martes, 7 de noviembre de 2017

Jorge L. Legrá: La literatura es también una práctica espiritual.

Fue una tarde calurosa de julio cuando me cedió la entrevista. Por la carretera central, en el tramo que pasa frente a la librería de Contramaestre, la gente iba y venía. Yo las observaba mientras le hacía estas preguntas. Quizás tuvo razón en una vez terminada la invasión, de decir que estas no eran las de un profesional, que me faltaba mucho o todavía me falta. Al otro día fui a ver a Eduard, empezaba a sentir los efectos de su última enfermedad. Le comenté de aquel material que tenía en la micro de mi grabadora Alcatel. Me dijo que no confiara en lo digital, que empleara algún momento y que escribiera a lápiz lo que tuviera. Efectivamente la razón no le faltaba. Después de hacerle caso a la micro le dio un corto y se me fundió. A su memoria dedico este material pues:



A Eduard Encina donde quiera que esté,

que sin su consejo  esta entrevista no existiría.



1 ¿Puede considerarse la literatura como un reto eterno para el escritor?



El editor de este blog junto a Jorge L. Legrá
Escribir siempre es un reto. El primer reto es estar frente a la página en blanco. Ese es el viejo trauma de todo escritor. Siempre se ha manifestado que hay que adaptarse frente al papel, entre esa superficie limpia y plana. Tratar de escribir y expresar algo. El mayor peligro está en expresarse porque uno tiene muchas expresiones, variadas experiencias, cosas que suceden en tu vida que quieres contar, que quieres expresar como una revelación. Pero a veces existen conflictos en la forma que vas a expresarte porque la escritura en sí se trata de eso, de buscar una forma de expresión de forma efectiva que sea capaz de seducir al lector, hacia dónde el escritor quiere que vaya. En ese sentido el resto de la literatura para con el escritor es un reto. Primero porque no se hace literatura para entrar en un circulo de elegidos, de posicionados en el marco cultural, para vivir de poses en que se es escritor, de que se pertenece a determinada cultura, sino que se escribe como un ejercicio de sacerdocio, un ejercicio de responsabilidad en el que se debe iluminar al lector, que se acerquen a tu texto. Se escribe porque se tiene algo que decir. Es un reto porque como dijo Martí: un grano de poesía puede sazonar al mundo, es decir, yo confío en la capacidad de impacto de transformación de la relación del lector con el texto que uno escribe puede ejercer. Siempre la literatura va a ser un reto eterno.



2 Hay quienes consideran al arte de escribir como una pérdida de tiempo, ¿Cuánto de verdad puede tener esta afirmación?



En planos económicos, que es por donde supongo que aquellos que acusan a la literatura como un pérdida de tiempo y que es quizás por donde lo perciban, sea un tanto cierto porque los que escriben, el que se dedica como obsesión a la literatura no percibe que las entradas económicas es prácticamente ninguna. Los escritores, tú lo puedes ver, son gentes que deben trabajar en otros oficios. Algunos venden frituras, otros se dedican a la artesanía, otros en la universidad, en el magisterio. Viven de diferentes labores para poder mantenerse y esto sabemos, para nada satisface las necesidades, solo suplen las más urgentes. Sin embargo en la literatura encontramos desahogo espiritual pero no en el desahogo espiritual que realizamos está nuestro oficio por llamarle así, oficio, sino por el acto de responsabilidad, la exigencia y necesidad de expresar algo que se le está revelando y que tiene que poner ante los ojos de todos, para que todos sepan, por eso llevar esta revelación, este descubrimiento. Ellos no perciben nada, ni quizás el reconocimiento de los lectores actuales, quizás estamos escribiendo para una generación que no existe ahora mismo, quizás en el momento no seamos comprendidos y nuestros textos sean rechazados por las normas literarias de la época como le ha sucedido a otros escritores, pero si trabajo en serio, responsable y me desprendo de toda ambición económica entonces el trabajo va a proyectar cimiento para la historia. O quizás se trate de un escritor que está destinado a poner una piedrecita dentro del marco de los acontecimientos que deben sucederse y que van a armar algo grande. En este sentido no es una pérdida de tiempo el escritor que está participando en la construcción de un gran edificio que echa a andar por sí misma la humanidad completa.



3 ¿Consideras que tu literatura ha madurado con el paso de los años?



Como escritor recuerdo cuando escribí mis primeras cosas. Estaba en el segundo o en el tercer grado. Se convocaba un concurso sobre Martí y era la primera vez que me atrevía. Redacté un poema pero ni siquiera sabía si era un poema o una prosa. El papel lo eché en el buzón. Todos los concursantes debíamos echarlo allí. Por supuesto no recibí nada. Estaba trabajando totalmente solo. De aquellos escritos, que debieron ser en el setenta y nueve o en el ochenta, a un poco más acá, en los años noventa, cuando entre a estudiar en la universidad y comencé a escribir algunas cosas, cuando me reuní con un grupo de escritores sobresalientes del pedagógico e hicimos un boletín con mis primeros poemas a acá en el Contramaestre donde llegué a consolidarme y a tomarme en serio el oficio de escribir, donde escribí ORACIÓN DEL QUE TRAICIONA, donde posteriormente salieron mis otros libros en los que se percibe una diferencia de poética total, a este último que va a salir ahora que se titula UN CADAVER IDEAL, se puede ver claramente una evolución. Ha cambiado mi escritura porque ha cambiado mi forma de pensar, mi forma de problematizar la poesía. En estos tiempos he tratado incluso de darle una finalidad, un sentido dentro de, y lo vuelvo a repetir, de trabajar dentro de la responsabilidad, dentro de los marcos históricos, dentro de los procederes sociales porque creo que la poesía se ha centrado tanto como en el lenguaje, en el artificio de la belleza, que ha olvidado que la belleza debe impactar, debe participar en el proceder de la historia. Como mismo va cambiando mi forma de pensar, la poética va cambiando. 



Jorge L. Legrá en el patio de la vivienda donde habita
4 Ayudas con tu experiencia a los más jóvenes, aquellos que han elegido este sendero que es la palabra escrita, ¿Cuál es la razón por la que has elegido tú hacerles de guía?



Una de las cosas que tiene el escritor ya consolidado dentro de su posición es la obligación de dejar discípulos de algún modo. Allá en la antigua Grecia siempre los sabios tenían una camada que iban detrás recogiendo el secreto de la sabiduría. Pero eso no solo pertenece a los filósofos, a los grandes de la filosofía antigua. Ni a las docencias que se ponen en práctica actualmente. También los escritores, los practicantes de religión, en todos los movimientos hay personalidades descoyuntes que tratan de formar a los que vienen detrás. Y esa tarea viene congénita casi innata dentro de los que practican la poesía, la literatura. La literatura es también una práctica espiritual. La poesía, una forma de expresión de la espiritualidad que quien entra dentro una de las cosas que comienza a sentir es la necesidad de sentirse capacitado para dejar huellas y la forma de depositar ese conocimiento, esa experiencia que vas dejando dentro del oficio de escribir es preparar bien a los discípulos. A medida que vas creciendo vas sintiendo esa necesidad de sembrar en los jóvenes que vienen detrás. Ahora mismo estamos pensando en armar un taller que se llamaría EL TABERNÁCULO. Un encuentro de escritores jóvenes donde vamos a exponerles los escritores de más experiencias nuestra perspectivas de lo que debe ser el acto de escritura, de lo que debe ser el acto de lectura porque muchas veces los primeros entran a esta arena con muchas lagunas sin ninguna orientación y nosotros los que nos la tuvimos quisiéramos que ellos ganen tiempo. Y para ello nosotros sentimos entonces la exigencia social de entregarles esta especie de tesoro acumulado.



5 ¿Cómo ves la literatura en la isla desde el punto de vista de aquellos que hacemos nuestro aporte desde el interior del país? ¿Esta en buenos tiempos la literatura cubana?



La literatura no existe o no tiene ganancias en regiones específicas. Eso de hacerle un límite territorial para poder hacer buena literatura es una frontera que muchos han alimentado. No hay que vivir en La Habana para hacerla buena como tampoco hay que vivir en provincia o en un pueblo desconocido para el mismo fin. La historia universal ha demostrado que muchos de los grandes transformadores de los movimientos literarios han nacido en lugares que subsisten  las márgenes de los circuitos o capitales. La literatura en la isla tiene sus puntos firmes si tú la comparas con la que se hace en Latinoamérica ahora y en la que se está haciendo en Cuba uno percibe que no es vanidad decir que estamos asentados en una mina de oro donde se logran fuerzas extremas a las que América Latina ha cosechado. Aún en Colombia, un país que está en guerra, de donde debería nacer la mejor poética (porque se dice que en lugares de crisis es en donde mejores expresiones artísticas nacen), de esa nación me he leído algunos textos y he llegado a la conclusión de que a aquella poesía le falta mucha ganancia. Yo creo que esto se debe a que hay muy poca reflexión, muy poco estudio del pasado, de la tradición o si se estudia se hace para repetir lo que en el pasado se ha logrado. En Cuba tenemos como un desprendimiento de poética que en algunas ocasiones sin repeticiones de formulas tiene todavía el matiz criollo, el matiz insular, esa ganancia que ha colocado a nuestros poetas en buenos lugares. El hecho de vivir en el interior siempre he manifestado que da ventajas, la ventaja de no participar en aquellos circuitos culturales que logra arrebatar la mentalidad, la creatividad de los jóvenes creadores de provincia. Los movimientos culturales que habitan en provincias son tan seductores y los jóvenes del interior al no participar en estos tienen que adaptarse a los márgenes de sus municipios en donde tienen ideas muy originales, en donde estudian los movimientos de provincia desde una postura muy alejada que los hace adoptar conceptos bastante críticos y eso los revoluciona y hace que su poética sea diferente. La poética que se pone de práctica en provincia y en las márgenes municipales te prueban que hay disponibilidad de estética, perspectivas. Por lo tanto, no estoy haciendo ventajoso de que vivir en los municipios, ni la calidad de los texto. Estoy diciendo que nos pone en ventaja la distancia que al mismo tiempo nos permite más a ser insurgentes, ser críticos desde la diversidad. La literatura cubana está en un impulso inmemorable pero todavía no está en sus mejores tiempos. Se está abriendo camino hacia algo que nadie sabe lo que es pero va a ser algo grande, algo de la expresión de la literatura de América Latina. Cuando un escritor cubano sale, por ejemplo, ahora mismo Eduard salió a Colombia. Él mismo decía que la marca de ser cubano, ya daba confianza. Todo el público que participaba en el Festival de Poesía ya veía en eso la marca de calidad, de la expresión poética del escritor cubano. Estamos en un buen momento pero no creo que sea en el maduro. Estamos en el momento mixto en el acontecer literario en Cuba.  



6 Volviendo a tu obra: La poesía que haces, ¿Cuánto crees haber moldado en ti con ella?



Voy a responderte comenzando otra vez con algunos pormenores de mi infancia. Yo era un adolescente, muy silencioso –todavía lo soy- pero ya muy lector, era muy retraído, tímido. Mis amigos, la mayoría, eran libros y revistas. Cuando entro al mundo universitario continué con esta personalidad, esta caracterización que fue automatizándose en mí, es decir, seguí siendo tímido, retraído, poco locuaz  y muy enmarcado en mis libros. En la universidad lo que se añadió fue el alcohol. Tomaba mucho. Ya tenía un amigo más. La literatura, ¿en qué me hizo cambiar? Al encontrar gente que leía libros y que gustaban de la poesía tuve la oportunidad de salir de mi encierro verbal, de comenzar a compartir ideas, ver que el mundo existía afuera y de que había gente. La literatura me hizo más humano, me hizo mejor padre, mejor hijo, me hizo de amigos, de entender la realidad de una perspectiva que no la da la ciencia. Me hizo encontrar a Dios. Me ha dado todas las ganancias posibles aunque no me haya dado dinero. Aunque cada día pienso en que llevar a la mesa, entro a mi casa y entro con la poesía. Eso me da la ventaja de percibir las desgracias, las dolencias, los escollos. Por eso, si tuviera que renacer de nuevo trataría de volverme poeta más temprano, de consolidarme con aquel poema que escribió aquel niño y trataría de buscar quien me apoyase para descubrir esos secretos que me han construido, que me han hecho mejor persona.  



 A modo de conclusiones, Escribir: ¿Enfermedad sin cura o algo que podemos llamarle don?



Existe en el asunto de los dones, y se percibe desde el punto bíblico, una doble marca. El don tiene también una carga de enfermedad. ¿Por qué? Porque es un comportamiento no natural que se sale del marco. Cuando uno está poseído por un don es percibido como un ser extraño, terco arraigado, alguien a quien no se le hace caso en ocasiones. La literatura es enfermedad y es don. Enfermedad porque uno la carga como una maldición, porque nos da el placer y la vez dolor, desgaste. En cuanto a don porque es una finalidad con la sociedad, una finalidad con la edificación de las personas, de mejoramiento humano. Entonces esa dualidad que comparte y otro lo que más valor le da en cuanto fenómeno espiritual. Nada grande espiritual es solamente don, tiene que ser necesariamente una carga que podamos definir como enfermedad.

Contramaestre, 26 de julio de 2017.

Personajes Guamenses: Reseña sobre un hombre de Cien años

Idilio Ortega Rivaflecha tomando café el día que cumplió sus cien años
    En la vida hay oportunidades que se dan sólo una vez. Si no llegas a tocarlas desaparecen, no vuelven perfectas ni aunque las imagine el más brillante escritor. Uno tiene el derecho de ignorarlas y seguir el camino o detenerse a descubrir lo interesante en ellas. No todo los días puedes sentarte con alguien que tenga un siglo sobre sus espaldas, que, mirándote sin moverse a izquierda o a derecha, te haga entrever todavía que tiene fuerzas para arrebatarte y llevarte a través del tiempo. Uno calla cuando algo así sucede y aprende a escuchar más. Entonces es el momento en que te das cuenta que la historia tiene tesoros que van a la muerte y ya, al ser propiedad de esta, jamás podrán ser rescatados. Idilio Ortega Rivaflecha era el hombre más viejo de Cañizo, lugar enclavado frente al mar Caribe en la Sierra Maestra, veintinueve kilómetros al este de la cuidad de Santiago de Cuba. Muchos lo conocían simplemente por Yiyo. De él es que quiero hablarles y que él mismo también mismo hable a través de la breve entrevista que le hiciera en vísperas de navidad del dos mil catorce:
 
   –Nací y he vivido siempre en este pueblo –empezó  a decirme–. Vivieron aquí mis abuelos e incontables vecinos que todavía recuerdo. Mi niñez transcurrió en estos montes al cuidado de mis padres y rodeado de mis hermanos que empezamos crecer hasta alcanzar la cifra de  catorce muchachos. Fuimos ocho varones y seis hembras. Las cosas no eran fáciles porque para criarnos los viejos tuvieron que jugársela y apenas alcanzábamos los diez años teníamos que trabajar e irnos desenvolviéndonos. Así nos fuimos criando hasta que nos volvimos hombres y mujeres. Luego cada cual cogió su rumbo pero yo nunca me fui de Cañizo y ya ve: hoy tengo sobre mi cabeza cien años. Te puedo decir con los ojos cerrados de toda la gente que aquí ha venido a vivir.
   Hacíamos carbón para sobrevivir que en aquellos tiempos no era cosa fácil. Ayudábamos a los viejos en esta tarea y prácticamente era lo que más se hacia. Después progresamos construyendo una lechería. Sembramos café en las cercanías del Pinar. Cultivábamos caimito, mango y otras cosas.
    Cuando me independice hice familia. Te voy a contar cómo sucedió porque si fuera por mí nunca hubiese sucedido. No pensaba hacerlo tan rápidamente. Fue hace tanto pero lo recuerdo como si fuera ayer. Yo tenía una novia en Santiago y por aquellos días manejaba un arria. Un sábado, bien temprano, le pregunto a un cuñado mío que si quería trabajarme ese día, que yo iría a una pelea de gallos a Mazamorra y de Mazamorra me iba a ver la gallina. Él me dijo que sí y entonces me fui. Estuve buen rato en la pelea. Luego me encaminé a Santiago en caballo, llegando casi de noche. Estuve allá como hasta las tres o cuatro de la tarde del día siguiente.´´ Idilio se detiene, como buscándose los recuerdos que quieren jugarle una mala pasada. Yo pienso de momento que quedaré sin saber lo que pasó. De pronto, mágicamente, vuelve a arrancar. ´´ Cuando llegué a casa era muy tarde, ya los viejos dormían. Por la madrugada se levanta mi padre, que acostumbraba hacerlo para repartir a los muchachos entre el campo, el ordeño y esas cosas, molesto porque según él me había ido dejando las mulas al cuñado cuando este en realidad no sabía trabajarlas.  Yo le dije:
      -Óigame viejo, fíjese que yo le pregunté a Gustavo y él me dijo sí sabía.
   El viejo no me entendió y a mí me molestó tanto aquello que aunque no se lo había dicho con idea de irme de la casa salí hecho un lío, recogí mis cosas y me largué. Viví los primeros días con un guajiro que cuidaba una casucha perteneciente a nuestra propia finca. Fue una etapa de intensa soledad. A pesar del disgusto entre los dos mi padre me regaló una novilla. La vendí y me fui a la ciudad. Allá compré una cama y con los seis pesos que me quedaban jarros y muebles. Regresé con uno de mis hermanos que me ayudó a traerlo todo. Construí una casa en el medio del monte. Mientras la hacía me quedé en casa de Enrique, un amigo. Así no volví con mis padres. En esa casa que levanté fue donde me casé y tuve a mis dos hijos. Mi mujer tenía diecinueve; yo veintidós. Después me hice de un terreno y empecé a criar vacas. Fue un tiempo difícil para mí, ´´  Mira a la nieta que asiente con la cabeza ´´… pero a la vez muy hermoso. Planté también una tienda. Eso fue coincidentemente en el año mil novecientos cincuenta y tres. Al estallar la guerra hice colaboraciones con el Ejército Rebelde. Les daba mercancías y todo lo que tuviese a mi alcance para ayudar la causa. Conocí al comandante Juan Almeida Bosque. Vino hasta mi casa en dos ocasiones guiado por uno de mis cuñados. En aquellos años por todo el territorio estaba regada la guardia rural. Con esa gente había que tener cuidado. Que yo rcuerde nunca tuve ningún encontronazo con ellos. Se fueron retirando con el arrecio de la contienda.
   En aquella época Guamá no existía como municipio. Pertenecía al término municipal de El Cobre. Era muy difícil el desarrollo (como él mismo cuenta):


***

´´ No había carretera. El transporte más rápido y más seguro era por mar. Un barquito conocido como Fragata recorría la costa. En él transportábamos el carbón que producíamos y lo vendíamos en la ciudad a sesenta y cinco centavos el saco. En la zona de Aserradero se producía madera, eso no lo podemos de dejar de mencionar. Al año y pico después del cincuenta y nueve vinieron y me preguntaron que cómo se había comportado la guerra conmigo. Yo les dije que en las luchas que se echan si no tiene cooperación no se ganan. Considero que mi aporte fue tan importante como el de muchos otros. No hago caso si hay demasiada gente que lo recuerde o no. Me satisface haber ayudado y sentir orgullo por eso. Volviendo a la guardia rural. Pasaban por aquí y llegaban a las tiendas sintiéndose dueños de todo. No pagaban los tragos, sospechaban de todo el mundo y no lo pensaban dos veces para meterle un tiro a cualquiera. Si les reclamabas eras caballo muerto en la carretera. Una vez detuvieron a un hermano junto a un amigo. Estos traían herraduras e instrumentos para trabajar. Cosas pasadas en la alforja.
   -¿Son para los alza´os? –les preguntaron.
   -No sargento, son pa´ trabajar –respondieron ellos.
Los guardias le dijeron que si esto se volvía comunista nos iban a quitar todo. Aprovechaban la ignorancia que teníamos para ponernos en contra. Esa gente registraba a todos los que se topaba. Después del triunfo las cosas han sido diferentes...
  
***

   Siempre supe o tuve la noción de que estaba allí (recuerdo haberlo visto algunas veces cuando niño), pero jamás había tenido la curiosidad de escuchar sus palabras. Muchos de los vecinos lo querían y visitaban; otros ignoran ocupados en sus quehaceres que he escrito sobre él. Una buena historia no solo está en los libros. También la historia camina, respira. ¿Sería lícito dejar descansar a sus portadores no sin antes sacarla de ese nido que es la memoria y llevarla segura a la inmortalidad? Cada pueblo por pequeño que sea tiene su valor. Esto lo podemos justificar por la gente que lo habita. Yiyo perfecto ejemplo es de que vale la pena detenerse para visitar el pasado una y otra vez, regresar y contar lo que pudimos ver.

   

jueves, 26 de octubre de 2017

Guamá: la pedagogía y la cultura en defensa de la Revolución Cubana.



Momento en que comenzó la actividad de la APC en Guamá,
20 de octubre de 2017, día de la cultura nacional de Cuba


Por Olber Gutiérrez Fernández



En horas vespertinas del día anterior la misma directora en persona me hizo invitación. Instintivamente la idea no me dijo nada, tengo que confesarlo, pero la curiosidad pudo más y acepté sin muchas vacilaciones. El encuentro sería a las nueve de la mañana en la biblioteca municipal enclavada en el poblado cabecera. Desperté en eso de las ocho. Me preparé y salí rumbo al inmueble cultural media hora después. Gran sorpresa me llevé cuando al asomarme vi que ya estaban en el local el profe Ibrahím y las dos bibliotecarias de la Israel Pardo Guerra, centro en el cual imparto clases de Historia. También estaban representados otros centros del territorio y claro, no faltaban representantes estudiantiles de todas las escuelas cercanas a Chivirico. Era veinte de octubre día de la cultura nacional. Excelente jornada para que la Asociación de Pedagogos de Cuba (APC) del municipio se reunieran saludando el día y dedicara la ocasión a la cruzada ideológica Camilo-Che que celebramos los cubanos cada año. La actividad comenzó con uno de los pioneros haciendo honor a Joseíto Fernández con una canción dedicada a la Guantanamera pieza inmortal de la música cubana. Luego el profe Ibrahím fue invitado a tomar la palabra. Es un docente que cuenta con vasta experiencia en el campo de la historiografía. Nos habla en diálogo sencillo del Ernesto Guevara que vivió en la Sierra y compartió la suerte de Fidel. Nos comenta sobre un artículo que infamaba a los indígenas de América y del que Che cenando en casa de su autor reprende al escritor logrando de este una disculpa, de cómo fueron los momentos históricos en los que conoce al líder de la revolución en México y de los cuales se afirma que en tan sola una hora de conversación se decide la suerte del futuro expedicionario argentino del Granma. Es acertada y cálida la magnífica disertación del profe que pregunta al final: ¿Cuántos Che nos hacen falta hoy?  Se piden opiniones y alguien de los presentes rompe el hielo. Dice que Ibrahím más que una oportuna intervención ha realizado una clase magistral no solo de historia de Cuba sino de América. Juanita es la segunda en ponerse en pie y nos deja otras preguntas para que reflexionemos. ¿Qué condiciones tenía Guevara para que lo justifiquen como paradigma a seguir y tomarlo como modelo? ¿Por qué tenemos en el futuro el compromiso de crear conciencias iguales a la de Che? Terminada las intervenciones el moderador nos presenta un libro de Fernando Díaz Martínez llamado Camilo, un huracán de fuego y amor (318 páginas). El volumen se divide en dos partes. La primera nos habla de la niñez del héroe; la segunda su vida como guerrillero. El libro está acompañado, en los inicios de las partes, de poemas dedicados a la legendaria figura así como testimonio gráfico de su quehacer en plena contienda de liberación nacional. Los estudiantes luego hacen participación con textos en prosa y poesías dedicados al señor de la vanguardia. Son destacadas las palabras de la estudiante del onceno grado Idailianis Nápoles Macías de la ya mencionada Israel Pardo Guerra. Terminados estos las trabajadoras de la biblioteca no quieren quedarse sin aportar. Una nos da las coordenadas sobre como la cultura ha diseminado su manto sobre los pobladores que habitamos la Sierra y la gran aceptación de esta. Emocionado vuelve a tomar la palabra el profe Ibrahím. Ahora evoca a nuestro Martí con su famosa frase SER CULTOS PARA SER LIBRES y a nuestro comandante en jefe que enfatizaba que para tener revolución hay que salvar a la cultura. Otra trabajadora sabiamente promociona Cien preguntas sobre Historia de Cuba (139 páginas) y otro volumen que me llama la atención poderosamente nombrado EVOCACIÓN, de Aleida March esposa y compañera del Guerrillero Heroico. Para cerrar una sorpresa. Somos asaltados por trabajadores de la Casa de la Cultura con poesías de Guillen y anunciado la culminación de la Semana de la Cultura en la plaza 1ro de mayo luego de diez días de intensas actividades. Dije que al principio la idea de ser partícipe no me decía nada. Agradezco a la curiosidad por tan buen pretexto para asistir a tan grata actividad y le doy gracias a la directora por tan buena decisión de invitarme.



20 de octubre de 2017 5:44 PM


miércoles, 11 de octubre de 2017

El embrión del Guamo

Esta fotografía es del embrión del Guamo que en la actualidad les da la bienvenida a los visitates en Chivirico, Guamá, Cuba. Es un tema que por lo que pienso tiene mucha tela por donde cortar. Le agradezco la cortesía a uno de los hermanos Arañó que me cedió la instantánea. Disfrútenla.

jueves, 5 de octubre de 2017

Fidel entre Nosotros: Memorias de quienes lo recuerdan.



Fidel

    Las huellas del gigante siguen latentes en la Sierra Maestra y la gente que vive aquí todavía nos tienen cosas que decir. Son personas que cuentan en su pasado esa maravillosa oportunidad de haberlo visto aunque directamente no hayan cruzado palabra alguna con él. Fidel es figura de leyenda para muchos que sólo pudieron conocerlo a través de fotos, trabajos audiovisuales o periodísticos, pero a  mis dos invitados la vida les jugó diferente. Esa es la razón por la que el destino me hizo conocerlos y poner primero en un archivo de audio los datos necesarios para levantar en modo de homenaje esta crónica; luego puse manos a la obra sentado en una computadora del Centro Mixto Israel Pardo Guerra en este municipio  montañoso de Guamá, Santiago de Cuba, donde trabajo actualmente. 

Fidel sigue entre nosotros. Nosotros somos Fidel. ¿Alguien lo duda?

I
En el barrio de Las Calabazas en Chivirico donde vive  lo  conocen como Sinsonte pero su verdadero nombre es  Luis Cisneros Pérez. Ya no es un jovencito como en antaño más todavía mantiene fresca en la memoria las veces en la que la figura de Fidel Castro formó parte en su historia personal.   Lo vio por primera vez en los años 60 cuando era un adolescente. Aquello fue en Tarará donde estuvo becado y coincidentemente estaba un hijo del líder de la Revolución en el mismo bloque. La impresión que recuerda es inmensa:
   ´´ –¿Quién no desea ver con sus propios ojos a un titán como lo fue Fidel? –´´me dijo.

Con el tiempo se adaptó a verlo más seguido, pero uf!..., aquella primera vez no se le borrará, solo únicamente muriéndose.
   ´´ –Él saludaba muy atento, como si nos conociera de toda la vida –me cuenta–.  La segunda vez fue pasando el ejército en el 66 en la misma capital. Mi unidad era la de la compañía de comunicaciones. Ahí mismo nos seleccionaron para participar en la construcción de uno de los embalses que proveen agua a la ciudad y seguí viéndolo porque él daba siempre sus vueltas para ver cómo andaba la obra. Cuando tienes la oportunidad de tener cerca a una figura de tal magnitud es imposible dejar de admirarlo. Siempre que se presentaba al lugar todos los guardias corrían a su encuentro. Nadie quería perderse el momento. Fidel se interesaba por nuestras condiciones, lo mismo que por los civiles que por nosotros lo militarles Que si comieron bien, que si durmieron bien.  Nunca dejaba de preguntar. Después lo vi varias veces en La Habana, en el antiguo Chaplin, actual Carl Marx y esas no fueron las únicas veces. Aquí en Santiago, en la plaza por ejemplo, son incontables. La última fue antes de enfermarse, que, ahora que recuerdo, tuvimos que salir bajo la lluvia. En mi vida ha sido importante y un grandioso mérito haberlo conocido.´´
          
No importa si  le estreché la mano o no, ni que nunca haya hablado directamente con él. Sentí su presencia y lo tengo a la altura de un Padre de la Patria. Gracias a su empeño la mayoría de los cubanos que éramos un pueblo pobre nos hemos convertido en un pueblo libre. Fidel tenía confianza en la juventud y por ella también hizo. En otros lados del mundo nadie se mata por ver a los hombres que los gobiernan. Por Fidel sí, la gente se desvivía por tener la ocasión de verlo. Cuando me enteré de su muerte fue duro, impactante. No podía creer que alguien tan entrañable nos dejara.

II
Benjamín Hernández Rivera también es oriundo de Guamá. Vive actualmente en Holguín pero todavía se considera cien por ciento guamense.  

´´-Estés donde estés no puedes olvidarte de tus orígenes ´´-me dijo a primeras instancias. Fue excepcional haber coincidido con él en su última visita a Guamá.   Tuvo la oportunidad de ver a Fidel en el año 1963 en los Mangos de Baraguá. Por aquel entonces pasaba la etapa del ejército en aquel renombrado lugar en nuestra historia.
     
´´ –Él no andaba como andan los que se creen superiores ´´–me dijo –,´´andaban como doce o treces jeeps pero el de él era sencillo. Fue ahí donde lo conocí. Los demás muchachos empezaron a gritar: Mira, Fidel, ese es Fidel, el que va en el jeep aquel. Dejé lo que estaba haciendo y me puse a observar y le vi la barba. Yo tenía dieciocho o diecinueve años. La impresión fue grande. Nunca lo había visto de cerca y pasarme por al lado como aquel que dice y verlo fue tremendo. El visitaba por aquellos tiempos las unidades de improviso. Yo me entrenaba en lo militar cuando aquello. A él le gustaba sorprender. ¿Tal día a tal lado? No. El caía de improviso.´´
    
 ´´La segunda vez que lo vi fue estando en Angola, de guardia también, cuando hizo un recorrido por el África y terminó en ese país. Eran los días en que se lograba en esa parte la independencia. Recuerdo que nos pusieron en fila para recibirlo. Se mostraba jovial y nos dio la mano uno a uno. La vida demuestra que nadie es eterno. Estuve atento en los días en la que conocimos su deceso y seguí con gran pesar la despedida del duelo, las palabras de Raúl en Santiago. Fidel no se ha ido. Eso cada cubano tiene que tenerlo en cuenta. Decir ...yo soy Fidel…  es más que una consigna de los nuevos tiempos, es un compromiso que tenemos once millones para seguir un legado.´´

5 de octubre de 2017








sábado, 30 de septiembre de 2017

Últimas palabras para Encina.

 
Que estés desde ahora silenciado en algún punto del camposanto de la tierra que siempre amaste suena a ser una idea cruel, desgarradora. Aquella noche cuando aún Irma se ensañaba con el occidente de la Isla y la voz de Arnoldo confirmaba tu partida de este mundo, mi vida cambió. Desde ahora en lo adelante pensaré en ti inevitablemente siempre al cruzar el puente sobre el Contramaestre y cuando visite  aquellos lugares donde sé estuviste: esa va ser mi única defensa al saber que no te encontraré más sentado  en el Café Cantante y que no sentiré más tu presencia física.
Eduard, algunos amigos y yo, 26 de julio de 2016, Contramaestre.

    Queda en lo profundo de mi alma el placer inmenso de haber sido uno de tus tantos amigos y que me enseñaras entre tantas lecciones que las riquezas materiales de esta vida no se compara con este sentimiento tan humano.

   Las palabras exactas no me salen. No existen las adecuadas para describir lo que significaste y significas. Nunca de mi boca escuchaste decir gracias y hoy te las doy pues a tus consejos le debo en parte haberme  graduado en la Universidad a pesar de las adversidades por las que atravesé durante los cinco años de mi carrera. Pido  me perdones donde quiera que estés si en algún momento te hizo falta que yo te las diera.

    Fuiste un gran hermano y los hermanos que aman como tú lo hiciste no merecen ser olvidados porque el olvido es ofensa cuando recibes en la vida un bien como este que me hiciste de descubrir, de hacerme ver y creer a ciegas en esta en enfermedad tan dulce que es sentir amor por las letras.

    Ahora entiendo el valor extraordinario que era verte atravesar las calles desde tu casa hasta el Contramaestre día a día o verte detener tus pasos ante los umbrales de la librería para saludar al Puro o en la acera a las gentes anónimas del pueblo que te vio nacer y que hacían brotar de ti una sonrisa perpetua aunque las horas en tu cabeza fuesen amargas.

    Quizás muchas personas en algún momento quieran condenarte por habernos dejado solos tan tempranamente y al que se atreva a tal cosa que tenga en cuenta que en lo adelante estarás viviendo multiplicado en cada corazón y que saber hacerte venir en cada una de nuestras acciones, será la nueva lección que tendremos que aprender porque es así tu partida: una última clase magistral para que aprendamos que las huellas que nos dejaste son el rastro que debemos sujetar si tu vivir digno ejemplo nos fue.

    “Taller es la vida entera. Taller es cada hombre”: me decía Martí  y ahora le entiendo.
    Construiste el tuyo, y compartiste en él tantas virtudes, que escribir sobre ti es uno de los grandes retos que se le abre a aquellos que te conocieron de cerquita desde nuestro presente hacia ese futuro que ya se no presenta ya a rajatabla.

    El lugar que tienes por derecho en la literatura cubana  no se anidará en la nada, ahora les toca a tus amigos defendértelo, despejarlo de las malas hierbas para que el sol lo ilumine eternamente.

    Me van a acompañar toda la existencia aquella copia de tu novela Ñámpiti que me dedicaste de puño y letra un treinta de diciembre… la selección de escritos de Borges… el poemario Lupus…, y lo más fundamental, me vas a acompañar en todo momento porque todavía tienes cosas que decirme.

    “¿Ya como vaso frío, duerme en la tierra el poeta celebrado?” Tal vez: no me resigno a creerlo de una vez y por todas. Tu espíritu nos seguirá dando señales en los versos, en el canto que le tuviste al chispazo de tierra que anclado en el mar Caribe desde ahora te guarda respetuosa; como hijo y madre que fundidos en un abrazo eterno no quieren dejarse ir.

   “¿Ya está hueca, y sin lumbre tu cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa, mudo los labios, aquella mano que fue sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde?” De ninguna manera: más que nunca debes estar latiendo en nuestros pulsos, más que nunca te preguntaremos cuando nos visites en la brisa: ¿qué harías Encina en esto, qué harías Encina en aquello? 

   “¿Fuiste hombre que amó supo y creó, puso luces, vio por sí mismo, señaló nuevos rumbos, le sedujo lo bello, le enamoró lo perfecto, se consagró a lo útil?” Sí, lo afirmo. Y lo seguiré afirmando mientras exista luz en mi pensamiento.

    Me cuesta sentarme en los rincones y con lápiz y hoja blanca entrelazar estos pensamientos para homenajearte. No me hallo capaz de sacar de mi mente nada más. Te doy las gracias a ti y a Dios: a ti por haber existido en mi mismo tiempo, a Dios por haberte creado en la misma época donde al menos pude compartir contigo algunos años.

                                                                                                                   Olber Gutiérrez Fernández
                                                                                                                   27 de septiembre de 2017       

sábado, 23 de septiembre de 2017

Crónica sobre mi abuela.


I

Parte frontal del Carné que llevó mi abuela durante sus últimos días
"Mi abuela está agonizando. Parece un pedazo de plastilina deformada con el vago aspecto de lo que fue en antaño una guajira fuerte para trabajar por su vida y las de su muchachos. Abuela se va a morir y yo no puedo darle aliento ni me puedo cumplir los deseos que tengo de darle de mi energía para que llegue a los cien. Se me va la vieja pero me queda sus huellas. La más profunda es que siempre mostró amor a pesar de que algunas de las situaciones demandaban hasta rajarle la cabeza a alguien. Viví con ella algunos cursos de mi primaria y jamás me faltó un plato de algo que llevarme a la boca cuando venía los mediodías de la escuela. Estábamos a finales de los famosos 90 que volvieron al mundo unipolar. Estaba la cosa mala y por lo general el menú indicaba fufú (de fongo o plátanos) desde el desayuno hasta la cena. Tampoco en casa se hacían pintorescos refrescos que han aumentado hoy en día. Había que coger unas cuantas cucharadas de azúcar prieta y mezclarlas con agua y disfrutarlas. No tengo fotografías que colgar para respaldar esta crónica. Mi abuela, aquella que se las inventaba por todos, con aquel corazón sin igual en el universo, no quiere levantarse más. Ya no volveré a tomar café de sus manos. Tendré que resignarme a guardar el recuerdo del gusto y tratar mientras respire nunca olvidarme de él. No puedo resistir verla como está. ¿Me fui lejos de Baire para escribir este breve párrafo? Digo estar listo para la noticia pero es mentira. Tengo en el fondo miedo regresar y encontrarme a todos llorando."
Dos Bisnietos de mi abuela
Escribí el párrafo anterior sentado en una de las esquinas de la emisora Radio Grito de Baire el día de gracia del once de agosto de 2017 y también, once días después, mi abuela fallecía a eso de las cinco y media de la tarde luego de volver mi padrastro y yo a casa de picar piedras. Como se puede apreciar aquella mañana no tenia ninguna fotografía. Hoy se puede ver que he conseguido al menos la del carné que la acompañó los últimos diecisiete años de su vida. De mi abuela hay tanto que decir. No pretendo que este texto sea famoso y me importa poco si llega a tener o no relevancia. Para mí la tiene y esta crónica es el homenaje que le quiero dedicar, eso nomás es lo que quiero dejar bien claro. 
Magalis Fernández Aguilar, una de sus hijas

Mi abuela se llamaba Euvelina Aguilar Fernández. Nació el 9 de febrero de 1929 en la Sierra Maestra. Hija de Fidel Aguilar y de Estelvina Fernández fue la esposa de Franklin Fernández  Garcés y madre de once muchachos entre los que se encuentra mi madre y curiosamente otro Arnoldo Fernández que abandonó Cuba en la década del 80 dejando dos niñas pequeñas. Llegué a la familia cuando faltaban cuarenta días para que terminara 1990 y entre tantos locos que ya contaba la familia transcurrieron mis primeros meses. Según mi padre que vivió aquellos tiempos en Baire haciendo múltiples trabajos para poder sobrevivir, abuela fue una mujer extraordinaria que veía a los hijos siempre pequeños aunque estos ya no lo fueran.
   
    -Si el mundo tuviera madres con el corazón de esa vieja fuese un lugar maravilloso –me decía y me sigue diciendo.
 
Papá no mentía cuando afirmaba esto porque sin especular, fui testigo de las veces en que la vi quitarse lo que estuviera comiendo cuando llegaba a la casa algún nieto y sin dudarlo dejaba de darle mordidas y se lo daba. 
Nieta y bisnieta respectivamente

Era la primera en levantarse. 

Entonces la casa se llenaba a aroma de café y humo. Nos despertábamos uno a uno. Descalzo me asomaba a la cocina, le pedía un trago y la vieja me regañaba por tener los pies pegaos a tierra. Por la cerca se asomaban algunos de los vecinos y le pedían un buchito o la saludaban con el Uve, ¿Cómo anda? de cada mañana, antes de seguir sus diferentes destinos bajo la neblina que caracterizaba al amanecer por aquellos tiempos. A mí nunca me faltó el pan aunque sea con aceite o con huevo de gallina criolla y mi vaso de café con leche  sobre la mesa cuando tenía que partir a recibir clases en la escuelita de El Cayo. 

Para abuela como buen cubana no le podía faltar ese brebaje tan caribeño ni sus tabacos Made in Casa que algunos productores independientes hacían en la mismo barrio. (Recuerdo que por un tiempo ya yo crecido traté de hacerle una huelga generalizada cuando me pedía que le buscara unos ejemplares que se vendían a cincuenta centavos y yo me negaba rotundamente dando votos de jamás comprarle ninguno.)

Las primeras palabras antes de ponerse en pie y prender el fogón de leña  era llamar al Miso, uno de mis tíos, para saber cuándo partiría para el Plan Vianda.  

II

Dicen por ahí que el amor de pareja se acaba con el pasar de los años pero eso, estoy seguro que no pasó con abuelo, claro, sin dejar de restregarle hasta la muerte de que no fuera tan goloso, que dejara los calderos tranquilos cuando regresaba de ver la pelota o el boxeo y metía las manos en la olla de harina de maíz o en el arroz recién hecho. 

Emilia Fernández Aguilar, una de sus hijas mayores
En los ochenta y ocho febreros en los que pudo ver la luz del sol la doña fue la reina de su cocina y en el dos mil seis esas vueltas de la Revolución Energética y todos los huracanes juntos no la hizo desprenderse de los cuatro pilares de ceniza. Se podían ir al a mierda la olla arrocera y la hornilla eléctrica. Nadie tendría el coraje ni los cojones de desbaratarle el fogón mientras ella respirase. Era un curiosidad que todos los hogares cocinaban con los nuevos equipos y desde la Calle E  no. 4 del reparto Vista Alegre, Baire, conocido popularmente como Barrio Mocho y otros nombres del imaginario popular, el humo se elevase al cielo día a día. Los más viejos del barrio la saludaban y yo sentía que aquellos afectos demostraban que las gentes de antes tal vez tenían más amor que los de ahora.

 


III
 
Muchos se empeñan en afirmar que yo fui un niño malcriado y que a veces irritaba a los mayores. Abuela a pesar de tener su alma llena de bondad también tenia sangre en las venas y sus arranques de vez en cuando. Ella cuando se molestaba conmigo o con alguno de mis incontables primos, siempre la culpa la pagaba nuestras piernas y la mata que en esta región de Cuba afirmamos en llamar Guataca de Burro, que en muchos lugares sirven en cayo como una especie de cercado. Fueron entonces las tantas veces en que nos sentimos en la necesidad de darnos a la fuga para no sentir el fuetazo que era por donde nos cogiera sin tantas explicaciones. Si no lograba sonarnos oíamos desde lejos que nos decía que ella era como un gato, que este no cogía el ratón corriendo. Luego se mantenía en vela y cuando pensábamos que todo había pasado nos arrinconaba para cobrarnos lo debido. Pienso hoy que aquellos guatacaburrazos pusieron en nuestras vidas su granito y la cordura que tenemos en la actualidad se la debemos a la Uve. 

Recuerdo siempre las noches en las que se ponía a contarnos como era su vida en las lomas, aquellas épocas antes del Triunfo en las que con dos o tres hijos chiquitos y ya preñada de otro se alzaba en los cafetales recogiendo el grano, de cuando una avioneta buscando a los rebeldes tiró algunas de sus bombas cerca del bohío, de aquellos vecinos que todavía recordaba uno a uno, de aquel mundo que ya existía cuando mis padre y su hija no eran ni semen ni óvulos listos para el milagro. En sus últimos lustros de vida, no cabía mañana, luego de colado el café en la que, echando un humo mirando al camino, sentada desde una esquina de su cama asomando a la ventana, no recordase los viejos tiempos o pensara en qué cocinaría o cuando lo haría.

IV 
Mi madre y yo

Entre los hermanos nunca faltan sus peleítas y mis tiazos varones no estuvieron exentos de esta costumbre tan humana. En casos de esos mi abue tomaba palo de escoba en mano y como buen jueza que era repartía palazos a izquierda y a derecha aplacando la bronca. Abuela comentaba que el trabajo no le quitaba ningún pedazo al hombre y que el tener las manos callosas no significaba ninguna deshonra, al contrario, bienaventurados los que mostraban al mundo las suyas como islas llenas de montañas. 

No existía ningún despenque de maní en la zona, por ejemplo, al la que no indujera a sus hijos en aras de buscarse unos pesos. A pesar de ser una guajira toda la vida brillaba por la atención que les brindaba a conocidos y a desconocidos. Recuerdo que nunca le vi negarle el café ni a aquellos vendedores del grano que a veces se lo vendían a altos precios. El reparto Vista Alegre se llenaba de comerciantes en bicicletas y de a pie y ninguno puede dar mala fe de que aquella señora flaca y menuda  de la primera calle ni aunque sea unas palabras de usted a usted dijera. Hasta Israel el loco en sus incontables caminatas llegaba cantando con la niebla y la vieja le preparaba un jarro metálico bien calentito. Luego Israel daba las gracias y en aquel idioma que solo el entiende seguía su peregrinar. Cuando chama medaba miedo. Esperaba que se fuera y abuela sonreía porque sabía.


V

Wilder, otro de sus nietos
Abuela tenía a Cristo en su hacer cotidiano. Jamás lo oí referirse a él para que tuviese misericordia ni por uno ni por otro exclusivamente, rogaba por todos.
     -Acuérdate de nosotros los pobres –decía si les faltaba dinero para sacar los mandados o si algunos de nosotros estaba metido en algún problema de cualquier índole.

Para ella sus hijos no solo eran aquellos salidos de su vientre sino también las generaciones engendradas por estos hasta los mismísimos tataranietos. Ignoro, porque nunca se me ocurrió preguntarle, quién le había hablado por primera vez ni en qué época de Dios. Pero si puedo asegurar que fue ella quien nos inculcó desde su manera peculiar creer en la sombra del Divino que nos protege desde las Alturas.  

VI

Otra nieta y bisnieto
Para sacarla de la casa cuando se sentía algún malestar o simplemente se sospechaba de algún síntoma, hacia al policlínico o al consultorio, la tarea se tornaba una odisea. ¿Miedo o terquedad? Solo ella tenía la respuesta. Se sentaba en una de las esquinas del viejo multimueble como tronco de piñón echando raíces profundas mientras que pensativa sacaba su tabaco y lo prendía. En silencio aspiraba y soltaba las bocanadas y ni su propia madre si resucitaba para pedírselo, la hacía moverse del sitio. 

El porqué de esta crónica quizás un poco desorganizada se la debo al sueño que no pude realizar: de hacerle grabaciones y que ella misma me hablase de su vida, de cosas que ya nadie nunca sabrá. Mientras me toque vivir y tener la mente lúcida sobre mi pasado, de mi procedencia, de gentes que contribuyeron a mi formación, abuela será en mi recuerdo una gran mujer, alguien que demostró con su ejemplo, que me dice desde ultratumba que olvidarla sería la peor de las traiciones que le puedo hacer a su legado.

Finales de agosto – 8 de septiembre de 2017.

Olber Gutiérrez Fernández. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Eduard no murió...


"...¿Alguien duda que la muerte marca el inicio?..."
Orlando Concepción, LECCIONES PARA MORIR

Eduard Encina, una amiga y yo, abril 2017
Hay momentos grandes en la vida. Uno fue haberlo conocido en el verano de los juegos de Beijing cuando me lo presentó en la casa de la cultura de Baire, Joan Manuel, amigo del barrio, instructor de arte y pintor. Por entonces me creía poeta. Me habló del Café Bonaparte y del taller literario que armaba en su casa todos los domingos. Le comenté que gustaba de música de la talla de Varela, Silvio y otros. Me dijo que me consiguiera un disco, lo demás correría de su parte. Fue una tarde noche la primera vez que pasé cerca del estadio y cogí la línea para llegar a su Cuartel de las Palabras. Con el tiempo las visitas aumentaron. Ya no pude despegarme de la literatura y aunque mis poemas eran malos seguí asistiendo como un fiel a su templo. 

Las clases comenzaban, ya tenia que volver a las matemáticas y a todo lo demás pero no había ni hubo noche en la que no añorase desde entonces volver. Alentado en ver que creyó en mí aceptándome en el grupo escribí mi primer cuento. Él descubrió el narrador y hasta mis últimos días le estaré eternamente agradecido. No puedo creer ni creeré nunca que ya no esté. Eduard camina mas firme a mi lado. Escucho su voz llamando a Mailer o corrigiendo las andanzas del Malcolm y del Handel por el patio o diciéndome que luche por terminar mi carrera y que buscara a Dios para hallar la paz.   

    Escuchare en mi corazón las lectura que hacia de sus textos, guardaré como tesoro que ya son los ejemplares que me dedicó de su puño y letra. No olvidaré (y se lo pido a Cristo de su inmensa misericordia que me ayude) su mirada; mirada amiga que me aconsejaba, aquella que desde ahora voy a extrañar con el alma. El Contramaestre no lo llorara, yo no lo voy a llorar. Mi hermano está mas vivo que nunca. Quedarán en la memoria aquellas jornadas veraniegas en las que todo el piquete junto a él nos sentábamos en cualquiera de las mesas del Café Cantante y debatíamos tomándonos tazas y más tazas, sus peñas en las que hacía del pueblo asistente su cómplice, los momentos en la sede de la AHS contramaestrense cuando vacilábamos y hasta como buen cubanos que somos nos dábamos cuero. Una de las inmensas virtudes que admiré (y seguiré admirando del gordo) era esa capacidad que tuvo para brindarle amistad incluso a sus enemigos. 

    El amor vivía en su humildad. Humildad demostrada por ejemplo en que siempre quiso escribir (y escribió) desde su esquinita en la Carretera Central sin olvidar a sus coterráneos de tierra adentro ni apartarse de ellos. Que les quede claro a los que lo conocieron: el camino empieza ya, no se detiene. No hay tiempo para lágrimas. Quien desee recordarlo como el inigualable hombre que fue que cuando piense en Eduard Encina Ramírez grite: no murió, Eduard no murió. No voy a mentirle, ni le mentiré a nadie, con decir que no extrañaré su presencia física de ahora en adelante. Estoy convencido de que nos hará falta y tengo la fe de que como él mismo dijera en la despedida de Orlando Concepción en noviembre de 2010: Un día (Mi hermano Eduard), también resucitará.


Olber Gutiérrez Fernández, 
10 de septiembre de 2017.   





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