lo
congelada del agua cuando en el primer paso tuve que meter las botas sin más
opciones y me hundí hasta las rodillas. El ambiente húmedo, las aves del monte
que despertaban, otras que se dormían nos advirtieron sintiéndonos los
intrusos. El grupo de más de cincuenta avanzábamos alejándonos del puente que
unos treinta o cuarenta minutos antes en silencio nos vio partir. De pronto
nuestro guía nos dio el alto por vez primera para esperar a los que por una
cuestión u otra se empezaban a rezagar. Algunos en ese momento no aguantaron
los deseos y sacaron algunas de las cosas que llevaban para merendar. Yo saqué
del estuche la cámara, la única pertenencia que me llevé consigo loma arriba e
hice las primeras instantáneas de los que con cautela cruzaban con miedo de
caerse en el medio de la corriente, que, no muy fuerte, cortaba de lo fría que
estaba. Mientras avanzábamos empezamos a hacernos chistes para no aburrirnos.
Después de las dos primeras horas y media de marcha, cuando el agotamiento
empezó a notarse, pensé inevitablemente en aquellos hombres que luego del
desembarco del Granma no tuvieron más cosas que aquellas lomas y no más de pertenencias
además de las botas y el uniforme verde olivo, una mochila, cajas de balas, un
fusil. Yo solamente portando una cámara fotográfica me empezaba a quejar por la
caminata de solo un día. Ellos que vivieron aquí y ofrendaron su todo por dos
largos años. Sentado en la loma que hay antes de llegar al pequeño valle en
donde se encuentra Mar Verde una señora me alcanzó. Ya los demás se encontraban
distantes. Me preguntó qué hacía solo ahí, observando el camino recorrido. Amablemente
le respondí diciéndole quien era, de las pocas experiencias que tenía subiendo
montañas. Me dijo que lo que me pasaba era normal para los principiantes.
¿Usted viene a cada rato?, pregunté. Así pude saber que aquellos parajes hacían
seis años que no la veían. Ya pasaban más de media hora que mi pierna izquierda
me dolía. La señora siguió adelante dejándome sentado en el mismo sitio.
Tomando fuerzas me acomode las botas y aguantando el latido alcancé el firme en
pocos minutos. ¡Qué alegría al ver el último paso de río! Allí sin pensarlo dos
veces dejé la cámara sobre una piedra y floté largamente sobre las aguas del
Turquino, líquido en estos montes refrescante como un bálsamo que a mi cuerpo
le hizo bien. Tirado en medio de la posa me liberé de los pesados calzados, uní
los cordones y de uno solo los lancé a la orilla. Por un momento me sentí el
único hombre a mil kilómetros a la redonda. Aliviado me encontré la primera
casa. En ella me dijeron que me restaban al menos quinientos metros. Gran
sorpresa se llevaron aquellos que la noche anterior me decían que yo no llegaba
y llamándome estos me indicaron donde estaban dando la merienda. Luego les
pregunté cómo se llegaba al lugar al que no
debía de dejar de ir. Me lo señalaron y tirando las botas a una de las
esquinas, medio cojo atravesé el cafetal que me indicaba el camino. Era ya un
hecho el que no podía caminar en perfectas condiciones pero las ganas de
retratar mi verdadero objetivo no podían quedar frustradas. Así pues,
chapoleando fango y sintiendo en mis pies las piedras llegué al fin adonde seis
décadas atrás quedó tirado el cadáver de Ciro. Cuando asomaba ya el acto que sería
realizado estaba terminando. Esperé entonces que concluyera para tirar la
fotografía que encabeza esta crónica aún antes de que fueran retiradas las dos
banderas. Uno de los presentes advirtió que presentaba problemas al caminar y
amablemente me cedió su caballo. Supe mientras me acompañaba, que su padre, de
apellido Verdecia, según las historias que escuchó desde niño, fue uno de los
campesinos participante en aquel combate. El claro que sirve de asentamiento a
los habitantes del lugar, cuenta con una hidroeléctrica, un consultorio, una
tienda y una escuelita. Todos estos establecimientos en las esquinas. En el
centro un hermoso campo verde bien despejado y en las cercanías, el paisaje
armonizado con los palmares y otras especies hacen un juego maestro hecho por
la madre naturaleza. El almuerzo no pudo ser más cubano: una cajita de congrí,
yuca y carne de puerco asada que en lo personal fue un manjar enviado por el
mismo Dios. Sentado en una de las escaleras del consultorio, en donde me
encontraba reportado por mi dolor, degusté de la cajita mirando las lomas con
toda la calma del mundo. Entre mis pensamientos estaba una duda: ¿de qué forma
y a qué hora llegaría a La Mula donde pasadas las cinco de la tarde volveríamos
a nuestros lugares? De un momento a otro el guía dio la orden de partida. El
grupo, de los cuales muchos no llegaron hasta la tumba, se abalanzaron por el
trillo. Los últimos en salir fuimos tres. Yo aquejado no le di a demostrar a
nadie mi padecer y antes de salir pase revista a las fotografías guardadas en
la memoria de la Panasonic. Me puse las botas en el mismo paso de río en el que
me las había quitado. Después les metí diente a algunas mandarinas que me había
regalado la misma señora con la que tres horas atrás conversara. El descenso
era todo lo contrario a la subida. En el primer caso no conocía exactamente dónde
quedaba mi destino. Ya en este sentido tenía la experiencia recién acumulada.
Eran aproximadamente cuatro horas en la guagüita de San Fernando. Arribamos,
para ahorrarme las ideas, y para no abusar de los recuerdos, en eso de las
cuatro y media al campismo. Tuve suerte de toparme con un arriero que
brindándome un mulo, no me dejó otra opción que aprender en unos minutos a
montarlo. En el primer intento no faltó nada para meterle la cara a las
piedras. Riéndose el arriero me indicó que aquello era como montar bicicleta y
sin muchas ganas de reírme yo intente hacerle caso. Exactamente a las 5:21 ya
estábamos tumbados en los asientos del ómnibus, unos molidos, otros, como yo,
pensando en la aventura vivida. De este mérito que se me ha dado de visitar uno
de los sitios sagrados que es Mar Verde del Turquino, casi a los pies del punto
más alto que tiene la isla de Cuba.
lunes, 27 de noviembre de 2017
Fidel Castro, hombre que puso parte de su enorme fe en la Cultura
![]() |
| Fidel junto a Hemingway, otro de los grandes escritores del mundo |
Por cuestiones ajenas a mi voluntad no pude
colgar este texto el día que debía. Hoy, dos días después lo hago. Ojalá sirva
de referencia para quien acceda a él y sea parte de mi personal homenaje a
Fidel en estos días finales de noviembre.
Deambulaba por la escuela sin hacer nada en
la hora de descanso y decido entonces entrar a la biblioteca. Sobre una de las
mesas hay textos sobre él. Recuerdo de súbito que se acerca el primer
aniversario de su muerte y lo que el tiempo tan rápido pasa. Desde niño me
imaginaba el momento y creía que cuando sucediese estaría preparado. Años más
tarde descubrí que no fue así. ´´Su legado fue los que nos dejó´´, pensé un
poco desorientado al escuchar aquella noticia en la madrugada que recién nacía.
Con tales pensamientos tomo uno de los libros. En una de sus páginas
encuentro algo subrayado y cito: ´´una
revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas´´ (1). Quedo después de la lectura más
pensativo. Hace algunas semanas atrás escuché algo parecido en la voz de un
viejo profesor. Sin meditarlo mucho escribo en la cartulina de mi plan de
clases de Historia el nuevo hallazgo. Empiezo a leerlo y a releerlo. Voy
entendiendo cosas. El mensaje va formándose en mi mente. La cultura es la madre
de las revoluciones. Sin ella no sería entonces revolución verdadera. Aún
sentado con libro en mano recuerdo aquellas palabras a los intelectuales, de la
amistad profunda y sincera que profesara a Guillén o al Gabo y a otros tantos
de Latinoamérica y del mundo, de su amplia visión al entender que el pueblo de
la Cuba antes del 59 necesitaba primero ser libre en su pensamiento para poder
abrirse paso al futuro. Fidel vio una poderosa arma en la Cultura porque
entendió que el hombre necesitaba y necesita edificarse para poder alzar el
vuelo hacia nuevos rumbos. Estudioso desde pequeño siempre tuvo presente el
ejemplo de los intelectuales de la década del treinta y supo entenderse a la
perfección con los veteranos que conoció de aquellos tiempos. La figura de
Martí, o aquel espíritu cincelado en las obras del apóstol dejaron sus huellas
en Castro toda su fecunda existencia. Más que las de un incansable luchador de
la guerra de 1895, el futuro líder de la verdadera independencia de Cuba, comprendió
que las ideas martianas eran claves para el despertar de la conciencia
humanista donde el hombre primara como el elemento esencial, no los intereses
de algunos sedientos de poder e injusticia. Cultura para Fidel era (o es, creo
conveniente llamarlo así) una forma benigna de encontrar sabiduría y no ser
esclavo de nadie sino ser los amos y dueños de nuestros propios destinos. Hoy
(25 de noviembre) se cumple el primer año de su ascenso a la inmortalidad.
Nunca me he preguntado, ni lo he leído en ninguna parte si además de nuestro Héroe
Nacional, reconocido como el más universal de los cubanos, hay otro. El Hombre
de la Sierra tiene para mis modestos conocimientos ese lugar indisputable. Si
alguien osara a decir lo contrario o yo en mi escrito estoy haciendo uso de la
mediocridad en afirmar tal cosa, por favor, no quede en su mente una respuesta
y me lo haga saber. La fe es una condición implantada en cada habitante de este
planeta. No importa los credos, ni las lenguas, ni las diversas etapas
atravesadas por el hombre desde los primeros que caminaron la Tierra. La fe de Fidel Castro repartida estuvo
durante los insuficientes noventa años que caminó entre nosotros. Entre esos
pedazos inmensos, no fue pequeño el que ciegamente puso en la Cultura. Ahora
nos toca a los que indudablemente les seguiremos después preservar esa fe, ese
legado humano que nos fue su ejemplo digno y acertado.
Noviembre 25, 2017. 8:22 AM
(1)
Idea pronunciada en el Aula Magna
de la Universidad Central de Venezuela el 3 de febrero de 1999. Diecisiete
años, nueve meses y veintidós días antes de su muerte.
viernes, 24 de noviembre de 2017
Breve crónica en noviembre
![]() | |
| Vista frontal del nicho que guardó los restos de Pedro Ortiz Cabrera |
11 de noviembre de 2017
5:51 AM
El campamento Pedro Ortiz Cabrera
empieza a despertar. Todavía podemos observar la mezcla de la noche que termina
con el día que comienza. El mar Caribe está inquieto y brama estrellando la sal
contra la costa. Comenzamos a sentir los cubanos el efecto inicial del invierno
pero también sentimos mitad y mitad de frio y calor. Desde donde escribo podría
verse la magnífica salida del sol pero no es posible. Nubes grises retienen los
rayos y se los dejan para sí. Nosotros somos un grupo de profesores con un destacamento
de Secundaria Básica de la región y llegamos en la jornada de ayer. Salimos
debajo de una fina llovizna de la Israel Pardo Guerra y en cuanto llegamos visitamos
el cementerio local que está a un costado del campamento y que todavía guarda
la tumba del mártir que muriera en los sucesos en la embajada de Perú el
primero de abril de 1980. Luego cruzamos una alambrada y a través de la manigua
nos abrimos paso hasta la playa. Vistamos la gruta y todo el grupo subió por
ella hacia el campamento. Yo regresé por donde me vine llegando primero que
ellos. El campamento se sitúa a unos escasos tres kilómetros de Uvero, lugar
insigne de nuestra historia. Aquí rotan las diferentes y diversas escuelas del
territorio. El plato fuerte, además de peregrinar a la tumba de Pedro, visitar
el pequeño Bosque Martiano que existe en la región. Los adolescentes a nuestro
cuidado se han tirado de sus literas cuando aún brillaban las estrellas. El
rebullicio me ha sacado de los brazos de Morfeo. Voy hasta una de las mesas del
comedor y me siento en una de ellas. En la soledad de la mañana escribo estas
primeras notas. Desde aquí escucho los caos del cementerio. ¿Qué tendrán que
ver estas negras aves bullangueras con el destino del Camposanto? Buena pregunta
para una respuesta que no sé. Aquí han estado siempre. Cosa que me despierta la
imaginación. ¿Habrá algún pacto entre ellas y la muerte o simplemente es mera
coincidencia? Otra respuesta que desconozco y de la que no quisiera saber.
Anoche tuvimos una pequeña velada hasta cerca de las diez y media. Después, antes
de dormir, a hacer que los alumnos se durmieran primero. No es fácil ser
docente en estos tiempos que corren. Hay que tener coraje para esta tarea. La
Cuba de hoy necesita un fuerte renacer en los valores. Creo a mi juicio, parte
clave por lo cual luchar y una importante medicina que nos ayudará a salvar
nuestra revolución.
8: 36PM
El resto del día se ha ido en
actividades de recreación. Bajamos nuevamente al cementerio y nos perdimos
entre las tumbas leyendo los nombres. Cada vez que hago tal cosa pienso en lo
corta que es la vida, lo eterno que es nuestro retorno a los huesos y al polvo.
Los restos de Ortiz Cabrera ya no descansan aquí pero ha quedado intacto el
nicho donde descansó muchos años. La naturaleza del lugar parece detenerse ante
los muertos. Solo el conversar de los dos trabajadores abriendo en tierra un
nuevo hoyo, los caos y el furor del mar contra las piedras de la orilla o el
transitar de los pioneros por todo el cementerio no parecen respetar el sueño
de los que ya descansan. He estado en este campamento en noches de luna llena y
desde las ventanas abiertas del comedor los sepulcros brillan. Rompe entonces a
funcionar la fantasía y muchos hablan de fantasmas y aparecidos. Disfrutar de
estos momentos es grato. Los que nos atienden se esmeran. Por estar en un lugar
alto la vista hacia la playa es increíble. Ya el paisaje no es el mismo que
hace unos meses atrás cuando la sequía era intensa. Todo es verde. ¡Que linda
se ve Guamá cuando esto sucede! Más tarde un grupo visitó el bosque martiano y
un poco más allá mientras que la otra cansada decidió quedarse a descansar. El
contacto con la madre natura es bueno para el hombre aunque a veces este no
tenga la noción de que el aire que respira le fortalece los pulmones. Este es
uno de los majares que nos ofrecen esta rotaciones. Hay que destacar que esta
vuelta ha sido libre de la manada de jejenes que caracterizan al campamente
salvo dos o tres que nos rondan como diciendo que no nos olvidemos que estamos
en su territorio. Mañana volveremos a nuestro sitio. No sabremos a qué hora
vendrán las guaguas. Por el momento el mar sigue rugiendo y junto al sonar de
los grillos arman una perfecta orquesta sinfónica que al menos me regala paz y
tranquilidad. Detengo el lápiz y los escucho recostado. El sueño nos llama. Con
estos chamacos que tenemos el cansancio se nos duplica. Hoy no nos sale toda.
Cuando retornemos a casa sentiremos sus huellas.
12 de noviembre de 2017
(domingo)
7:34 AM
Aprendí en uno de los libros más
importantes del mundo que el día de mañana no nos pertenece. Por eso lo primero
que hice hoy al despertar fue darle las gracias al Omnipotente. Le pedí luego a
mi socio de aventuras Joel que me prestara su celular y bajé al cementerio.
Allí tomé algunas instantáneas de la tumba citada en el párrafo anterior. Los
caos desde las ramas aledañas me vigilan. A esta hora todo el lugar parece
salido de una película de terror. Siento que en cualquier momento se me va a
aparecer algún espectro con el pelo regado, los vestidos negros rasgados y
sucios, cara desagarrada. Idea sacada de mi imaginación claro está. Decido
volver al campamento. Ahora esperamos. Las guaguas vendrán en cualquier
momento. Algunos hacen chistes. Unos ríen, otros no. La mañana es algo
fría y a la vez con algo de calor. Es
mejor este clima mixto que los tormentosos calores de julio y agosto. De eso
podemos estar seguros con los ojos cerrados.
3:32 PM
Tirados en una de las esquinas de
la subida del campamento esperamos la segunda guagua. La primera ha partido
algunos minutos antes con el primer grupo. Tuve suerte y mientras estuve esperando antes de bajar,
el administrador del lugar amablemente me ha prestado la PC y he tecleado gran
parte de esta crónica. Cuando lleguemos nos espera diferentes cosas. Entre
ellas, además de organizar para mañana
lunes volver a clases, echarnos una buena siestecita o un buen baño con agua
caliente para tratar de relajarnos el cuerpo.
Los chicos seguro que les hablarán a sus padres desde su punto de vista, las
travesuras cometidas. Yo aquí termino mi relato, crónica o reseña. Ustedes como
lectores deciden qué es. Me limitaré no más después de esta oración a guardad
mi libreta de apuntes en el maletín.
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