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martes, 23 de octubre de 2018

El hermano que sigue vivo



A veces no sabemos lo que hacemos pero lo hacemos. Quién me iba a decir que esta fotografía, que nos tomara Arnoldo Fernández, aquel 18 de abril de 2017, donde le comunicaran ser uno de los ganadores del Premio de la Gaceta de Cuba sería la segunda y última que al menos recuerde con Eduard Encina.

Por estos días en el 3er Congreso de la AHS ha tenido latente su espíritu y la instantánea del amigo y el hermano la llevo conmigo muy dentro.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Últimas palabras para Encina.

 
Que estés desde ahora silenciado en algún punto del camposanto de la tierra que siempre amaste suena a ser una idea cruel, desgarradora. Aquella noche cuando aún Irma se ensañaba con el occidente de la Isla y la voz de Arnoldo confirmaba tu partida de este mundo, mi vida cambió. Desde ahora en lo adelante pensaré en ti inevitablemente siempre al cruzar el puente sobre el Contramaestre y cuando visite  aquellos lugares donde sé estuviste: esa va ser mi única defensa al saber que no te encontraré más sentado  en el Café Cantante y que no sentiré más tu presencia física.
Eduard, algunos amigos y yo, 26 de julio de 2016, Contramaestre.

    Queda en lo profundo de mi alma el placer inmenso de haber sido uno de tus tantos amigos y que me enseñaras entre tantas lecciones que las riquezas materiales de esta vida no se compara con este sentimiento tan humano.

   Las palabras exactas no me salen. No existen las adecuadas para describir lo que significaste y significas. Nunca de mi boca escuchaste decir gracias y hoy te las doy pues a tus consejos le debo en parte haberme  graduado en la Universidad a pesar de las adversidades por las que atravesé durante los cinco años de mi carrera. Pido  me perdones donde quiera que estés si en algún momento te hizo falta que yo te las diera.

    Fuiste un gran hermano y los hermanos que aman como tú lo hiciste no merecen ser olvidados porque el olvido es ofensa cuando recibes en la vida un bien como este que me hiciste de descubrir, de hacerme ver y creer a ciegas en esta en enfermedad tan dulce que es sentir amor por las letras.

    Ahora entiendo el valor extraordinario que era verte atravesar las calles desde tu casa hasta el Contramaestre día a día o verte detener tus pasos ante los umbrales de la librería para saludar al Puro o en la acera a las gentes anónimas del pueblo que te vio nacer y que hacían brotar de ti una sonrisa perpetua aunque las horas en tu cabeza fuesen amargas.

    Quizás muchas personas en algún momento quieran condenarte por habernos dejado solos tan tempranamente y al que se atreva a tal cosa que tenga en cuenta que en lo adelante estarás viviendo multiplicado en cada corazón y que saber hacerte venir en cada una de nuestras acciones, será la nueva lección que tendremos que aprender porque es así tu partida: una última clase magistral para que aprendamos que las huellas que nos dejaste son el rastro que debemos sujetar si tu vivir digno ejemplo nos fue.

    “Taller es la vida entera. Taller es cada hombre”: me decía Martí  y ahora le entiendo.
    Construiste el tuyo, y compartiste en él tantas virtudes, que escribir sobre ti es uno de los grandes retos que se le abre a aquellos que te conocieron de cerquita desde nuestro presente hacia ese futuro que ya se no presenta ya a rajatabla.

    El lugar que tienes por derecho en la literatura cubana  no se anidará en la nada, ahora les toca a tus amigos defendértelo, despejarlo de las malas hierbas para que el sol lo ilumine eternamente.

    Me van a acompañar toda la existencia aquella copia de tu novela Ñámpiti que me dedicaste de puño y letra un treinta de diciembre… la selección de escritos de Borges… el poemario Lupus…, y lo más fundamental, me vas a acompañar en todo momento porque todavía tienes cosas que decirme.

    “¿Ya como vaso frío, duerme en la tierra el poeta celebrado?” Tal vez: no me resigno a creerlo de una vez y por todas. Tu espíritu nos seguirá dando señales en los versos, en el canto que le tuviste al chispazo de tierra que anclado en el mar Caribe desde ahora te guarda respetuosa; como hijo y madre que fundidos en un abrazo eterno no quieren dejarse ir.

   “¿Ya está hueca, y sin lumbre tu cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa, mudo los labios, aquella mano que fue sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde?” De ninguna manera: más que nunca debes estar latiendo en nuestros pulsos, más que nunca te preguntaremos cuando nos visites en la brisa: ¿qué harías Encina en esto, qué harías Encina en aquello? 

   “¿Fuiste hombre que amó supo y creó, puso luces, vio por sí mismo, señaló nuevos rumbos, le sedujo lo bello, le enamoró lo perfecto, se consagró a lo útil?” Sí, lo afirmo. Y lo seguiré afirmando mientras exista luz en mi pensamiento.

    Me cuesta sentarme en los rincones y con lápiz y hoja blanca entrelazar estos pensamientos para homenajearte. No me hallo capaz de sacar de mi mente nada más. Te doy las gracias a ti y a Dios: a ti por haber existido en mi mismo tiempo, a Dios por haberte creado en la misma época donde al menos pude compartir contigo algunos años.

                                                                                                                   Olber Gutiérrez Fernández
                                                                                                                   27 de septiembre de 2017       

miércoles, 26 de julio de 2017

Pico y pala en Cuba oriental bajo un sol picante


Por Olber Gutiérrez Fernández. 

Es verdad que los intelectuales no nos acostumbramos a trabajar duro cuando tenemos que coger pico y pala. No más damos los primeros golpes a la tierra y ya parecemos un tronco tirado a la sombra. Eso fue lo que nos pasó a Arnoldo Fernández Verdecia  y a mí, a pesar de mis 26. Arnold me invitó a deshacernos de un montón detrás de su nueva casa ampliada. Me dijo que llegara temprano, pero el transporte cubanísimo, ese que tenemos, me lo hizo imposible. Comenzamos casi a las once de la mañana. Ya el sol estaba superpicante (no por gusto estamos en julio), y mi socio Arnold y yo, no aguantamos hasta la una de la tarde. Todo el tiempo fui el conductor del vagón, -nunca pico y pala, eso era de Arnold- y sin matarnos mucho adelantamos bastante. Luego nos comimos dos huevos duros y un par de prú de oriente (voy a ser sincero, fueron muchos más). Yo prefería ir hasta donde votaba la tierra y admirar el río Contramaestre y los dos puentes que hacen juego con el paisaje. 
Hablamos de literatura, lo flojo que fue One el poetón de Baire, a quién dedico esta crónica; del viaje del gordo Encina a Colombia; de mi vida; del futuro…El máster Arnold estaba rojo cuando terminamos la primera sesión. Sobre las tres de la tarde le metimos mano al taller de blog que me debía Arnold desde hace unos meses atrás. Mano que duró hasta casi las siete y me fue muy productiva. 
Para no joderme la paciencia otra vez con lo del  transporte, decidí quedarme y antes de que cantara el gallo matutino, “estás listo para seguir votando tierra”, era Arnold que asomaba sus ojos por una ventana. Pensé que no iba a dormir en toda la noche cuando me presentó un modesto catre, pero afortunadamente fue todo lo contrario. 
Ya el supermán de Fernández Verdecia estaba repuesto para de nuevo volver a la cagá, digo a la carga(es que la r del teclado está media mala y sin querer se me fue una tilde). El vagón estaba listo para que lo manejara por segunda vez. Antes de las nueve acabamos. Además de tupirle el baño a Arnold y sacar las conclusiones de que puedes encontrar cosas importantes allí para leer, como el ensayo: “El río de Céspedes, Martí y Fidel está muriendo”  y desayunar bajo un árbol de guásima que hay al fondo de la casa; hablar de una perra que me quería morder cada vez que daba mis viajes de tierra y querer dedicarle al One esto, no hay muchas cosas más que decir… Ah! felicitar a One de corazón por su publicación próxima y que no sea tan blandengue….
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