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martes, 3 de diciembre de 2019

Vidalina Prado: no hay mañanas sin una taza de café que salga de mis manos


Ella ya era doña Vidalina muchos años antes de que yo naciera y toda su vida ha vivido en estas tierras de mares y de montañas, junto a su esposo, hijos, nietos y bisnietos. No existe amanecer en el que no le den ganas de tomarse su buchito caliente de café montuno. A continuación instantáneas de Vidalina en pleno ejercicio junto a su fogón de leña: 



Preparando el brebaje mágico
Ya casi listo
Provando su creación




viernes, 29 de noviembre de 2019

Pilar café a la antigua en Guamá, una de las tierras en la Cuba Oriental


 
Café tostado en un recipiente plástico amarillo
Listo para pilar
Entre el lapso de ser cultivado en nuestras lomas, recolectado, y el momento en que llega al colador, el café guamense pasa por una estricta rutina de despulpe y secado, para luego ser tostado y molido hasta convertirse en el cotizado polvo que millones de personas veneran tanto a nivel nacional como internacional, utilizando para ello anónimos molinos electrificados, o simplemente a la antigua con los brazos en las más humildes casas, donde es refinado a pilonazos dentro de un pedazo de madera ahuecada, que con el tiempo va tornándose más y más oscura sus paredes, debido a lo restos que van quedándose en los poros de la madera, de aquellos granos que lentamente van triturandose luego de pasados por la candela, con el toque de azucar parda o cruda exacto dependiendo de la cantidad a tostar. Esta última forma de preparar dicho polvo para luego ser colado con elegancia y maestría, es una de las costumbres que todavía queda arraigada profundamente en los nativos de estas serranías y que no pierde su encanto cuando se tiene la oportunidad de realizarla, como una de las actividades diarias en las que nos involucramos cuando nos encontramos en casa.


El editor de este blog con el pilón en mano


Dicho ejercicio ha pasado por una extensa lista de generaciones en Cuba, desde que los colonos franceses, llegados del Santo Domingo, introdujeron el cafeto en el oriente cubano colonial, cuando despavoridos huían de la revolucion esclava desatada a fines del siglo XVIII en La Española, territorio que hoy alberga a las naciones de Haití y la República Dominicana en la parte occidental y oriental de ésta respectivamente. Quien escribe estas lineas no escapó a dicha tradicion y la obtuvo de su abuela materna que cuando pequeño, le pedía ayuda mientras tostaba bandejas y más bandejas en un santiamén de dicho fruto que desde aquella remota época, (la de fines de los mil setecientos y pico), fue ganándose pedazos en el espíritu de los criollos quienes unos setenta años luego se volcarían a la manigua cubana en busca de su propio camino.


Café despues de los pilonazos
Ahora con el paso de los años ya mi abuela no esta presente (se ha reunido a sus antepasados), pero me queda en el corazon su huella profunda y pienso inevitablembte en ella cuando tengo la oportunidad de pilar cafe y voy retornando con el inconfundible olor que se despide en la escena con cada pilonazo, a mis origenes en aquel pequeño reparto de calles de tierra y gravilla llamado Vista Alegre, perteneciente este al Baire de los mambises legendarios. Me siento en cada ocasion experimentado sumo sacerdote, que venera la grandesa brindada por Dios de que gracias a los efectos de aquella revolucion de hombres y mujeres libres arrancados de su patria africana, planta tan exquisita se halla vuelto criolla y cimarrona en los montes de mi tierra donde no les falta el rocio divino.


De vuelta en el recipiente amarillo
Como muestran las instantáneas que acompañan este modesto trabajo, esta es una de esas en la que me he sentido bien caribeño pilando café tostado, sintiendo el aroma que caracteriza las mañanas guajiras en estos lares y sabiendo que luego me tomaré algunas tazas del brebaje más auténtico, salido de la isla más grande de las Antillas sin truco alguno como ese tan de moda de mezclarlo con chicharo y que en muchos de lugares ya es considerado normal. 

Cubano en fin, y cafetero como mis antepasados, aquellos que guiados por sus mayores, algun dia se levantaron y no pudieron jamas depegarse de la olla con el agua hirviendo, mientras que dentro del colador, echo de la más fina tela que tuvieran a mano, un duende esperaba para contagiarseles en el alma mientra repiraran, reproduciendose este en cada presa que se sumaba al encanto. como se puede ver, eta es otras de las maravillas que nos hacer ser un pueblo sin igual de este mundo en que habitamos tantas culturas diferentes.

lunes, 25 de marzo de 2019

Recuerdo de un amigo: Entre el café y la poesía


Eduard Encina por tierras colombianas

Antes que El Cubo Oriental existía Cimarronzuelo Oriental, el blog de mi amigo Eduard Encina. En muchas conversaciones siempre se habló de este sitio, de cómo servía para escribir y desarrollar ideas propias y plasmarlas en la plataforma digital. Todavía por aquel entonces yo no podía imaginar que en el futuro no muy lejano tendría el mío y más extraordinario aún, que encontraría las claves para editarlo desde pleno corazón de la Sierra Maestra, lugar al que le faltan años luz para que las nuevas tecnologías se desarrollen en su máxima expresión. Fueron por los días de abril de 2017 que nacía El Cubo… en que también a Encina le entregaban el premio de La Gaceta de Cuba en poesía por un cuaderno llamado “Manigua”. Mi amigo se fue a Medellín, Colombia para realizar su último viaje en vida. Allí participaría como parte de dicho premio en un famoso festival. A su regreso quedaría este texto que según Alfredo Ballesteros fue escrito después de su retorno a Cuba. Hoy quiero yo guardarlo con una mezcla de cariño y nostalgia en los archivos de este guamense blog:

 

Los cafés de Medellín (Tomado del Blog Cimarronzuelo Oriental (cimarronzuelooriental.blogspot.com)).


Cada domingo mi casa es un Café.  Allí se dan cita los amigos escritores para dialogar sobre el cielo y el infierno. Enseguida Mailer, mi esposa, nos trae la tacita rebosante del aromático cerezo mientras el diálogo comienza. Medellín es una ciudad donde me sentí como en Baire. Cada café degustado me aproximó a mi pueblo inevitablemente

Durante los días del Festival de Poesía, cada mañana ansiaba un tintico colombiano. Gracias a Dama, una paisa enamorada de sus tradiciones y que se presentó  como amiga de los poetas Oscar Cruz y Rito Ramón Aroche, pude conocer los más disímiles sitios para beberme todos los tintos que pude. 

Junto a ella supe que a solo unas cuadras, cerca del parque Bolívar, se encontraba  La Polonesa, un café concurrido y heterogéneo, que bien temprano se animaba con dos muchachos, quienes a flauta y guitarra, nos regalaban entre otros temas “La molienda”. Era un sitio espacioso, con un TV transmitiendo futbol y un constante entra y sale de público que bebe su tintico y se incorpora a las actividades del día.

Visité varios cafés de la ciudad y enfrenté sin mucho éxito la TAZA IMBATIBLE que sirven los colombianos, pues tomarse un tintico, es plantarse frente un tazón exagerado que los paisas degustan con normalidad hasta el mismísimo fondo. Eso echa abajo los prejuicios  que se han formado en torno de que el oscuro líquido es dañino, pues sin dudas hace tiempo no quedara uno solo de estos alegres antioqueños en pie.

Pero fue a una cuadra del parque de San Ignacio, en las Torres de Bomboná donde encontré en sitio anhelado. Raza_ Café, más pequeño que La Polonesa, con ambiente acogedor e íntimo; decorado con sobriedad, en un extremo un lienzo con la figura de Chaplin, del otro la imagen de Cantinflas, y de fondo un viaje musical desde Compay Segundo a Fito Páez, de Louis Armstrong a Julieta Venegas. El dueño, es un conocedor de la cultura latinoamericana, se declaró admirador de Pablo Milanés, Celia Cruz y José Martí.  Al servirnos  café, el mío lo trajo en una tacita y un poco más concentrado “a lo cubano”, me dijo. 

Desde entonces, por el día íbamos a La Polonesa, disfrutábamos su diversidad y la hermosa vista de la Estatua ecuestre del Libertador. Por las tardecitas, nos esperaba el Raza_ Café y las conversaciones sobre la cultura de los colombianos y los sueños con que se despiertan cada día.

 


lunes, 11 de febrero de 2019

El café de mi tierra


Las fotografías siguientes fueron tomadas en las lomas de este municipio cubano sur oriental. Corresponden  al café que año tras año nos regala las cosechas de este grano que nos identifica y que, sin el cual, nos fueramos del todo autóctonos y genuinos. Estas instantáneas son cortesía del periodista Tomás Elías Ramírez (Radio Coral).



Café Robusta: especie de pequeño tamaño

sábado, 19 de enero de 2019

Chicharrones con café y platanitos fritos



A mi amiga Cristina le dicen cariñosamente Lala. No tengo mucho tiempo para verla todos los días: cosa que hago de vez en vez cuando llego por las tardes de la larga travesía que supone regresar del trabajo en el que actualmente me desempeño. Recién ayer le hice una de esas visitas para saber de ella luego de algunos días sin vernos. La noche invernal caía y apenas descendí de la Diana me dirigí hacia su casa. Cristina miraba la  televisión antes de meterse a la cocina para distraerse un poco, agobiada por los papeles que caracterizan su labor de trabajadora social y que no importa en que sistema sea, siempre es algo difícil trabajar con tantas formas y carácteres diferentes.

Después de saludarla justo comenzaba el Noticiero Cultural por las frecuencias de Cubavisión y entre los titulares destacaban a prominente escritor cubano. Le comenté ya acomodado en una de las sillas la diferencia que yo siento cuando escucho hablar de un artista, de lo diferente  cuando tienes a alguien que te supervisa, es tu jefe y sientes que no eres libre porque de alguna manera dependes de la formula para tener todos los meses un sustento, a no deberle explicaciones a nadie, de sentirte dueño de tu destino como los la esencia de un literato aunque en la cuestión de práctica no sea del todo así. Al menos esta era la idea. No sé si Lala me entendería.

“Ahora tengo que cocinar Poli” me dice. “Son algunas cositas sencillas para acompañar el arroz nuestro de cada tarde. Te invito a que pases conmigo a la cocina para que te tomes una tacita de café y también para que pruebes algunos chicharrones que nos quedan en el refrigerador todavía de fin de año”.

Ya en la cocina pone el sartén al que, paciente, espera que empiece a calentar para luego echarle un poco de manteca y después de darme la primera taza de café, va pelando unos platanitos maduros a la vez que en un platillo plástico me pone los chicharrones.

“Esto es lo que hay” me explica como si yo no fuese un cubano más de los once millones.

Observo cómo con destreza y de herramienta un cuchillo de mesa, hace con los plátanos unas finas láminas que pronto se freirán en la manteca que ya empieza a desprender el olor. Olor que tiene inquieta a Yuli, una de las dos gatas que tiene  mi amiga. Yuli se frota contras las piernas de Cristina. Esta se levanta. Pone a freír las láminas, y sentándose toma a la gata para acariciarla. Yo disfruto algo que en  toda mi vida jamás había hecho: el comer chicharrones con café y degustar la experiencia de unir dos productos tan cubanos a los que muchos estamos habituados durante toda la vida. Es en ese preciso momento recuerdo que al bolsillo traigo mi cámara.

“¿Puedo hacerte unas fotografías?” le pregunto.

“Ay no Poli. No te atrevas a hacer tal cosa”.

“¿Por qué no? Dale, vamos a hacértelas con Yuli.

“Espérate un momento déjame ver los platanitos, que se van a quemar. Dame el platillo para brindarte dos o tres que ya están fritos” me dice esquivándome por un segundo quitándome éste. Yo ya voy sacando la cámara mientras está de espalada contra la hornilla.

Con un tenedor agrega algunas lascas de plátanos bien fritos para acto seguido devolverme al platillo. Yuli sigue insistiendo en rozar las piernas de mi amiga quien la vuelve a tomar para seguir acariciándola antes de sentarse nuevamente. Yo mientras tanto agrego a mi paladar ya invadido por el gusto de chicharrones con café el del sabor exquisito de platanitos maduros acabaditos de pasar por la manteca y es exactamente en este punto cuando ideo escribir esto. Otros segundos luego, Cristina descubre que he encendido la cámara.

“Quédate ahí mismo con Yuli” le ordeno mientras la enfoco.

“Mira que eres insistente. Está bien, pero que quede buena.” Me dice mientras agarra a la gata con singular cariño.

“Voy a escribir sobre esto. Le pondré “Chicharrones, café y platanitos fritos” ” le comento antes de mostrarle la fotografía con Yuli. “ ¿Viste? , quedó perfecta para incluirla en mi artículo.”

Cristina sonríe mientras observa la instantánea y haciendo un gesto de afirmación me hace saber que fue de su agrado. Le digo entonces que ahora a ella sola le haré una toma. Se ve algo indecisa con mi idea y sin esperar tanto le digo que mire al lente. Lo mira. El flashazo. La fotografía:

Antes de apagar la “Nikon” hago juntar con mis manos la taza de café, los chicharrones y los platanitos. Les tomo algunos cuadros con la derecha y al final, luego de terminar de comérmelos,  pongo de evidencia mi mano izquierda junto al reloj que humildemente llevo como acto final. 

Cristina ahora toma no solamente a Yuli sino también a la madre. Aprovecho otra vez para hacerles más fotos entre las que elijo estas para quedármelas y con las termino este relato, en el que por primera vez en mi vida probé chicharrones con café y platanitos fritos.
      
    

    

martes, 23 de octubre de 2018

El hermano que sigue vivo



A veces no sabemos lo que hacemos pero lo hacemos. Quién me iba a decir que esta fotografía, que nos tomara Arnoldo Fernández, aquel 18 de abril de 2017, donde le comunicaran ser uno de los ganadores del Premio de la Gaceta de Cuba sería la segunda y última que al menos recuerde con Eduard Encina.

Por estos días en el 3er Congreso de la AHS ha tenido latente su espíritu y la instantánea del amigo y el hermano la llevo conmigo muy dentro.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Crónica sobre mi abuela.


I

Parte frontal del Carné que llevó mi abuela durante sus últimos días
"Mi abuela está agonizando. Parece un pedazo de plastilina deformada con el vago aspecto de lo que fue en antaño una guajira fuerte para trabajar por su vida y las de su muchachos. Abuela se va a morir y yo no puedo darle aliento ni me puedo cumplir los deseos que tengo de darle de mi energía para que llegue a los cien. Se me va la vieja pero me queda sus huellas. La más profunda es que siempre mostró amor a pesar de que algunas de las situaciones demandaban hasta rajarle la cabeza a alguien. Viví con ella algunos cursos de mi primaria y jamás me faltó un plato de algo que llevarme a la boca cuando venía los mediodías de la escuela. Estábamos a finales de los famosos 90 que volvieron al mundo unipolar. Estaba la cosa mala y por lo general el menú indicaba fufú (de fongo o plátanos) desde el desayuno hasta la cena. Tampoco en casa se hacían pintorescos refrescos que han aumentado hoy en día. Había que coger unas cuantas cucharadas de azúcar prieta y mezclarlas con agua y disfrutarlas. No tengo fotografías que colgar para respaldar esta crónica. Mi abuela, aquella que se las inventaba por todos, con aquel corazón sin igual en el universo, no quiere levantarse más. Ya no volveré a tomar café de sus manos. Tendré que resignarme a guardar el recuerdo del gusto y tratar mientras respire nunca olvidarme de él. No puedo resistir verla como está. ¿Me fui lejos de Baire para escribir este breve párrafo? Digo estar listo para la noticia pero es mentira. Tengo en el fondo miedo regresar y encontrarme a todos llorando."
Dos Bisnietos de mi abuela
Escribí el párrafo anterior sentado en una de las esquinas de la emisora Radio Grito de Baire el día de gracia del once de agosto de 2017 y también, once días después, mi abuela fallecía a eso de las cinco y media de la tarde luego de volver mi padrastro y yo a casa de picar piedras. Como se puede apreciar aquella mañana no tenia ninguna fotografía. Hoy se puede ver que he conseguido al menos la del carné que la acompañó los últimos diecisiete años de su vida. De mi abuela hay tanto que decir. No pretendo que este texto sea famoso y me importa poco si llega a tener o no relevancia. Para mí la tiene y esta crónica es el homenaje que le quiero dedicar, eso nomás es lo que quiero dejar bien claro. 
Magalis Fernández Aguilar, una de sus hijas

Mi abuela se llamaba Euvelina Aguilar Fernández. Nació el 9 de febrero de 1929 en la Sierra Maestra. Hija de Fidel Aguilar y de Estelvina Fernández fue la esposa de Franklin Fernández  Garcés y madre de once muchachos entre los que se encuentra mi madre y curiosamente otro Arnoldo Fernández que abandonó Cuba en la década del 80 dejando dos niñas pequeñas. Llegué a la familia cuando faltaban cuarenta días para que terminara 1990 y entre tantos locos que ya contaba la familia transcurrieron mis primeros meses. Según mi padre que vivió aquellos tiempos en Baire haciendo múltiples trabajos para poder sobrevivir, abuela fue una mujer extraordinaria que veía a los hijos siempre pequeños aunque estos ya no lo fueran.
   
    -Si el mundo tuviera madres con el corazón de esa vieja fuese un lugar maravilloso –me decía y me sigue diciendo.
 
Papá no mentía cuando afirmaba esto porque sin especular, fui testigo de las veces en que la vi quitarse lo que estuviera comiendo cuando llegaba a la casa algún nieto y sin dudarlo dejaba de darle mordidas y se lo daba. 
Nieta y bisnieta respectivamente

Era la primera en levantarse. 

Entonces la casa se llenaba a aroma de café y humo. Nos despertábamos uno a uno. Descalzo me asomaba a la cocina, le pedía un trago y la vieja me regañaba por tener los pies pegaos a tierra. Por la cerca se asomaban algunos de los vecinos y le pedían un buchito o la saludaban con el Uve, ¿Cómo anda? de cada mañana, antes de seguir sus diferentes destinos bajo la neblina que caracterizaba al amanecer por aquellos tiempos. A mí nunca me faltó el pan aunque sea con aceite o con huevo de gallina criolla y mi vaso de café con leche  sobre la mesa cuando tenía que partir a recibir clases en la escuelita de El Cayo. 

Para abuela como buen cubana no le podía faltar ese brebaje tan caribeño ni sus tabacos Made in Casa que algunos productores independientes hacían en la mismo barrio. (Recuerdo que por un tiempo ya yo crecido traté de hacerle una huelga generalizada cuando me pedía que le buscara unos ejemplares que se vendían a cincuenta centavos y yo me negaba rotundamente dando votos de jamás comprarle ninguno.)

Las primeras palabras antes de ponerse en pie y prender el fogón de leña  era llamar al Miso, uno de mis tíos, para saber cuándo partiría para el Plan Vianda.  

II

Dicen por ahí que el amor de pareja se acaba con el pasar de los años pero eso, estoy seguro que no pasó con abuelo, claro, sin dejar de restregarle hasta la muerte de que no fuera tan goloso, que dejara los calderos tranquilos cuando regresaba de ver la pelota o el boxeo y metía las manos en la olla de harina de maíz o en el arroz recién hecho. 

Emilia Fernández Aguilar, una de sus hijas mayores
En los ochenta y ocho febreros en los que pudo ver la luz del sol la doña fue la reina de su cocina y en el dos mil seis esas vueltas de la Revolución Energética y todos los huracanes juntos no la hizo desprenderse de los cuatro pilares de ceniza. Se podían ir al a mierda la olla arrocera y la hornilla eléctrica. Nadie tendría el coraje ni los cojones de desbaratarle el fogón mientras ella respirase. Era un curiosidad que todos los hogares cocinaban con los nuevos equipos y desde la Calle E  no. 4 del reparto Vista Alegre, Baire, conocido popularmente como Barrio Mocho y otros nombres del imaginario popular, el humo se elevase al cielo día a día. Los más viejos del barrio la saludaban y yo sentía que aquellos afectos demostraban que las gentes de antes tal vez tenían más amor que los de ahora.

 


III
 
Muchos se empeñan en afirmar que yo fui un niño malcriado y que a veces irritaba a los mayores. Abuela a pesar de tener su alma llena de bondad también tenia sangre en las venas y sus arranques de vez en cuando. Ella cuando se molestaba conmigo o con alguno de mis incontables primos, siempre la culpa la pagaba nuestras piernas y la mata que en esta región de Cuba afirmamos en llamar Guataca de Burro, que en muchos lugares sirven en cayo como una especie de cercado. Fueron entonces las tantas veces en que nos sentimos en la necesidad de darnos a la fuga para no sentir el fuetazo que era por donde nos cogiera sin tantas explicaciones. Si no lograba sonarnos oíamos desde lejos que nos decía que ella era como un gato, que este no cogía el ratón corriendo. Luego se mantenía en vela y cuando pensábamos que todo había pasado nos arrinconaba para cobrarnos lo debido. Pienso hoy que aquellos guatacaburrazos pusieron en nuestras vidas su granito y la cordura que tenemos en la actualidad se la debemos a la Uve. 

Recuerdo siempre las noches en las que se ponía a contarnos como era su vida en las lomas, aquellas épocas antes del Triunfo en las que con dos o tres hijos chiquitos y ya preñada de otro se alzaba en los cafetales recogiendo el grano, de cuando una avioneta buscando a los rebeldes tiró algunas de sus bombas cerca del bohío, de aquellos vecinos que todavía recordaba uno a uno, de aquel mundo que ya existía cuando mis padre y su hija no eran ni semen ni óvulos listos para el milagro. En sus últimos lustros de vida, no cabía mañana, luego de colado el café en la que, echando un humo mirando al camino, sentada desde una esquina de su cama asomando a la ventana, no recordase los viejos tiempos o pensara en qué cocinaría o cuando lo haría.

IV 
Mi madre y yo

Entre los hermanos nunca faltan sus peleítas y mis tiazos varones no estuvieron exentos de esta costumbre tan humana. En casos de esos mi abue tomaba palo de escoba en mano y como buen jueza que era repartía palazos a izquierda y a derecha aplacando la bronca. Abuela comentaba que el trabajo no le quitaba ningún pedazo al hombre y que el tener las manos callosas no significaba ninguna deshonra, al contrario, bienaventurados los que mostraban al mundo las suyas como islas llenas de montañas. 

No existía ningún despenque de maní en la zona, por ejemplo, al la que no indujera a sus hijos en aras de buscarse unos pesos. A pesar de ser una guajira toda la vida brillaba por la atención que les brindaba a conocidos y a desconocidos. Recuerdo que nunca le vi negarle el café ni a aquellos vendedores del grano que a veces se lo vendían a altos precios. El reparto Vista Alegre se llenaba de comerciantes en bicicletas y de a pie y ninguno puede dar mala fe de que aquella señora flaca y menuda  de la primera calle ni aunque sea unas palabras de usted a usted dijera. Hasta Israel el loco en sus incontables caminatas llegaba cantando con la niebla y la vieja le preparaba un jarro metálico bien calentito. Luego Israel daba las gracias y en aquel idioma que solo el entiende seguía su peregrinar. Cuando chama medaba miedo. Esperaba que se fuera y abuela sonreía porque sabía.


V

Wilder, otro de sus nietos
Abuela tenía a Cristo en su hacer cotidiano. Jamás lo oí referirse a él para que tuviese misericordia ni por uno ni por otro exclusivamente, rogaba por todos.
     -Acuérdate de nosotros los pobres –decía si les faltaba dinero para sacar los mandados o si algunos de nosotros estaba metido en algún problema de cualquier índole.

Para ella sus hijos no solo eran aquellos salidos de su vientre sino también las generaciones engendradas por estos hasta los mismísimos tataranietos. Ignoro, porque nunca se me ocurrió preguntarle, quién le había hablado por primera vez ni en qué época de Dios. Pero si puedo asegurar que fue ella quien nos inculcó desde su manera peculiar creer en la sombra del Divino que nos protege desde las Alturas.  

VI

Otra nieta y bisnieto
Para sacarla de la casa cuando se sentía algún malestar o simplemente se sospechaba de algún síntoma, hacia al policlínico o al consultorio, la tarea se tornaba una odisea. ¿Miedo o terquedad? Solo ella tenía la respuesta. Se sentaba en una de las esquinas del viejo multimueble como tronco de piñón echando raíces profundas mientras que pensativa sacaba su tabaco y lo prendía. En silencio aspiraba y soltaba las bocanadas y ni su propia madre si resucitaba para pedírselo, la hacía moverse del sitio. 

El porqué de esta crónica quizás un poco desorganizada se la debo al sueño que no pude realizar: de hacerle grabaciones y que ella misma me hablase de su vida, de cosas que ya nadie nunca sabrá. Mientras me toque vivir y tener la mente lúcida sobre mi pasado, de mi procedencia, de gentes que contribuyeron a mi formación, abuela será en mi recuerdo una gran mujer, alguien que demostró con su ejemplo, que me dice desde ultratumba que olvidarla sería la peor de las traiciones que le puedo hacer a su legado.

Finales de agosto – 8 de septiembre de 2017.

Olber Gutiérrez Fernández. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Eduard no murió...


"...¿Alguien duda que la muerte marca el inicio?..."
Orlando Concepción, LECCIONES PARA MORIR

Eduard Encina, una amiga y yo, abril 2017
Hay momentos grandes en la vida. Uno fue haberlo conocido en el verano de los juegos de Beijing cuando me lo presentó en la casa de la cultura de Baire, Joan Manuel, amigo del barrio, instructor de arte y pintor. Por entonces me creía poeta. Me habló del Café Bonaparte y del taller literario que armaba en su casa todos los domingos. Le comenté que gustaba de música de la talla de Varela, Silvio y otros. Me dijo que me consiguiera un disco, lo demás correría de su parte. Fue una tarde noche la primera vez que pasé cerca del estadio y cogí la línea para llegar a su Cuartel de las Palabras. Con el tiempo las visitas aumentaron. Ya no pude despegarme de la literatura y aunque mis poemas eran malos seguí asistiendo como un fiel a su templo. 

Las clases comenzaban, ya tenia que volver a las matemáticas y a todo lo demás pero no había ni hubo noche en la que no añorase desde entonces volver. Alentado en ver que creyó en mí aceptándome en el grupo escribí mi primer cuento. Él descubrió el narrador y hasta mis últimos días le estaré eternamente agradecido. No puedo creer ni creeré nunca que ya no esté. Eduard camina mas firme a mi lado. Escucho su voz llamando a Mailer o corrigiendo las andanzas del Malcolm y del Handel por el patio o diciéndome que luche por terminar mi carrera y que buscara a Dios para hallar la paz.   

    Escuchare en mi corazón las lectura que hacia de sus textos, guardaré como tesoro que ya son los ejemplares que me dedicó de su puño y letra. No olvidaré (y se lo pido a Cristo de su inmensa misericordia que me ayude) su mirada; mirada amiga que me aconsejaba, aquella que desde ahora voy a extrañar con el alma. El Contramaestre no lo llorara, yo no lo voy a llorar. Mi hermano está mas vivo que nunca. Quedarán en la memoria aquellas jornadas veraniegas en las que todo el piquete junto a él nos sentábamos en cualquiera de las mesas del Café Cantante y debatíamos tomándonos tazas y más tazas, sus peñas en las que hacía del pueblo asistente su cómplice, los momentos en la sede de la AHS contramaestrense cuando vacilábamos y hasta como buen cubanos que somos nos dábamos cuero. Una de las inmensas virtudes que admiré (y seguiré admirando del gordo) era esa capacidad que tuvo para brindarle amistad incluso a sus enemigos. 

    El amor vivía en su humildad. Humildad demostrada por ejemplo en que siempre quiso escribir (y escribió) desde su esquinita en la Carretera Central sin olvidar a sus coterráneos de tierra adentro ni apartarse de ellos. Que les quede claro a los que lo conocieron: el camino empieza ya, no se detiene. No hay tiempo para lágrimas. Quien desee recordarlo como el inigualable hombre que fue que cuando piense en Eduard Encina Ramírez grite: no murió, Eduard no murió. No voy a mentirle, ni le mentiré a nadie, con decir que no extrañaré su presencia física de ahora en adelante. Estoy convencido de que nos hará falta y tengo la fe de que como él mismo dijera en la despedida de Orlando Concepción en noviembre de 2010: Un día (Mi hermano Eduard), también resucitará.


Olber Gutiérrez Fernández, 
10 de septiembre de 2017.   





miércoles, 19 de abril de 2017

RICARDO…



Por Olbert Gutiérrez Fernández.

  …un día de abril de 1958.

   La microonda se detuvo frente la cafetería y don Germán a través del cristal vio como se apeaban de ella sus tres ocupantes mostrando sus rifles. Limpiaba las tazas cuando el capitán y los dos soldados tiraron la puerta y sin decir palabra se sentaron en unas de las mesas del centro. Don Germán conocía al capitán, era un hijo de puta de esos que no creían ni en su madre. Dejó las tazas a un lado y fue hasta ellos. Les sirvió café y fingió una sonrisa.

     -¿Cómo van las cosas?- preguntó el capitán sarcástico, sacando al mismo tiempo un tabaco. Uno de los soldados le brindaba fuego.

     -Todo tranquilo capitán. Usted sabe, balbuceó rápidamente.

     -Más te vale. Más te vale.

   Los soldados le miraron con cierta ingenuidad, por lo que observó no pasaban de treinta años.

     -¿Desean algo más?

     -Por el momento nada, respondió el capitán ahora mirándolo, desafiante, restregándole en la cara el humo.

   Se retiró entonces y desde la barra se sentó en su banqueta. Estos harán lo de siempre: llegan, consumen y se van sin pagar… pensaba.

   El capitán siguió fumando con aire de sicario, cuando entró al establecimiento un chiquillo negro de unos nueve años. Ojeó hacia la mesa, asustado, y uno de los soldados le hizo una mueca.

     -¿Qué quieres Ramoncito?, llamó Don Germán.

     -Buenas, don.  Aquí le traigo el real que le debe mi papá.

     -Tráelo, hijo.

   El muchacho se acercó y le entregó el dinero. Después, sin despedirse, salió corriendo de la cafetería. Don Germán se limpió las manos y fue rumbo al traga níquel que tenía a un lado de la barra. Puso unos boleros y otra vez volvió a su lugar.

   El chiquillo que había salido de prisa siguió hasta unas seis cuadras donde un joven llamado Luís lo esperaba con la puerta semiabierta.

   Cuando lo vio aparecer le hizo señas y el niño ágilmente entró y se cerró la puerta.

     -¿Y bien?- preguntó ansioso Luís.

     -La microonda está parqueada al frente. Dentro hay dos guardias y uno vestido de azul que parece policía.

     Es él sin duda. Nunca falta al café de don Germán por ser apartado y tranquilo, pensó Luís.

     -Gracias, vejigo. Aquí tienes, compra algo y vete a casa con tu familia.

     -Gracias - se limitó a decir Ramoncito cogiendo entre sus manos el dinero. Luís le abrió y el niño se perdió rápidamente.

   Luis levantó el teléfono y llamó. Roberto sentado en el balance de su casa en el reparto Sueño levantó el auricular.

     -¿Luís? ¿Dónde estás? No cometas esa locura.

     -¿Por qué no? El hombre está en el café. Tiene de escolta dos soldados.

     -Aún así. Por ahí hay demasiadas patrullas.

     -Ricardo merece justicia.

     -Tienes razón. Pero te estás exponiendo. ¿Entiendes?

     -Correré el riesgo.

     -No lo hagas: es una orden…

   Roberto no escuchó la voz de amigo nuevamente. Solo aquel sonido cuando de del otro lado se cuelga sin avisar.

     Luís tenía metido en la cintura el revólver y la camisa carmelita se lo tapaba. Lo sacó, observó las seis balas con detenimiento, y suspiró. Cerró la rueda volviendo a colocar el arma en su lugar.

   Se tiró sobre un mueble y pensó en su madre. Dios mío, se dijo bajito y siguió pensando, no quería dejar sola a su madre, pero recordaba, como si fuese fuego quemándole dentro, el cuerpo de Ricardo, su primo, que había aparecido flotando en la bahía con el pecho cernido a balazos.

Las campanadas anunciaban que ya eran las cuatro. Tragó en seco. Se levantó y se arregló la camisa como queriendo quitar las arrugas de la tela, tomó el libro que estaba sobre la mesita de centro.

   El capitán se había quedado embobado escuchando boleros prendido a su tabaco. Sacó del bolsillo del pantalón una pequeña fotografía y la miraba con cierta satisfacción.

     -Me dejó de llamar Armando Rodríguez si esta noche no te pesco, dijo bajito, rabioso, dándole con el dedo a la imagen.

Luís salió rumbo a la cafetería. Don Germán lo vio entrar y acercarse a la barra. Se puso de espaldas a las mesas y se dirigió al viejo que seguía obsesionado dándole brillo a las vasijas.

     -Buenas tardes- dijo con tranquilidad.

     -¿Desea usted algo?

     -Un café bien fuerte, por favor.

     -Siéntese, enseguida le sirvo.

     -Como diga.

   Caminó despacio hacia unas de ellas y se sentó suavemente. El capitán tarareando su bolero no se interesó mucho aquel joven, tampoco los soldados.

   Luís tomaba su taza y con el rabo del ojo fijaba su objetivo. Eran tres, pero le interesaba uno, lo demás sería tratar de escapar. Terminando el café sacó una libreta y abrió el libro sobre la mesa.

    El viejo le interrumpió para recoger la taza, le había dado el día libre a Tito, el mozo que le ayudaba en el negocio. Luego buscó las del  Capitán y los guardias.

 Bajó la cabeza, se estrujó los ojos. La muerte rondaba la ciudad mostrándose en los cuerpos comidos por las auras, en los torturados detrás de los muros, por primera vez había vencido el miedo y comprendía mejor a Ricardo.

   El disparo fue rápido y certero. El Capitán se desplomó y Luís disparó por segunda vez dándole en el pecho a uno de los soldados que ya casi le apuntaba con su rifle.

   Don Germán nervioso se había tirado al suelo desde el primer disparo. Lo único que pudo decir cuando llegaron al lugar otras dos perseguidoras fue que no conocía a aquel muchacho que yacía sobre el piso con un balazo en la frente y mucho menos al soldado que le había disparado y que ahora estaba llorando, tembloso, al lado del traganíquel.

Cañizo, 9 de mayo de 2014.
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