lunes, 12 de febrero de 2018

Eduard Encina ya no es un hombre......



No tengo escusas para no haber colgado este texto a tiempo a pesar de que vivo en un municipio en el que se me hace difícil el acceso a las redes en los días en los que debería poner las cosas que escribo si nos referimos a fechas que nos marcan de una manera u otra. Quería poner esto el 27 de enero. Ahí les va (a quién le interese):
PARA EDUARD ENCINA, EN SU CUMPLEAÑOS 45
Eduard Encina ya no es un hombre. Se ha convertido en gorrión y vuela diariamente por toda la Isla. Su cuerpo humano descansa pero no importa. Confiado estoy que al despertar expande sus alas y saluda al sol. Cuando canta se renueva su esencia. Tampoco es de tener en cuenta que se muera el gorrión. Él volverá a trasladarse a otro. Así nunca dejará de vivir. Es mentira que la gente diga que en verdad Eduard Encina está muerto. Jamás la muerte podrá vencerlo porque mi amigo encontró la forma perfecta para escapar de ella. Pero, ¿y si se extinguen los gorriones? ¿Encontrará Eduard la solución? Bah! Para qué preocuparme. Ellos nunca dejarán de existir. Ayudarán a mi amigo. Algo me dice que saben de la tarea encomendada. También mi amigo tiene sabiduría para no dejarlos morir.
Olber Gutiérrez Fernández, enero 19, 2018

Año CXX


Restos del Oquendo en la playa de Juan González

Ya son varias las generaciones de guamenses que han vivido a orillas de la playa Juan González, punto ubicado geográficamente en la costa sur oriental cubana de la provincia Santiago de Cuba. Este enclave posee un tesoro: guarda muy cerca parte de lo que fuera en antaño el acorazado español Oquendo, uno de los tres navíos de guerra hundidos a lo largo de todo el litoral cuando se sucedieron los hechos de la Guerra Hispano Cubano Norteamericana de 1898 . A cada minuto este año se aleja más en el tiempo pero quedan pegados en la historia los cañonazos de ambas  armadas  (estadounidense e ibérica respectivamente asistida la primera por el Ejército Libertador), el humo elevándose en el cielo de la Patria, el nado tal vez de algún que otro español queriendo encontrar tierra y así ponerse a salvo en la espesura del monte.

Por esos días el mar y sus criaturas estarían inquietos. Algo les alertaba. Cosas extrañas estaban sucediendo en la superficie y sigilosas observaban desde el fondo marino. Después, estos mismos peces habitarían la caldera que, por ser metálica, quedaría como símbolo y testigo del citado acontecimiento. Estos restos junto con los de Aserradero y La Mula conforman el parque subacuático Batalla Naval de Santiago de Cuba.

Existe en la comunidad que ahora habita el lugar, una  extensa arteria nombrada El Barco Hundido y sus habitantes sienten orgullo de tener un pedacito del pasado frente con frente a sus casas. También, cuando por ejemplo, la playa se llena de bañistas en los veranos, no faltan los chicos y grandes anónimos que hacen formar parte en sus juegos la estructura que sobresale del agua. Otros, curiosos, prefieren ponerse caretas para explorar lo no visible desde la orilla.

Se van a cumplir ciento veinte años de la hazaña que involucró a tres fuerzas distintas y  es relevantemente llamativo para mis modestos conocimientos el mero hecho de que algunos historiadores capitalistas, por así decirlo, en muchas de sus enciclopedias o sitios digitales a nivel mundial  quieran decir que fueron nomás ibéricos y yanquis actores únicos de la gesta.

Ignoro aún (tenemos el derecho también de no sabérnoslas todas), el origen de tal incómodo conflicto que me hace, como cubano que soy orgulloso de mi estirpe estar algo molesto. No hay que ser de otra galaxia para ver a la larga las malas intenciones, quizás antiguas, quizás actuales, de promover una imagen indigna del criollo y dar pretexto que borre nuestra identidad, nacionalidad, nuestros esfuerzos a base de la sangre derramada para ganarnos la libertad. No es secreto en la verdadera historiografía que para la élite gobernante de fines del siglo XIX en ´´United States of America´´ ser mambí significaba ser integrante de una turba de negros y bandoleros. Claro, la Isla no les convenía independiente y mientras más tierra se les echara a nuestra gente mejor.

Como esclavizado por destino ya estoy ligado al ser un eslabón más de la cadena de aquellas generaciones de las que hablo al inicio de esta crónica. Desde niño descubrí las ruinas al pasar en las guaguas y camiones desde y hacia Santiago. Era una aventura mágica saber que un barco alguna vez se había hundido allí. Es entonces de suponer que le preguntara a mi padre que si algún tesoro de esos de los de corsarios y piratas estuviera enterrado en la arena que rodeaba el lugar. Papá me respondía que sí tal vez para que yo dejara de fastidiarle el día pero para un chico de apenas siete u ocho años era una respuesta que le hacía soñar. Con el tiempo descubriría que los corsarios y piratas ya no existían en la época del naufragio, claro.  

Creo que no pudo existir lugar más  bendecido que Guamá para que la madre Historia hubiese dejado las huellas de un hecho de tal magnitud como lo fueron aquellas escenas de la guerra Hispano Cubano Norteamericana. Debe tener el cubano de hoy -principalmente el que viva en la costa sur oriental guamense- la conciencia despejada y el pensamiento altivo en mantener, mientras la naturaleza sabia no los permita, el cuidado de esos restos que invitación son para no olvidarnos jamás de los días inmortales y gloriosos de 1898.

Guamense soy y así lo siento.

Creo también que en mi condición de cubano y santiaguero no pudo existir para mí tal suerte de nacer en una Patria orgullosa de sus orígenes, de haber crecido en la Cuna de la Revolución de Céspedes, Martí, Mella y Fidel. En el año CXX cada barrio y pueblo de Guamá (y de Cuba) sigue resistiendo. Como elemento mágico El Oquendo, El Vizcaya y el Colón apostados a lo largo de nuestra geografía nos salvaguardan segundo a segundo.

Olber Gutiérrez Fernández

Enero-febrero 2018 

jueves, 18 de enero de 2018

Algo Personal



Mi papá es una de las tantas personas que vive en esta sociedad cubana de hoy. Es cuentapropista y mantener una familia, lucharla para que a su mujer e hija pequeña de nueve años no les falte nada, es su meta desde la mañana hasta bien entrada la noche. No le preocupa otras cosas, no se afeita con sistematicidad, las ropas, como si anda en taparrabos. La jama tiene el número uno, ¿entiendes?, me dice llevándose los dedos callosos a la cien. Nació en el mismo año en que mataron al Che, dato que ha marcado mi vida de manera significativa. Me quiere a su manera. Es todo lo contrario a lo que pienso del mundo cultural. Mi papá dice que la cultura es una porquería, que trabajando en ese sentido no encontraré desarrollo económico para mis bolsillos. Que lo que debo hacer es dejar de comer tanta m… y buscarme un trabajo donde me gane unos cuantos pesitos extras y pueda comer bien. Desde su concepción, es verdad, hay que buscar el moni, los guanikikis y aunque sea llevarse un pan con huevo frito y un vaso de leche, no acostarse con la barriga vacía. Poetas, escritores, pintores y soñadores pasamos trabajo, es cierto,  pero me jode que nadie se dé cuenta de qué me valdría la vida si fuese un personaje con una buena casa, carro, buena percha y nada en la cabeza como los hay por ahí. El puro mío llegó hasta doce grado. Tuvo de compañero al gordo que los domingos sale haciendo al personaje de Papo, en el humorístico A Otro Con Ese Cuento que transmite la televisión Cubana. A veces pienso cómo le sería la existencia si hubiese triunfado en la actuación, si no se hubiese quedado en este monte, el que afirman muchos que no hay nada digno de mostrar, como él. Siento que ha perdido la fe y eso me fastidia. Siempre me restriega en la cara que yo no le hago caso en las cosas que me dice, que él tiene la razón. Esto tiende a confundirme y no sé qué decirle. A pesar de todo amo la cultura y amo sentirme con el duende que nadie ve, que nadie advierte pero que llevo en el corazón aunque no tenga ni un quilo en el bolsillo para venir a trabajar. A veces también siento que se me llena el alma con todas las cosas que le pasan a mi papá pero no dejar sin respiración lo que llevo conmigo es una lucha diaria. Esos martillazos que me sacan astillas, que me recuerdan día a día el eterno dilema entre economía versus espiritualidad, materia versus idealismo no dejan de estar, de vivir esperando para atacarme sin compasión. En lo personal yo no nací con una herencia ni con sangre azul que corra por mis venas. Nací con lo que aprendí y con lo que elegí y elegí no decirle a nadie ni al mundo a través de este espacio que soy pobre, porque, mis riquezas son, tener el don de agradecerle cada día al despertar las gracias Dios por darme todavía aliento y los modestos conocimientos que en mi disco duro de materia gris guardo. Mi papá tal vez nunca lea este párrafo y si lo lee algún día quizás no entienda mis motivos por el cual aunque me digan jodiendo que debo conseguirme aunque sea quince pesos para el bolsillo (argumento que no es menos cierto) yo seguiré apostando porque en Guamá, o donde quiera que esté hasta que me muera, alimentar este amor que late por ´´aquella cultura que no sirve´´ pero que me da los elementos pa´ construir mi pedacito de historia minuto a minuto. Al otro padre que fue dedico este texto, al Encina que ya no está, al que me enseñó a que como dijera otro amigo en común: no puedes vivir de lo que escribes pero no puedes vivir sin escribir, la poesía y los sueños no te dan de comer pero hace del espíritu un árbol que nos es sombra para vivir. El que lea este bloque advertirá que se puede leer en solamente algunos escasos dos minutos. Yo, escritor, me tuve más de cuarenta y cinco en pensarlo.     

martes, 26 de diciembre de 2017

CÓMO NACIÓ ESTE BLOG Y POR QUÉ CUBO ORIENTAL.

Olber Gutiérrez Fernández(Cubo Oriental) y Arnoldo Fernández Verdecia(Caracol de Agua)

Ya es tradición en Cuba que los abriles vengan acompañados de una semana de receso docente llamada Semana de Girón por los acontecimientos acaecidos en esta zona al sur de Matanzas en mil novecientos sesenta y uno. La gente aprovecha para viajar y así, por algo más de siete días, los aires cambian, vuelven muchos, como yo, a los lugares por ejemplo, donde pasamos nuestras infancias y para mi ese lugar es el Baire mambí que ya en pleno siglo XXI aún se mantiene en plena lucha. Allá me encontraba el diecinueve de abril de dos mil diecisiete, día en el que se cumplían cincuenta y seis años de terminada aquella gesta protagonizada por el pueblo de aquel entonces. Curiosamente la madre natura también nos regalaba una semana netamente lluviosa como hacía mucho tiempo no sucedía. Trabajo cerca del Mar Caribe, a las faldas de la Sierra Maestra y cuando tengo la oportunidad retorno al Contramaestre que me vio nacer. Aquel día en específico, a pesar del mal clima, había quedado con el periodista Arnoldo Fernández Verdecia desplazarme los ocho kilómetros y visitarlo luego de tres meses de ausencia y el asedio de las constantes llamadas telefónicas desde Guamá, debido a que tal vez cometió el error de darme su número telefónico en diciembre de dos mil dieciséis.
   Arnoldo me recibió con la carcajada que lo caracteriza. Poco faltó para que me diera un beso y enseguida nos pusimos al tanto de la vida intelectual tanto como la de él como la mía. Entre sus preguntas que si me había leído el compendio de siete libros que según él me ayudaría a crecerme y descubrir en mí las facetas que tenemos los hombres dormidos y que, por mirar y ocupar el tiempo en cosas incorrectas, no logramos descubrir. En mis anteriores interacciones con el periodista todo era genial y más aún lo fue cuando en uno de los momentos me confesó que venía de la misma carrera de Marxismo-Leninismo que yo. Me sentí más ligado a su suerte. En mi vida práctica es fácil escribir lo que pienso que decirlas cara a cara. Me enredo justificándome que quiero hablar más rápido de los que pienso. Quizás me salgo un poco de las intenciones de contar la historia y aprovecho la ocasión para agradecerle al Fernández.
   No recuerdo exactamente cuál fue el elemento de nuestra conversación que nos hizo ir a parar a la parte de su casa en la que tiene su cuartel general y desde donde edita su CARACOL DE AGUA. Solo recuerdo que me pidió que le acompañara y entre confusas ideas al principio, entendí algo así como que me ayudaría a crear un blog. En un abrir y cerrar de ojos encendió su arma de combate y con la habilidad ganada y que lo caracteriza también hizo las operaciones pertinentes para darle forma a lo que se proponía. Ya el periodista había leído mi cuento EL CUBO, cosa que recordó y tuvo en cuenta a la hora de buscarle nombre a este espacio que estaba naciendo y ya mostraba su cabeza por esa vulva dilatada que es la informática.
    -¿Qué te parece EL CUBO ORIENTAL? Pichón de tu sabes dónde –preguntó.
    -Lo que tú digas –le respondí.
    -Así mezclamos el nombre de tu cuento con la región en donde vivimos. Dame lo que tengas ahí para publicarlo. (1)*
   Me quité del cuello en la que llevo amarrada a un cordón negro la memoria USB. Abierta en la PC elegimos tres cuentos entre los cuales se encontraba el mismo CUBO. En otro pestañazo estaban ´´on line´´. No podía creerlo. Por vez primera algo de lo que escribía se encontraba plasmado en algún lugar a la vista de la gente o, en este caso, de los internautas. Estaba plantando en mí la semilla o el bichito de bloguear y más increíble fue cuando al instante recibí las primeras visitas. (No pasaban todas de cinco pero con el asombro las percibí como un millón). Recuerdo haber regresado a Baire bajo un refrescante aguacero y aunque sabía que los míos en casa no entenderían ni J les di la noticia. Se quedaron con los ojos abiertos como preguntándose por qué les hablaba en chino. Aquella noche, cansado, me acosté a las nueve y media. Termino esta breve historia con decir que las tres de la madrugada me sorprendieron sin poder dormirme, pensando en todo el reto que me esperaría ahora en adelante con este proyecto que tal vez inadvertido empezaba a rondar la isla y más allá de su fronteras.

(01)* Alguien me comentó luego que las cosas en Internet no se publican, sino se cuelgan. Ese alguien me introdujo la duda. No por eso detengo mi mano y desde las costas cubanas de Guamá, Cuba, yo sigo escribiendo para aquellos que, por azar o por redirección encuentran este sitio. A esa persona dedico este texto.

Olber Gutiérrez Fernández (Editor)   

martes, 5 de diciembre de 2017

Viaje a Mar Verde del Turquino: 6 décadas del combate



Lugar donde cayera Ciro Redondo García

La primera vez que oí su nombre fue cuando en el año 2002 entré a la secundaria básica que en el poblado de Caletón Blanco, Guamá, lleva su nombre. La figura del artemiseño Ciro Redondo García empezó a tornarse en mi mente desde que los profesores encargados de la tarea nos dieron la autobiografía que lo acompañaba como mártir de aquel centro. Alguna vez desee entonces subir al lugar donde aquel fatídico día de noviembre de 1957 una bala le atravesó el cráneo sembrándolo para siempre en la inmortalidad. Hace dos años tuve la primera de esas oportunidades que te dan la vida para cumplir tus anhelos. No pude asistir a tal cita por cuestiones del destino ni ese año ni el próximo, debido al fallecimiento del líder histórico de la revolución el 25 de noviembre de 2016. Ahora la cosa ha sido diferente. Por estos días se cumplieron los sesenta de aquel combate y todavía me duelen, a la hora de redactar esta crónica, las piernas de la caminata de más de veinte kilómetros desde la base del campismo La Mula hasta el mismísimo sitio donde se erigiera una columna que le muestra al visitante dónde ocurrió la muerte de Ciro. La edición de esta proeza la realizamos los jóvenes del municipio. Salimos a las cinco y media de la mañana cuando el sol aun no daba señales. Ya tenía entendido que los pasos del río eran unos cuántos pero no la magnitud de lo congelada del agua cuando en el primer paso tuve que meter las botas sin más opciones y me hundí hasta las rodillas. El ambiente húmedo, las aves del monte que despertaban, otras que se dormían nos advirtieron sintiéndonos los intrusos. El grupo de más de cincuenta avanzábamos alejándonos del puente que unos treinta o cuarenta minutos antes en silencio nos vio partir. De pronto nuestro guía nos dio el alto por vez primera para esperar a los que por una cuestión u otra se empezaban a rezagar. Algunos en ese momento no aguantaron los deseos y sacaron algunas de las cosas que llevaban para merendar. Yo saqué del estuche la cámara, la única pertenencia que me llevé consigo loma arriba e hice las primeras instantáneas de los que con cautela cruzaban con miedo de caerse en el medio de la corriente, que, no muy fuerte, cortaba de lo fría que estaba. Mientras avanzábamos empezamos a hacernos chistes para no aburrirnos. Después de las dos primeras horas y media de marcha, cuando el agotamiento empezó a notarse, pensé inevitablemente en aquellos hombres que luego del desembarco del Granma no tuvieron más cosas que aquellas lomas y no más de pertenencias además de las botas y el uniforme verde olivo, una mochila, cajas de balas, un fusil. Yo solamente portando una cámara fotográfica me empezaba a quejar por la caminata de solo un día. Ellos que vivieron aquí y ofrendaron su todo por dos largos años. Sentado en la loma que hay antes de llegar al pequeño valle en donde se encuentra Mar Verde una señora me alcanzó. Ya los demás se encontraban distantes. Me preguntó qué hacía solo ahí, observando el camino recorrido. Amablemente le respondí diciéndole quien era, de las pocas experiencias que tenía subiendo montañas. Me dijo que lo que me pasaba era normal para los principiantes. ¿Usted viene a cada rato?, pregunté. Así pude saber que aquellos parajes hacían seis años que no la veían. Ya pasaban más de media hora que mi pierna izquierda me dolía. La señora siguió adelante dejándome sentado en el mismo sitio. Tomando fuerzas me acomode las botas y aguantando el latido alcancé el firme en pocos minutos. ¡Qué alegría al ver el último paso de río! Allí sin pensarlo dos veces dejé la cámara sobre una piedra y floté largamente sobre las aguas del Turquino, líquido en estos montes refrescante como un bálsamo que a mi cuerpo le hizo bien. Tirado en medio de la posa me liberé de los pesados calzados, uní los cordones y de uno solo los lancé a la orilla. Por un momento me sentí el único hombre a mil kilómetros a la redonda. Aliviado me encontré la primera casa. En ella me dijeron que me restaban al menos quinientos metros. Gran sorpresa se llevaron aquellos que la noche anterior me decían que yo no llegaba y llamándome estos me indicaron donde estaban dando la merienda. Luego les pregunté cómo se llegaba al lugar al que no  debía de dejar de ir. Me lo señalaron y tirando las botas a una de las esquinas, medio cojo atravesé el cafetal que me indicaba el camino. Era ya un hecho el que no podía caminar en perfectas condiciones pero las ganas de retratar mi verdadero objetivo no podían quedar frustradas. Así pues, chapoleando fango y sintiendo en mis pies las piedras llegué al fin adonde seis décadas atrás quedó tirado el cadáver de Ciro. Cuando asomaba ya el acto que sería realizado estaba terminando. Esperé entonces que concluyera para tirar la fotografía que encabeza esta crónica aún antes de que fueran retiradas las dos banderas. Uno de los presentes advirtió que presentaba problemas al caminar y amablemente me cedió su caballo. Supe mientras me acompañaba, que su padre, de apellido Verdecia, según las historias que escuchó desde niño, fue uno de los campesinos participante en aquel combate. El claro que sirve de asentamiento a los habitantes del lugar, cuenta con una hidroeléctrica, un consultorio, una tienda y una escuelita. Todos estos establecimientos en las esquinas. En el centro un hermoso campo verde bien despejado y en las cercanías, el paisaje armonizado con los palmares y otras especies hacen un juego maestro hecho por la madre naturaleza. El almuerzo no pudo ser más cubano: una cajita de congrí, yuca y carne de puerco asada que en lo personal fue un manjar enviado por el mismo Dios. Sentado en una de las escaleras del consultorio, en donde me encontraba reportado por mi dolor, degusté de la cajita mirando las lomas con toda la calma del mundo. Entre mis pensamientos estaba una duda: ¿de qué forma y a qué hora llegaría a La Mula donde pasadas las cinco de la tarde volveríamos a nuestros lugares? De un momento a otro el guía dio la orden de partida. El grupo, de los cuales muchos no llegaron hasta la tumba, se abalanzaron por el trillo. Los últimos en salir fuimos tres. Yo aquejado no le di a demostrar a nadie mi padecer y antes de salir pase revista a las fotografías guardadas en la memoria de la Panasonic. Me puse las botas en el mismo paso de río en el que me las había quitado. Después les metí diente a algunas mandarinas que me había regalado la misma señora con la que tres horas atrás conversara. El descenso era todo lo contrario a la subida. En el primer caso no conocía exactamente dónde quedaba mi destino. Ya en este sentido tenía la experiencia recién acumulada. Eran aproximadamente cuatro horas en la guagüita de San Fernando. Arribamos, para ahorrarme las ideas, y para no abusar de los recuerdos, en eso de las cuatro y media al campismo. Tuve suerte de toparme con un arriero que brindándome un mulo, no me dejó otra opción que aprender en unos minutos a montarlo. En el primer intento no faltó nada para meterle la cara a las piedras. Riéndose el arriero me indicó que aquello era como montar bicicleta y sin muchas ganas de reírme yo intente hacerle caso. Exactamente a las 5:21 ya estábamos tumbados en los asientos del ómnibus, unos molidos, otros, como yo, pensando en la aventura vivida. De este mérito que se me ha dado de visitar uno de los sitios sagrados que es Mar Verde del Turquino, casi a los pies del punto más alto que tiene la isla de Cuba.
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